In between

Felices cinco años (primera parte)

Quería dejar este escrito para dentro de dos semanas, pero hoy me siento inspirada para escribir la primera parte de lo que será un escrito de tres partes: el antes, el durante y el después de una experiencia intensa. He dudado sobre si compartirlo, pero, al fin y al cabo, lo que me pasó no fue una decisión que yo tomara ni algo de lo que tuviera que responsabilizarme, así que he decidido tratarlo con naturalidad. También me ha animado a hacerlo Carla Gracia, aunque ella no lo sabe. Es una magnífica escritora con quien tengo la suerte de trabajar, y como dice ella: hay que escribir desde lo que duele o lo sentimos. Y tiene toda la razón, es cuando las cosas se expresan con más personalidad y naturalidad. Aunque quizás, no estoy tan preparada para compartirlo todo, y obviaré ciertas partes más personales como ciertos pensamientos o emociones.

En junio de 2021 empezaron los dolores de cabeza. Nunca había tenido migrañas, pero pensé que nunca es tarde para desarrollar algo nuevo. El problema es que era un dolor muy concreto: solo me pasaba de madrugada, alrededor de las cinco, y era intenso y agudo. No había nada que pudiera hacerlo cesar. Me abrazaba al Espidifen pero creo que era más efecto placebo que otra cosa, y todavía hoy cuando veo aquellos sobres naranjas se me remueve algo por dentro. Durante el día me sentía más cansada de lo habitual, mareada e, incluso, algún día vomité puntualmente, pero se lo atribuí a mi estómago sensible y también a la nueva variante del COVID que corría por las calles. Una tal llamada Delta, todavía me acuerdo. Pero aquellos dolores de cabeza me parecían raros, así que fui a mi médico de cabecera, quien me pautó hacerme un TAC y me dio unas pastillas. Como no era algo urgente, tiré de la mutua y pedí hora para un par de semanas después.

Justo me iba de vacaciones a Menorca y, sorprendentemente, allí no sufrí ni un solo día los dolores de cabeza. Me sentí aliviada. Sin embargo, al volver a casa, reaparecieron, como si mi hogar estuviera maldito. Fui a hacerme el TAC y no recibí ningún tipo de respuesta, así que volví a relajarme pensando que no sería nada grave. Pero, en el fondo, algo me hacía sospechar. Me siento demasiado conectada con mi cuerpo, me lo conozco perfectamente y puedo detectar anomalías, y lo que me pasaba era raro. Era mi intuición. 

Y, como hace cualquier persona un poco desesperada, googleé los síntomas. Lo sé: es lo último que tienes que hacer, porque siempre te saldrá el peor escenario posible. En mi caso, entre las primeras posibilidades, la que más encajaba era un tumor cerebral, sobre todo por los dolores de cabeza, que aparecían como un reloj siempre a la misma hora. Pero bueno, pensé, si desde el hospital no me han dicho nada, si tuviera un tumor o algo similar, me habrían llamado ya.

Lo que sí hizo el hospital fue subir las imágenes del TAC a la plataforma. Y no, en 2021 no existía ChatGPT para subirle la imagen y pedirle que la analizara. Yo no vi nada raro en la imagen porque no tengo ojos de médica, pero esta iba acompañada de un informe que simplemente decía: Se recomienda realizar una resonancia magnética. Yo tampoco sabía cuál era la diferencia entre un TAC y una resonancia (disculpad mi ignorancia) ni por qué eso era importante. De nuevo pensé: si es importante o urgente, llamarán. Aunque ya tenía el runrún en la cabeza. De momento, ahí quedó todo.

Era el 25 de julio. Domingo. Teníamos una comida con amigos. Horas antes, por pura curiosidad, le pregunté a una amiga que tenía un novio nuevo, casualmente médico, si podía pasarle las imágenes de mi TAC, porque me las habían dejado allí sin ninguna explicación. Y así lo hice. Total, ya se lo preguntaría luego durante la comida, porque nos lo iba a presentar. Quizás era una forma de romper el hielo con él.

