¿Se sueña estando en coma?
Esta es la segunda parte de lo que empecé la semana pasada. Voy a empezar directamente, así que, si no has leído la primera parte, puedes hacerlo aquí. Aviso que me he alargado mucho… Es lo que pasa cuando una se queda absorbida en la actividad, que el tiempo deja de existir.
El escrito anterior terminaba con mis ojos cerrándose después de la anestesia. Esta parte que contaré es el resultado de las memorias de mi propia experiencia, pero en gran parte también del testimonio de mi familia porque, como vais a ver en unos segundos, si los días anteriores no lograba recordarlos… los que vienen, mucho menos.
Intentaré ser lo más ordenada posible, y le he dado muchas vueltas a cómo organizar este relato, pero no es fácil.
La operación fue perfecta. Pudieron quitarme todo el tumor, no dejaron absolutamente nada. Si bien es cierto que hubo un pequeño susto porque, al principio, la doctora tenía la certeza de que era benigno de tipo 1 (el más benigno), después del laboratorio tuvo que rectificar y señalar que era de tipo 2. Pero, aun así, la recurrencia suele ser baja.
Y, además, finalmente no me raparon toda la cabeza al cero. Mi peinado era raro porque iba con media melena larga y la otra media rapada corta, pero bueno, pienso que solo una doctora (en femenino) podía haber tenido esta sensibilidad. Sin duda, el shock de verme fue menor de lo que hubiera sido ir al cero.
Yo estaba todavía anestesiada y ahora solo era cuestión de que el efecto se marchara y poco a poco despertara.
El problema fue que el postoperatorio se complicó. En resumen, para no entrar en muchos tecnicismos: aumentó peligrosamente la presión dentro de mi cráneo. La inflamación y la presión hicieron que una parte del cerebro se desplazara y comprimiera zonas que no debía comprimir.
Las horas pasaron hasta que tuvieron que tomar una decisión drástica: había que rebajar la actividad cerebral y, para hacerlo, me practicaron un coma inducido. Así que sí, estuve todo agosto en modo avión. Como un ordenador que apagas a la fuerza, manteniendo apretada la tecla de encendido durante unos segundos. Así que, de nuevo, la vida dio un giro de 180 grados.
La gente siente mucha curiosidad por una persona que ha estado en coma. Surgen preguntas como: ¿podías escuchar a la gente? ¿Soñabas? ¿Eras consciente de que estabas en coma? Siento que la respuesta os decepcionará porque es un corto y breve no. También os digo que con los delirios que voy a contar a continuación, no sabría decir con certeza qué formó parte del durante y qué formó parte del después. El coma inducido es una trampa. A diferencia de un coma natural, te administran sedación para mantenerte apagado. Cuando decidieron que había llegado el momento de despertarme, no era cuestión de darle al botón de ON/OFF, sino que decidieron que ya no me darían más sedación. El proceso de eliminar del cuerpo la sedación que te han administrado durante un mes es lento y no inmediato. Es en esta fase cuando empezaron las aventuras.
Antes de continuar con la experiencia del coma, sí que recuerdo una imagen vívida de la sala de operaciones que me costó tiempo comprender. Y es que sí, gente, viví una experiencia extracorporal. Recuerdo nítidamente cómo mi alma veía mi cuerpo desde arriba de la sala, con la cabeza abierta y el cerebro al aire. Fue muy breve y durante mucho tiempo no lo había identificado como tal; de hecho, me confundía y pensaba que era mi madre, hasta que acepté que me había identificado a mí misma:

Cuando a uno lo despiertan del coma no es como en las películas, que abre los ojos, pregunta: «¿Qué ha pasado?» y vuelve a su vida con completa normalidad. De hecho, yo no recuerdo un antes y un después. Simplemente estar. Sí que sé que, cuando desperté, no debía entender nada, tuve un infarto cerebral y me tuvieron que volver a dormir. Me imagino como en las películas gore de Saw, cuando la víctima se despierta encadenada y, sin entender nada, tiene un ataque de pánico.
Por suerte, la segunda vez que lo intentaron fue mejor. No sé qué debía de ver la primera vez: supongo que tubos, mucho color blanco y quizás caras desconocidas. Pero no penséis que ya estaba completamente de vuelta: nada más lejos de la realidad. Seguía conectada, débil, medio inconsciente, con todos los músculos desentrenados y sin poder hablar ni moverme. El mayor miedo de este postoperatorio no era que no despertara jamás, sino que la presión y el infarto me hubieran provocado lesiones irreversibles y quedara en un estado de dependencia absoluta.
