In between

Felices cinco años (tercera parte)

Menudo viaje. Hoy cierro este episodio con la tercera parte, así que, si no has leído las anteriores, empieza por aquí.

He hablado del antes y del durante, así que ahora toca el ahora. Posiblemente es la parte más difícil, porque pienso que es más fácil saber las cosas cuando las ves con perspectiva y una vez ya han pasado. Tampoco quiero entrar en temas muy personales, así que a ver qué sale de todo esto.

Cuando te dan el alta, nadie te dice cómo estarás ni qué secuelas tendrás. A mí me hubiera ido bien, la verdad, porque los primeros meses e incluso el primer año iba redescubriendo cosas de mí que no entendía. Lo primero que viví fuera del hospital fue desorientación, algo que me ha ido persiguiendo a lo largo de estos años. Cuando entré a casa, no la reconocí. En el vestíbulo había una puerta con mosaicos de cristales de colores, de esas antiguas. Cuando vi aquella puerta, paré y estaba convencida de que era casa de mi abuela y de que yo estaba viviendo allí. Ella también tenía una puerta similar (cosas de la época). Además, recuerdo que olía igual.

Escribiendo esto, acabo de recordar que en el hospital había tenido ya momentos de poca lucidez en los que creía que vivía allí. Y, teniendo en cuenta que es un piso que lleva años alquilado y donde pasé muchas tardes de mi vida, la confusión podía tener cierto sentido. Lo gracioso es que ahora vivo allí.

Durante los próximos días iba viendo otras cosas que no entendía: veía doble, no terminaba de ver bien y, sobre todo, cuando iba en coche, no entendía lo que veía. Es como si mi cerebro no procesara bien las imágenes: los ojos funcionaban, pero no enviaban bien la información a mi cerebro. En el supermercado, con tantas cosas, también era exagerado. No podía distinguir bien los objetos.

A todo esto, estuve unas semanas en casa en modo relax total, esperando a que me llamaran para empezar la rehabilitación. Tanto tiempo parada y tumbada que tenía ganas de hacer cosas y, de algún modo, el capitalismo seguía dentro de mí porque, como persona madrugadora que soy, intentaba levantarme siempre muy temprano para aprovechar el día. Pero me resultaba imposible. Mi cuerpo se sentía agotado y solía despertarme hacia las 12 cada día sin haber hecho absolutamente nada en todo el día. Me sentía culpable cuando lo único que tenía que hacer era descansar. Veía series todo el día y me resultaba imposible leer.

También descubrí que con las series me perdía fácilmente. Era algo extraño, no tanto relacionado con no entender la historia…, sino con que no reconocía a los personajes. Descubrí que lo que me pasaba de no reconocer los objetos se llama agnosia y, cuando se aplica a las caras, es conocido como prosopagnosia. Recuerdo que, cuando leí todo lo relacionado con esta condición, sentí una revelación: era exactamente lo que me estaba pasando.

Empecé la rehabilitación de forma diaria: hacía primero terapia ocupacional y luego rehabilitación física. Por fin podía salir de casa, estar con mi madre y sentir que hacía algo con mi vida. Porque, a pesar de todo lo que me pasaba, anímicamente me encontraba mejor y se me comían las paredes. Fue una rehabilitación gradual y bastante rápida, y me dio las fuerzas necesarias también para valorar volver al trabajo de forma gradual. Empecé a jornada parcial siete meses después de todo, justo después de los carnavales de Solsona. La vida volvía a ser un poco normal.

Por entonces, ya tenía claro lo que había perdido porque seguía haciendo TAC y visitas al médico cada mes. Primero de todo, la vista. Se me dijo que la recuperaría a los seis meses, pero no fue así y la hemianopsia se me ha quedado de forma crónica. Creo que la mayor ironía de mi vida fue lo que me costó sacarme el carnet de conducir para, diez años más tarde, no poder volver a conducir. La visión doblada sí que se me marchó poco a poco, por suerte. Era muy incómoda.

La agnosia y la prosopagnosia siguen conmigo. Si bien es cierto que mi agnosia no es grave, sí que empeora en entornos con muchos estímulos, como supermercados, o de noche, y lo de la prosopagnosia me lo tomo a risa porque me ha dejado momentos anecdóticos. No me ha pasado una o dos veces que estoy hablando con alguien, este se va al baño o a la barra a buscar una bebida, vuelve y no sé quién es. Sin ir más lejos, hace un par de semanas viví una situación parecida.

Hay otros temas neurológicos que han quedado afectados, sobre todo cosas que nunca eres consciente de que tienes hasta que las pierdes. Por ejemplo, la orientación: perderme ya forma parte de mi personalidad, pero de una forma exagerada. Y luego todas las secuelas relacionadas con temas de memoria visual, atención (he desarrollado como un TDA a raíz de esto, un hecho curioso por el cual me he evaluado) y procesamiento de cierta información. En fin, ahora quizás cobra más sentido uno de los escritos que hice hace una semana sobre el entrenamiento mental que hago a diario.

