In between

Lo desconocido no siempre es peligroso

Este ya será el 14º In Between que escribo. Estoy cumpliendo con mi objetivo de un texto semanal. Prefiero cuando comparto anécdotas y experiencias curiosas, pero es cierto que tengo cierta tendencia a irme hacia la reflexión. Hoy voy a unir dos historias que me pasaron hace años: una en 2016 y otra en 2022. Ambas tienen algo en común: acabar en un lugar de una forma mágica e inesperada.

Siempre he sido una persona que respeta las normas y los límites. Pero también he aprendido que los límites —aunque necesarios— a veces son más mentales que reales. Y que, en determinadas ocasiones, cruzarlos puede llevarte exactamente a donde tenías que estar. Mientras escuches a tu cuerpo y te guíes por la intuición (muy en línea de lo que contaba en el In between de la semana pasada), todo va a salir bien. Así funcionó yo.

En 2016 estaba en mi año sabático, y mi última parada fue Nueva Zelanda. En otra ocasión me encantaría hablar más de este viaje, porque hay cosas inexplicables que empezaron allí y terminaron en Barcelona, pero siento que todavía me falta confianza para contarlas. porque mezcla un tema médico importante.
El caso es que estaba en el Parque Nacional de Whakahoro. Ahora miro el mapa y me impacta lo lejos que estaba de casa.

Se había cancelado mi actividad de skydiving por el tiempo (pude hacerla unos días después), así que decidí tomarme la mañana libre para ir de excursión sola y explorar la zona. Llevaba quizá una hora andando, completamente aislada, cuando vi una barrera en medio del camino.

Solo alguien un poco insensato seguiría avanzando en un lugar así, incomunicado y lejos de todo. Pero en ese momento, mi intuición me dijo que sería una pena dar la vuelta cuando apenas llevaba una hora caminando. Así que, supongo que confiando en que no fuera una zona peligrosa ni me encontrara con animales salvajes, seguí adelante. Al fin y al cabo, me habían dicho que lo que realmente valía la pena de aquella excursión era la cascada del final.

Una hora después, llegué a una zona más sombreada y la encontré. No era espectacular, pero el escenario era precioso: soledad, silencio, verde, sombra… todo. Nunca me había sentido tan aislada en este mundo. Hice algunas fotos con el móvil (la calidad no era lo que es ahora) y volví.

Cuando regresé al alojamiento y me reuní con el grupo y el guía, me contaron que aquella cascada había sido escenario de una escena muy famosa de El Señor de los Anillos: el momento en el que Gollum come pescado.

En Nueva Zelanda esto es bastante habitual: más allá de Hobbiton, todo el país ha sido escenario de la saga, pero no está señalizado ni explotado turísticamente. No hay carteles ni entradas que pagar. Y eso, que el país se mantenga tan puro, me encantó.

¿Quién termina en un lugar así por casualidad, siendo además un escenario mundialmente famoso? Di las gracias a la Iona que había decidido saltarse la valla, porque gracias a eso terminé en un lugar mágico y pude disfrutarlo completamenre sola.

Y ahora salto a 2022.

Esta vez estamos en Albania. Parte del plan era coger un bus desde la capital hasta un pequeño pueblo y, desde allí, hacer una excursión de unas siete horas por la montaña hasta el siguiente pueblo, donde pasaríamos la noche. Éramos cuatro, pero yo estaba en plena rehabilitación física, así que decidí no hacer la caminata. Nos separaríamos durante un día: ellos saldrían de madrugada y yo me encontraría con ellos directamente en el destino por la tarde.

Aun así, tenía que hacer un trayecto largo en bus. Mientras ellos salían a las cinco de la mañana, yo cogí el mío hacia las ocho, después de desayunar.

Teníamos una reserva, y mi idea era dejar la maleta y dedicarme el día a mí. Pero el sistema de “buses” allí funcionaba de forma bastante caótica: no había paradas claras, y al final del trayecto el conductor simplemente te dejaba en un punto más o menos céntrico.

Me bajé en la última parada porque, según el mapa, el hostal estaba cerca. Digo “hostal” porque eso creía. Cuando el bus me dejó en medio de la nada, con una maleta de ruedas, sin cobertura y sin agua a las dos del mediodía… dejé de tener tan buen presentimiento.

Me arrepentí inmediatamente de no haber llevado mochila. Aquello era un roadtrip en coche y ni me lo planteé.

Estaba completamente sola, rodeada de montañas, buscando un alojamiento que no existía a simple vista. Me crucé con alguien que me indicó el camino: tenía que adentrarme en la montaña y caminar unos 20 minutos.

No me hacía ninguna gracia hacerlo sola… y menos con una maleta.

Aun así, seguí.

Me metí entre los árboles, con subidas, bajadas y rocas. Me sentía completamente fuera de lugar. Como una Paris Hilton en medio de la montaña. La imagen era ridícula. Si me hubiera cruzado con alguien, le habría dado permiso para reírse.

Estuve más de una hora arrastrando la maleta por pendientes, casi escalando en algunos tramos, sin tener claro hacia dónde iba. Y, como era de esperar, la maleta se rompió.

La escena ya era bastante dramática, pero ahora tenía que cargarla a dos manos. Sudando, sin agua, bajo el sol del mediodía y completamente perdida.

Lo bueno de mí en estas situaciones es que no me agobio. Supongo que porque sé que no tengo alternativa: solo puedo seguir. Era plenamente consciente de que mi futuro dependía únicamente de mí.

Finalmente llegué a una zona más llana y sombreada. Allí solo había una casa en medio del bosque. No parecía en absoluto mi alojamiento, pero la desesperación me llevó a acercarme.

La puerta estaba abierta. Entré con cautela. Dentro, un hombre estaba viendo la televisión. Al verme, no se asustó. Me disculpé como pude por irrumpir en su casa y le expliqué que llevaba horas caminando y no encontraba el lugar que buscaba.

Sin decir mucho, se levantó y salió a buscar su camioneta. Recuerdo pensar: esto puede salir muy bien o muy mal. Me subí con él. Mientras conducía por caminos imposibles, me ofrecía cerezas. Y sí: me llevó hasta el alojamiento, que no tenía ningún tipo de señalización. Era prácticamente imposible de encontrar.

La sorpresa llegó después: el propietario del lugar era su hijo. Ese tipo de cosas que solo descubres cuando te paras a hablar.Y entonces sí: pude descansar, con la maleta rota, y tomarme un café con unas vistas increíbles.

De nuevo, la misma lección.

En Nueva Zelanda crucé una valla. En Albania entré en casa de un desconocido. A veces, solo a veces, es mejor pedir perdón que permiso. Y otras veces, ni siquiera hace falta ninguna de las dos: basta con escuchar tu intuición y saber cuándo no estás en peligro. Porque lo desconocido no siempre es peligroso.

P.D.: nunca más he vuelto a viajar con maleta de ruedas.

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