Quiero recordar que era época COVID y no se permitía vía libre a los familiares y amigos. Pero, debido a la gravedad del asunto, pude «disfrutar» del privilegio de tener dos visitas al día, aunque siempre tenían que ser las mismas tres personas. Una por la mañana y otra por la tarde, y así se iban combinando cada día.
Mi exjefe y mis amigos estuvieron semanas sin saber de mí hasta que mi madre, como pudo, empezó a mandar un mensaje diario a todos aquellos que estaban a la espera de noticias mías. Pero esto no fue hasta que estuve ya sumergida en el coma durante unos días.
A todo esto, seguía en la UCI y las cosas se volvían a complicar. Debido a la ventilación mecánica que me habían puesto durante el coma, estaba desarrollando una neumonía grave.
Las noches en la UCI eran lo peor y lo más surrealista que he vivido. Como os contaba, hay una diferencia entre un coma natural y uno inducido. Estaba despierta, sí, pero todavía tenía mucha sedación en el cuerpo, vivía literalmente entre dos mundos y sentía que estaba en otra realidad. Esto es lo fuerte del postcoma: que todos los recuerdos que tengo no son aislados, sino un relato coherente que fue completamente real.
Por ejemplo, yo estaba convencida de que cada noche conseguía escaparme del hospital sin que las enfermeras me vieran, cogía un avión y volaba hasta Nueva Zelanda. Allí recreaba momentos que había vivido cuando fui en 2016 y era capaz de volver al hospital antes del desayuno. Y pensaba que la gente era muy tonta porque no se enteraba de nada.
Durante mucho tiempo me he preguntado por qué mi cerebro eligió Nueva Zelanda para esta aventura. Y tengo una teoría: cuando estuve allí en 2016, nunca, nunca, nunca me había sentido físicamente tan lejos de casa. Tan lejos que parecía literalmente otro mundo. Y la sensación era muy mágica.
Mi cerebro no inventó un lugar para escapar. Recuperó el único sitio donde ya había sentido que existía otro mundo. Estos viajes para mí tenían sentido y lo siguen teniendo a día de hoy. Es difícil de explicar, pero uno sabe distinguir un recuerdo de una experiencia que ha vivido en carne y hueso. Pues esto es lo que me pasa: que no logro distinguirlos.

Los viajes a Nueva Zelanda no eran lo único anecdótico del coma. Había otros delirios que son divertidos de recordar.
Por ejemplo, cuando desde mis labios sin sonido intentaba comunicarle al personal que la doctora me había dicho que al día siguiente ya me podía marchar y que me trasladaban a la Guttmann a hacer rehabilitación. Debía de sonar muy convencida porque en ocasiones lo consultaban de madrugada, y no era verdad. O cuando llamaba sin tener consciencia del tiempo porque me quería duchar y eran las tres de la mañana (soñaba con duchas también).
Y algo muy habitual era que confundía mucho a las personas, incluso a las próximas a mí. De nuevo, estoy convencida de que un médico del hospital se llamaba Armengol y era un psiquiatra que había conocido quince años atrás. Spoiler: no existió.
O cuando me dio por decir que yo había trabajado en el Hospital del Mar haciendo guardias y lo tuvieron que revisar en mi informe de vida laboral. Spoiler: no trabajé nunca.
O si unos me visitaban por la mañana y otros por la tarde, a veces pensaba que eran días distintos.
O, debido a todos los tubos y, supongo, a la traqueostomía, no terminaba de saber por qué estaba ingresada y estaba convencida de que era por un cáncer de tráquea.
De este tipo de delirios hay bastantes más y formaban parte de mi día.
Hasta aquí puede ser hasta gracioso recordar este tipo de anécdotas, pero no voy a evitar la información más peliaguda.
Si recupero mis viajes a Nueva Zelanda, mi objetivo siempre era escapar del hospital. Si hay una palabra que define toda mi estancia es «desorientada». Y eso me llevó a muchas noches de sufrimiento, con el instinto de supervivencia y la lucha por mi vida elevados al máximo. Las noches me confundían especialmente y esta parte, desgraciadamente, también la recuerdo bastante.