Algo irónico que también sufrí es una lesión en el tálamo, una parte que filtra los estímulos sensoriales. Si ya era una persona con hipersensibilidad sensorial, con esto dañado lo soy todavía más. Especialmente con las luces (antes no me pasaba). Tampoco quiero ir listando las secuelas que me han dejado, pero sí reflexionar sobre un par de temas:

Primero, que al final todo esto me ha llevado a cierta crisis de identidad, porque me ha cambiado mucho como persona. Había dones, habilidades que antes tenía y que he perdido, y esto me ha costado aceptarlo y entender quién soy ahora.

Me siento un poco como cuando hablas de antes y después de Cristo; en mi vida y en quien era yo hay un antes y un después muy diferenciados. A veces hago una cosa y pienso: ¿lo hubiera hecho igual antes? ¿Cómo hubiera reaccionado antes? Y muchas más preguntas que me llevan constantemente a la comparación: ni a mejor ni a peor, simplemente comparándome. Como digo, hay más cosas, muchas decisiones tomadas y emociones vividas que tampoco me apetece detallar aquí sobre secuelas y sobre cómo he ido viviendo y estoy viviendo este proceso.

Segundo, cinco años después, sigo redescubriendo cosas de mí y los doctores me van confirmando que todo lo que digo tiene sentido y encaja perfectamente con el área afectada. Lo que esperaba que iría desapareciendo se ha quedado conmigo y no creo que tenga intención de marcharse. Estuve años sin trabajarlo, pero este año tuve otra evaluación neuropsicológica y me he puesto las pilas para intentar reeducar mi cerebro y darle retos.

Tercero, estas experiencias radicales… suelen ponernos las pilas. Es triste, pero es una realidad. Triste que hayamos de esperar a una situación de vida o muerte para darnos cuenta de dónde queremos depositar nuestra energía. Pero… ¿sabes qué? En este caso, como todo ha salido relativamente bien, lo compro. Esto me dio la posibilidad de tomar decisiones importantes en mi vida y ahora estoy exactamente donde quiero estar. Ya no hablo solo a nivel laboral, sino que me ha hecho tomar mucha conciencia de mi salud, tanto física como mental. Evidentemente, cuando digo que estoy donde quiero estar, no es que ya me haya pasado el juego de la vida. Todavía hay muchísimas cosas que necesito mejorar, conocer de mí misma, conseguir, solucionar, etcétera. Pero… es curioso el ser humano, lo resistentes que somos y lo mucho que cuesta tomar ciertas decisiones hasta que no ves la vida pasar delante de ti.

Y ahora, para cerrar, voy a dar una opinión algo polémica para las mentes más científicas. Cuando pasó todo esto, es inevitable darle vueltas a la cabeza: ¿por qué me ha pasado esto? Del mismo modo que todavía desconocemos el origen de muchas enfermedades, este tumor no es una excepción. Como siempre, hay factores que pueden potenciarlo: por ejemplo, será más probable que sufras cáncer de pulmón si fumas. Pero también puede crecer en ti sin que seas fumador. En el caso de los meningiomas, que era mi tipo de tumor, está más asociado a las mujeres, aunque la media de edad suele ser muy alta (creo que leí y me dijeron que a partir de los 60). Aunque también hay otro elemento que no pueden confirmar, pero que está ahí, y es todo el tema hormonal. Tema fisiológico aparte, una también se para a pensar si lo psicológico puede tener algo que ver. Me encontraba en un momento muy complicado de mi vida y lo tomé como una señal de mi cuerpo: ni indirectas ni nada, ahí lo tienes sin anestesia. Una forma de llamar mi atención y de canalizar la tristeza, el estrés y mis emociones negativas. Lo sé, puede parecer un enfoque muy holístico, pero… cuando leí la obra de Gabor Maté (Cuando el cuerpo dice no), pensé: exactamente así pensé yo. Maté no es un hippie que va haciendo afirmaciones sin más, sino que es un psicólogo clínico que se ha pasado toda la vida analizando la relación entre las enfermedades y el estrés. Y, sobre todo, lo que propone es que es un error estudiar la enfermedad del cuerpo aislada de la mente.

Cuando volví a la psicóloga y le compartí mi opinión, me dijo: nuestra mente racional necesita encontrar respuestas para todo, es normal que busques una explicación a eso. Pero, en cierto modo, me dijo que lo que sentía era imposible. Hace menos de un año me cambié de psicóloga después de muchos años y, cuando le estaba contando mi historial y llegué a esta parte, ella me dijo… «Estabas mal… y enfermaste», como afirmándolo. Sé que son temas sensibles, pero, de nuevo, hablo de mi experiencia y de la fuerte conexión que siento siempre con mi cuerpo. Mi intuición en este sentido siempre me ha jugado buenas pasadas. En fin, igualmente os recomiendo mucho la lectura (si sois de mente un poco más abierta).

Y hasta aquí la historia.

Gracias por acompañarme hasta aquí. Por suerte, el fin de semana que viene estaré en Solsona, entre amigos, como siempre, celebrando el segundo aniversario con quienes realmente empezó todo en aquella comida del 25 de julio.

P.D. Algo curioso que me pasó es que la zona donde no tenía cabello durante dos años me creció totalmente rizada (lo tengo liso). Se ve que a gente que se ve sometida a tratamientos de quimioterapia les pasa algo similar. Desde hace un par de años que el cabello ya me vuelve a crecer normal.

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