La comida transcurrió con total normalidad. Yo no lo escuchaba, pero, de fondo, se podía oír una bomba de relojería marcando la cuenta atrás. Terminamos de comer y yo fui la primera que hizo el amago de irse. Pero, simplemente, no me dejaron.

Desde aquel momento tengo una niebla en la cabeza y solo recuerdo frases e imágenes concretas, como después de una noche intensa de borrachera.

Hospital, urgencias, ahora. Alguien llorando. Otros que no entendían nada. Yo desorientada. Yo perdida, intentando volver a casa. Yo simplemente gritando (esto sí lo recuerdo perfectamente):

—¿LO VEIS? ¡NO ESTABA LOCA! Mientras pensaba que todos los que decían que mi dolor de cabeza era psicosomático, estaban equivocados. Y que solo mi madre me había dicho que tendría que ir al médico, que era raro lo que me pasaba. También pensé que las madres tienen este instinto. 

La tarde había dado un giro de 180 grados. El que era mi novio por entonces, escéptico, me acompañó al hospital. Como era época de COVID, entré sola. Tuve la suerte de que otro amigo médico, Francis, conocía a un neurólogo de la pública y le pregunté:

—Oye, ¿puedo ir con el TAC de una privada a la pública para que me lo miren?

No tenía más información porque, simplemente, lo que se me había contado durante la comida unos minutos antes mi cerebro no había permitido que entrara. Así que no recordaba nada de lo que me habían dicho y no pude dar explicaciones a la recepción del Hospital del Mar.

Por suerte me atendieron rápidamente y pude enseñar el TAC a un tal Doctor Macià, y fue allí donde me dijeron que tendría que pasar la noche para hacerme la resonancia al día siguiente, ya que, estando ingresada, sería más fácil hacerme un hueco. Fue entonces cuando tuve que llamar a mis padres y limitarme a tranquilizarlos, diciéndoles que solo era para realizarme una prueba. Os juro que no recordaba nada más.

Como era tarde, no había ninguna cama libre y tuve que dormir en una camilla en medio del pasillo. Recuerdo que eran las once de la noche, que no había cenado nada y que, hambrienta, pregunté si tenían algo. Me trajeron un yogur de limón.

En algún momento, pude gestionar que me trajeran una bolsa con mis tapones para dormir y quizás alguna camiseta de recambio. Y, por supuesto, pedí algo para dormir. De eso sí me acuerdo: si ya tengo problemas de insomnio normalmente, imagínate intentar dormir en medio de un pasillo y con la incertidumbre de lo que pasaría al día siguiente.

Aquella madrugada no tuve dolor de cabeza. Como si mi cuerpo hubiera sentido que ya estaba a salvo, que al día siguiente terminaría todo.

En principio, la resonancia era a las nueve de la mañana. No me trajeron el desayuno porque tenía que estar en ayunas durante tres horas, y yo solo podía pensar en que únicamente había cenado un yogur y en el ruido que me hacía el estómago. La resonancia no fue hasta las 12:30 h del mediodía.

Finalmente, me bajaron y yo pensaba que sería algo rápido, como un TAC: una foto y fuera. Nadie me explicó en qué consistiría y estuve encerrada durante una hora y media. Por supuesto, pensé que se habían olvidado de mí, como alguien a quien entierran viva.

Y entonces… De nuevo, solo recuerdo imágenes, flashes.

Recuerdo un mensaje de Francis diciéndome:

—Tengo buenas noticias. Estoy seguro de que es benigno.

En aquel momento sus palabras tenían sentido, como si yo ya supiera de qué estaba hablando. Pero, cuando lo recuerdo desde la distancia, no logro recordar los momentos anteriores ni de qué se trataba.

El momento revelador fue cuando la doctora Villalba nos comunicó a mis padres (con los que pude encontrarme) y a mí lo que me pasaba. Solo recuerdo unas sillas plegables colocadas en la zona del ascensor, pero nada más pero nada de lo hablamos. Sé lo que ocurrió porque me lo han explicado.

