In between

El día sencillo

La previa de Sant Jordi, cuando trabajas con libros, es una locura. Es un no parar y poco tiempo tienes para desconectar y descansar. Eso sí, me prometí a mí misma que el sábado no tocaría el ordenador ni el móvil. Íbamos a pasar el día a Olot, la ciudad natal de mi pareja, con el objetivo de ir a buscar espárragos, pero, sobre todo, para mí, estar en la naturaleza y recargarme. Al final, los espárragos eran una excusa para lo que llevaba tiempo deseando: algo tan simple como huir de la ciudad. Os prometo que la noche anterior estaba emocionada, casi como si fuera la Noche de Reyes, porque anhelaba de forma exagerada este día de descanso entre árboles.

El mismo sábado, de trayecto a Olot, le decía a mi pareja: «No sé sobre qué voy a escribir esta semana, si me he pasado los días trabajando y sin nada destacado». Y él me dijo: «Puedes escribir sobre el día de hoy», a lo que respondí: «Ya, pero quizá no pase nada anecdótico».

No pasó nada anecdótico, pero aquí estoy, escribiendo sobre el día de ayer, porque reflexioné y llegué a la conclusión de que la sencillez del día es lo que lo hizo perfecto.

El día fue así: me desperté a las 6:30 (sí, un sábado, pero es que mi cuerpo no puede evitarlo). Me tomé mi café mientras leía a Han Kang; todavía estaba oscuro y se alargaba el conticinio de la noche. Es mi momento favorito del día, lo cual es injusto para las más de 12 horas que quedan por delante.

Hicimos el trayecto hasta Olot, la única parte negativa del día, porque me mareé en el coche, como me pasa siempre. Odio ir en coche. Desayunamos con hambre y con tranquilidad en la mejor cafetería de la ciudad. Estuvimos un par de horas buscando espárragos y tuvimos muchísima suerte. A diferencia del año anterior, que vinimos demasiado tarde, la cosecha fue muy buena y pudimos hacer un buen ramo. Una caza entre naturaleza, aire fresco, sonidos agradables y el calor y el frío justos:

Por casualidad, eran las populares Corrandes de Montagut, una fiesta tipo batalla de gallos en un ambiente rural. Allí me encontré con mi amiga Marta, que vive por la zona, sus dos hijos y sus padres, así que pude estar con ella charlando un buen rato. Fue bonito esta quedada improvisada. Con el grupo de la escuela (de donde nos conocemos) marcamos este mismo plan de espárragos + corrandes para el año que viene y así iniciar una nueva tradición.

Nos despedimos de ellos y fuimos a comer a un restaurante de cocina volcánica. No celebrábamos nada, pero nos apetecía una cita improvisada en un buen lugar. Pude comer auténticas patatas de Olot (no el intento que alguna vez probé del supermercado) y buena carne. Una pausa perfecta.

Después de comer, nos animamos a subir al volcán de Montsacopa. Quizá, con el sol y después de comer, no era la mejor idea, pero yo, con tal de alargar el día en el exterior y no volver a casa, me unía a cualquier plan. Arriba se veía todo Olot y pensé que en unos meses estaremos en el Observatorio Griffith, con Los Ángeles debajo de nosotros. Nada comparable, pero yo, que estuve en LA hace bastantes años, recuerdo que la explanada y el banco para observar (esa escena de La La Land) no eran tan diferentes.

Hicimos algunas compras para la semana antes de volver a casa, terminar el día con más de 15.000 pasos, los pulmones cargados de aire nueva y cenar una pizza proteica mientras veíamos dos episodios de Lost (estoy viendo la serie por cuarta vez, no me juzguéis).

Así que, bueno, este fue mi día. Mi día favorito, que me encantaría vivir cada semana. No creo ser la única que se replantea a menudo abandonar la ciudad y aislarse. Bueno, puestos a soñar, mi plan de vida ideal sería vivir en Barcelona entre semana, pero siempre tener un hogar fuera, sin vecinos, sin ruidos, sin prisas, donde ir cada semana a pasar el día y la noche. Pero bueno, el tema de la segunda residencia quedará para un futuro muy lejano. O para otra vida.

Ya que por ahora no puedo aspirar a esta vida, sí que quiero recordar más a menudo lo que me llena estar bajo el sol y la sombra de los árboles. Que, aunque me encante mi trabajo y pueda vivir bien como autónoma, desconectar es un acto imprescindible. Incluso cuando llegamos a casa hacia las seis, de forma involuntaria abrí el portátil y pensé: «Es pronto, puedo trabajar una horita». Pero lo cerré rápidamente, recordando la obra Vita contemplativa: no siempre tienes que ser productivo. A veces se me olvida. La parte buena es que ayer me di cuenta rápido y elegí aburrirme, no hacer nada. Sentía el cansancio acumulado de la semana en las piernas, los ojos (no quería ni leer) y la mente, y decidí no buscar algo que hacer. Simplemente estar. 

P. D.: He terminado las más de 1000 páginas de 2666, de Bolaño. La semana que viene ya os traeré la reseña, que la quiero hacer con mucho cariño.

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