Desde que terminé la universidad, he tenido una relación complicada con el sueño: insomnio y un descanso poco profundo. Ha habido épocas mejores y peores. Durante los primeros años universitarios llevaba un diario de sueños; los anotaba al despertar. Al releerlo, podía revivirlos con una intensidad sorprendente. Es curioso cómo el recuerdo de un sueño exige inmediatez: si no lo escribes al momento, se evapora por completo.
Dejé de hacerlo hace años. Quizá porque ya no tenía sueños tan largos o intensos como para merecer ser recordados, o simplemente por pereza. Lo cierto es que coincidió con algo más: en 2019 volví a tener una mala relación con el dormir y el insomnio reapareció con fuerza. Quien lo ha sufrido sabe lo frustrante que puede llegar a ser. La cosa se enquistó hasta que, en 2021, tuve un problema de salud y empecé a tomar un ansiolítico para dormir.
Nunca me había resultado tan fácil conciliar el sueño. Llegué a fantasear con la idea de tomarlo toda la vida: afrontar las noches en modo fácil. Sin embargo, algo empezó a llamarme la atención. Con la medicación, los sueños desaparecieron por completo. Cero. Nulos. Dormía mejor, sí, pero perdí el acceso al mundo onírico. Ganaba calidad de sueño, pero sacrificaba la fantasía.
Desde hace un año he ido retirando el ansiolítico poco a poco, pero fue a principios de este 2026 —cuando me puse en modo quiero ser mi mejor versión en lo saludable— cuando empecé a buscar alternativas. Así llegué al bisglicinato de magnesio Investigué, leí, comparé… y decidí probarlo por las noches. El gran aliciente fue descubrir que ayuda a relajar el sistema nervioso, justo lo que necesito antes de dormir. Y ha sido una sorpresa realmente agradable comprobar que funciona.
¿Y lo mejor? Nunca en mi vida había tenido sueños como los que tengo ahora. Además de bizarros, son larguísimos. Siempre había tenido la sensación de recordar apenas unos segundos o, como mucho, un minuto de sueño. En cambio, estos parecen sacados de una película de Scorsese.
Sueños vívidos, extensos, emocionales y, muchas veces, pesadillas.
Estoy incluso pensando en recuperar la libreta de los sueños, porque resulta divertidísimo revivirlos cuando son tan intensos. El texto de esta semana es, en el fondo, una forma de concluir que casi todo tiene su cara y su cruz. Uno me ayudaba a dormir del tirón, pero me robaba la fantasía; el otro no actúa de forma tan inmediata, pero me ha devuelto las aventuras (y el despertarme más despejada, claro).
El magnesio ayuda, sí, aunque supongo que haber reducido de tres cafés al día a dos también tiene algo que ver. No nos engañemos.
P.D: No hace falta que diga que antes de tomar cualquier suplemento os informéis y bla, bla, bla.
Reseña de la semana: Metro 2033, de Dmitry Glukhovsky.
He terminado de leer la primera parte de esta distopía rusa (es una trilogía) y aquí os dejo mis impresiones. Empezar el año con una lectura de casi 600 páginas… puede ser una sorpresa o un sufrimiento.
No hay nada que me seduzca más que una buena distopía, pero tiene que convencerme. El problema de las distopías escritas hace tiempo es que, cuando se acerca la fecha que, en este caso, da título al libro (estamos a siete años vista) y ves que ha envejecido mal, echa un poco para atrás.
Metro 2033 relata la vida subterránea de la civilización de Moscú, cuyos habitantes se han distribuido por las diferentes estaciones y hacen allí su vida. Cada estación, cada línea, vive de forma casi anarquista, con sus propias reglas y principios. Una trama prometedora y original, si no fuera porque a día de hoy ya hemos visto este tipo de relato en otras formas, como Snowpiercer, Silo o The 100. Siempre defenderé que el valor de este tipo de distopías está en lo visionario que fue el autor en su momento, y deben leerse con esa mentalidad.
Con este cambio de chip hecho, Metro 2033 plantea su propio viaje del héroe: el protagonista tiene que llevar un mensaje a la Polis y, para ello, deberá cruzar varias líneas de metro, enfrentándose a las normas y peligros que habitan en cada estación, bajo la amenaza persistente de unas criaturas llamadas los Negros. Un arco narrativo clásico, perfectamente adaptado, que hace florecer la duda de si la verdadera amenaza son estas misteriosas criaturas, la propia gente que habita el metro o un poder superior con intereses ocultos, sin ninguna necesidad de que se sepa qué hay fuera (muy al estilo Silo o The 100).
Una primera parte recomendable, pero habrá que ver cómo sigue. Honestamente, tengo bastante pillada la fórmula de las distopías, y la primera parte siempre es la más prometedora. Para mí suelen funcionar así: la primera contextualiza y desarrolla todo el universo distópico; la segunda supone el acto de rebeldía del protagonista o de una parte de la sociedad; y la tercera (la más aburrida), la lucha contra el poder superior. Analizad cualquier trilogía distópica y veréis que en la mayoría de casos se repite.
Os iré informando.