Allí, la doctora compartió que tenía un tumor cerebral enorme y que había que operarlo de inmediato. Si entré el domingo en el hospital, el lunes me hicieron la resonancia y el miércoles ya me operarían. Firmé todo tipo de documentos. De hecho, recuerdo borrosamente algunos datos: probabilidad de muerte, un 10 %, etcétera. La pérdida de visión tenía un porcentaje muy alto.

No recuerdo absolutamente nada pero sí mi actitud de: «Pues vale, si hay que operar, pues operamos». En aquel momento, cosas como que me raparan para abrirme la cabeza me dieron completamente igual. Recuerdo pensar que googlear mis síntomas, en mi caso —que debe de ser de los pocos—, me había salvado la vida.

Y, curiosamente, recuerdo una pregunta que le hice a la doctora. Es surrealista.

Durante el COVID me había aficionado a Anatomía de Grey y, como sabéis, los casos de la serie son irreales y exagerados. Pero recuerdo un episodio que me marcó: una persona se despertaba en medio de una operación porque le habían administrado mal la anestesia. Así que, muy seriamente, le pedí que me anestesiaran bien. Lo sé, absurdo y ridículo, pero así me salió.

Finalmente, me pusieron en una habitación con una persona cuya historia ya os conté por aquí y que es muy mágica y simbólica: una anciana idéntica a mi abuela paterna que también tenía un tumor cerebral. Podéis leer la historia aquí, si os apetece, cuando terminéis esta.

Curiosamente, de la tarde anterior a la operación sí que me acuerdo de algunos trozos. No pude ver a mi hermano dentro de la habitación por el COVID, pero sí pude despedirme de él a través de la ventana. De esa imagen sí me acuerdo, como él se difuminaba en el horizonte encima de su moto. También recuerdo el gorro que me regalaron mis amigos para después del rapado. Escribí a mis amigos, por los grupos, a todo el mundo con quien tenía una relación próxima. Es gracioso releer los mensajes porque mi estilo no era nada dramático, los mensajes eran tipo: buaaaaa, menudo plot twist en mi vida, tengo un tumoraco pero todo bien. Me han dicho que perderé parte de la visión pero la recuperaré meses después, etc.

Llamé a mi jefe y le conté mi situación. En principio, estaría de baja una semana y media, más o menos. Ya lo miraríamos después de la operación, porque justo empezaba mis vacaciones. Dentro de unos días nos íbamos a Galicia y, por suerte, cancelé todos los hoteles en aquel momento, cuando todavía tenían cancelación gratuita.

Aquella última noche volví a pedir una pastilla para dormir.

Cuando me despertaron de madrugada, recuerdo que ya no tenía compañera de habitación. Me dieron gel y una esponja para que me duchara antes de bajar. Mandé un mensaje al grupo de la familia. No lo tengo, pero recuerdo que decía algo parecido a:

«Entro ya a quirófano. No os pongáis nerviosos. Serán unas ocho horas. Cuando os despertéis, ya casi habré terminado».

Algo así. Intenté que fuera tranquilizador.

Y nada, dejé mis cosas y me bajaron en silla de ruedas. Pensé que era innecesario, pero que formaba parte del protocolo. No recuerdo prácticamente nada de los días anteriores, pero sí recuerdo perfectamente cómo entré en quirófano: aquel espacio blanco y lleno de gente. Recuerdo que llevaba las gafas puestas que yo misma había insistido en llevar puestas.

Cuando tenía unos trece años me operaron de un quiste y todavía recuerdo el momento en que me pusieron la máscara para la anestesia y mis ojos se apagaron. Recuerdo las luces encima de mí que y pensar, con diez años que tenía, que parecían caras sonriendo. En aquel momento viví exactamente lo mismo y lo recuerdo: la máscara y, al instante, todo oscuro. Como si fuera exactamente la misma persona en el mismo lugar pero simplemente unos años más tarde. 

Y allí empezó toda la aventura que, spoiler, no terminaría con una simple baja de una semana. Era julio y no volví a casa hasta mediados de septiembre, pero esto os lo contaré la semana que viene.

Quedó el móvil apagado, mis ojos apagados, mis palabras silenciadas, mi mente en modo avión, pero el tiempo seguía pasando.

También puede gustarte...