En caso de que no lo sepáis, los pacientes tienen un pequeño mando para llamar al personal en caso de necesidad. Yo me sentía atrapada, sentía que no pertenecía allí y, paradójicamente, al mismo tiempo, que necesitaba toda la ayuda del mundo y que no podía estar sola o me moriría. Y no podía dejar de apretar el botón.
Mec, mec, mec.
Sin pausa.
A veces venían a verme, otras no.
Mec, mec, mec.
Me desorientaba y, desde mi pobre cuerpo indefenso, delgado y totalmente tumbado, era capaz de sacar fuerzas de las entrañas para mover la cama, dar —o intentar dar— patadas al aire y arrancarme las vías constantemente. Me hacía daño sin quererlo, hasta el punto de que me tenían que sujetar a la cama para evitar que me arrancara los tubos o siguiera con mis intentos de huída fracasados.
Esas noches eran lo peor. Recuerdo una mañana en la que vino mi madre y me preguntó: «¿Qué ha pasado esta noche?». Y yo era consciente y murmuraba que me había desorientado. Pero era como si la noche simplemente me transformara. Esto fue lo habitual durante muchas semanas. Y, sin duda, es lo que recuerdo con más terror y, posiblemente, esas noches quedarán en el ranking de los peores momentos de mi vida. Sentirme atrapada, encerrada, abandonada, no entender y totalmente incapaz,
A todo esto, ¿cómo me encontraba físicamente? Peor que nunca. La neumonía me estaba dejando fatal, y recuerdo cómo, con las fuerzas que no tenía, me animaban a toser para quitarme los mocos del pulmón y no podía.
Después de tantas semanas conectada, no conseguían retirar la ventilación mecánica porque todavía no tenía suficiente fuerza para respirar por mí misma, pero había que quitarlo debido a la neumonía, así que tuvieron que recurrir a un plan B: la traqueostomía. Básicamente, es un agujero en el cuello para que respires directamente por ahí a través de una cánula.
Pero no te pongas tan cómodo, porque ni de lejos esto es todo. Me encontraba mejor, sí, supongo, pero el líquido del cerebro seguía allí. Así que, de nuevo, vuelta al quirófano para ponerme un drenaje y quitarlo. De esto no recuerdo absolutamente nada, pero sé que fue rápido y no fue un drama.
Lo gracioso es que, si ahora me toco el lugar del drenaje, tengo un agujero. Sin duda, entre el agujero y la pedazo de cicatriz de mi cabeza, que me da la vuelta, sería un cadáver muy fácil de reconocer.
Poco a poco, mi mente empezaba a funcionar. Los delirios seguían, pero cada vez eran menores y guardo recuerdos más nítidos de esa época.
Seguía con mis vías, alimentándome mediante una sonda que llegaba hasta el estómago y con un agujero en el cuello para respirar pero ya no estaba todo el día durmiendo. De hecho, cuando tomas consciencia es lo peor, porque te das cuenta de todo lo que pasa a tu alrededor, del dolor, de lo que puedes y no puedes hacer.
Por ejemplo, recuerdo tomar mucha conciencia del reloj de mi habitación. Sabía que las visitas de la mañana eran a partir de las 12:30 —quizás ahora me equivoco— y, si pasaban diez minutos y no habían venido mis padres, sentía que me habían abandonado para siempre en el hospital.
Pero bueno, poco a poco volvía a escuchar ruidos a mi alrededor: pacientes lejanos que se quejaban y lloraban y que hasta entonces habían sido invisibles. Pero era, en parte, buena señal que los ruidos volvieran a molestarme.
Empecé de nuevo a sentir un miedo real cuando me tenían que bajar a hacer el TAC de rigor. Hasta entonces, como estaba en coma o delirando, no me enteraba de que cada día me hacían un TAC y una analítica, pero sí recuerdo las últimas veces, cuando iba con miedo de que las cosas salieran mal. Pero era un miedo real, no disfuncional.
Vamos a dar un salto en el tiempo, hasta cuando ya estaba, ahora sí, algo mejor.
Creo que fue por aquí, después de un mes y pico, cuando por fin salí de la UCI y me llevaron a planta. Tuve la enorme suerte de estar sola en una habitación y esto es algo que agradeces enormemente, sobre todo teniendo en cuenta que estás en la pública.
En ese momento tenía tres frentes abiertos: seguía sin poder hablar, sin poder levantarme y sin poder comer ni beber por la boca. Pero mejoraba… y esto me trajo el privilegio de que intentaran levantarme y sentarme en una silla durante unas horas.
Incapaces de levantarme por ellos mismos, tenía que sufrir la temible grúa. Eran unos segundos, pero me mareaba como nunca. No sabéis lo que lo odiaba. Después de tanto tiempo tumbada, me resultaba imposible estar sentada y solo aguantaba unos minutos con la cabeza erguida antes de que se me volviera a caer hacia un lado.
Pero un día eran diez minutos, al siguiente media hora, al otro dos horas… Aunque tengo que decir que, a día de hoy, sigo sufriendo distonía cervical debido a todo este tiempo. Era un proceso lento, pero iba mejorando.
Hasta que un día mi padre me vio en la cama con pose de meditación y sintió un alivio tremendo. Él siempre recuerda el terror que sintió cuando me veía la mirada perdida, totalmente ida, y ver cómo poco a poco recuperaba mi personalidad y mis gestos eran buenas señales.
O cuando una noche dormí de lado, como hago habitualmente, y de algún modo estaba volviendo a mis rutinas habituales.
Fue por aquí cuando mis padres me ayudaron a tomar contacto con la realidad. Me leían las noticias y, de hecho, una de las primeras cosas que recuerdo de mi padre es que me dijo, todo triste, que Messi se había ido del Barça (soy cero futbolera). O que había un parricida suelto, una noticia que no me sentó bien y por la que pasé la noche inquieta y con miedo de que se colara en el hospital y me asesinara —otro de mis delirios—.
Llegó el momento de quitarme la traqueostomía y dejar de ser una ballena respirando. Sin embargo, no es que me dejaran libre en plan: ahora ya, sin nada. Seguía conectada a una especie de máquina que me daba apoyo (como una ventilación mecánica pero menos invasiva), sobre todo por las noches. Esto fue muy corto, unos días, quizás.
Y recuerdo perfectamente esta situación cómica: vino un médico, mayor y grande, y me dijo: «Hoy vamos a quitar la máquina y vas a volver a respirar sola».
Y yo le dije, como pude: «Hoy no puedo, tengo cosas que hacer».
Asombrado, me replicó qué era tan importante que tenía que hacer. Y yo, murmurando, decía algo como que ese día tenía que estar focalizada en otro tema y que no podía estar por otras cosas.
Y es que uno ve la realidad filtrada por lo que quiere ver y recordar y, en el fondo, fondo, fondo de mi memoria, recordaba que mi hermano estaba en un proceso de oposiciones y que tal día tendría los resultados. Me equivoqué con la fecha porque pensaba que era agosto o algo así y ya estábamos en septiembre, pero es la intención lo que cuenta, ¿no?
Me parece fuerte que me diera miedo el concepto de respirar sola. En el hospital no solo era eso: tenía la sensación constante, e iba aceptando, que iba a necesitar ayuda para siempre, que nunca más volvería a hacer nada por mí misma. Por eso todavía recuerdo con sorpresa cómo a veces el médico decía: «Hoy ya has dormido totalmente sola», y pensaba que no era tan difícil.
A todo esto, hice un par de pruebas para comprobar si podían quitarme la sonda de alimentación y dejarme comer y beber por la boca pero recuerdo suspender dos veces. La primera no me afectó; la segunda rompí a llorar.
Aunque te hidratan por tubos, sentía mucha sequedad en los labios, que estaban totalmente cortados, y me lavaba los dientes diez veces al día para sentir un poco de humedad. Recuerdo también cómo debí de darle pena a mi madre y se atrevió a darme un sorbo de un vaso. Inmediatamente tosí de forma exagerada.
A pesar de ya no tener la traqueostomía y llevar puntos en el cuello para tapar el agujero, seguía sin poder hablar. No por un problema neurológico, sino porque los músculos estaban totalmente desentrenados. Cuando intentaba hablar, simplemente salía una voz invisible. Al menos no era tan patético como cuando intentaba hablar con el agujero en el cuello y se escapaba el aire por allí.
Pero fue por esos días, con más consciencia, cuando tomé contacto con la realidad y pedí el móvil. No para estar viciada a él, sino para conectar con la gente.
La verdad es que me veía incapaz de cogerlo. No me había dado cuenta, pero las manos me temblaban una barbaridad. Me comentaron que era normal, que era debido a la hospitalización y que poco a poco volverían a la normalidad.
También me di cuenta de que no solo había perdido visión, sino que veía doble. Sin embargo, podía escribir bien con el teclado.
Lo primero que me enseñaron sigue siendo anecdótico a día de hoy. Centenares de vídeos de mis amigos, que se habían grabado individualmente presentándose como si no los conociera de nada.
«Hola, soy Edu, de la Escola Mireia…».
Yo no entendía nada. Parecía como si les hubiera llegado un mensaje salido del juego del teléfono. De acuerdo, nadie sabía cómo iba a quedar después de este postoperatorio y había muchos riesgos, pero yo, al encontrarme bien en aquel momento, me sorprendí mucho e incluso me reí.
De hecho, tuve el impulso de abrir un WhatsApp a mi amigo Edu y grabar un audio que a día de hoy seguimos reproduciendo. Era algo como: «Hola, primos, qué fuerte. ¿Por qué os presentáis? Imbéciles, no tengo amnesia. Ja, ja, ja».
Las primeras noticias que tuvieron por mi parte fueron este audio que, a pesar de parecer, de entrada, muy borde, los tranquilizó enormemente.
«Este audio es muy Iona, sigue siendo ella».
Otro paso más en el tiempo, ya que mi estancia en planta fue relativamente rápida. Quizás solo fue una semana y media, dos como mucho. Seguía con mis prácticas del sillón hasta que los últimos días ya podía incorporarme totalmente sola.
Podía levantarme bien; curioso que me resultara más difícil sentarme que levantarme. Recuerdo ver en el reflejo del espejo del baño mis brazos delgados y darme cuenta de la cantidad de peso que había perdido.
Y… finalmente, aprobé el test de la comida y podían quitarme el enorme tubo que conectaba con mi estómago.
La enfermera me dijo: «Podemos poner un poco de anestesia, es un proceso doloroso». Y más porque tenía uno de los tubos más gordos. Yo le dije que no era necesario. Y, sin más dilación, tiró de aquel tubo y sentí todos mis órganos a la vez.
Sí que dolió, sí.
¡Pero podía comer!
Sobre todo… beber. Fue lo primero que hice.
También os digo… no me perdía nada. La comida era malísima.
Aquí ya estaba bien y cansada del hospital. Es lo que decía antes: cuando estás bien y vuelves a tomar consciencia del tiempo, del espacio, de tu cuerpo… estar allí se te hace bola y el tiempo pasa muy lentamente.
Un par de días antes vino la doctora para hacerme la prueba de la vista, a ver si había perdido el campo de visión izquierdo durante la operación.
Me dijo: «¿Ves esto?», y señalaba algo que tenía en la mano.
Y yo, contenta, decía: «¡Sí!».
Pero claro, estaba haciendo el ejercicio mal: yo movía la cabeza y los ojos para buscar aquello que me señalaba. Si mantenía la mirada fija al frente, no lograba verlo.
Lo que había empezado con una operación exitosa terminó alargándose unos meses. Ahora mi página de La Meva Salut tiene más de quince páginas porque me hacían una analítica diaria, y varios TACs a la semana, fibrobroncoscopias y mil pruebas más la mayoría de las cuales no recuerdo. A veces releo el informe de alta y hay cosas que todavía no entiendo:
Mi última noche fue extraña porque, después de todo ese tiempo en el que había estado sola, a las tres de la mañana me pusieron a una compañera de habitación.
Ya se había terminado el sufrimiento.
Desde julio hasta la Diada estuve en el Hospital del Mar, y ahora he podido hacer una reconstrucción de lo que viví sin tener claro si el orden es correcto… Pero, si así es como lo recuerdo…reo que he podido poner un poco de orden al caos, y quizás algunas cosas fueron ligeramente distintas o pasaron en un oorden distinto, pero como bien decía al principio, este escrito es el resultado de varias voces y memorias.
Aparte de todo lo vivido, hubo, sobre todo, sustos e incertidumbre, porque nadie sabía qué pasaría conmigo, si lograría recuperarme, qué secuelas me quedarían…
Me he alargado mucho, pero estoy contenta de haberlo hecho. Tenía pendiente relatar esta experiencia y dejarla por escrito. C
En la tercera parte toca el después de todo esto…
