Cuando empiezas a viajar a los dieciocho, también aparece esa tendencia a coleccionar lugares. Comprarte un mapa de chinchetas en Natura e ir marcando todos los países en los que has estado. Coleccionar sellos en el pasaporte. Yo era así, lo reconozco. Cuando me fui medio año a dar la vuelta al mundo, priorizaba sumar sellos.
Pero, a medida que nos hacemos mayores, los días libres son más limitados y quieres elegir bien tus destinos. Y cuanto más lejos, parece que mejor.
Este año íbamos a viajar a Los Ángeles. Yo estuve unos días en 2018, como final de la Ruta 66, y aunque tuve una primera impresión de la ciudad, no llegué a vivir la vida local como tal. La idea era pasar unos días allí y luego hacer ruta en coche.
Reconozco que no era mi primera opción. Llevo tiempo queriendo ir a Corea del Sur, pero a mi pareja no le entusiasmaba la idea. De hecho, su respuesta siempre era: para ir a Corea, vuelvo a Japón. Ambos hemos estado en Japón un par de veces; la última, juntos, en 2024.
Su respuesta me dejó pensando. Y respondí: ¿y por qué no volvemos?
Parece casi un pecado elegir el mismo sitio por tercera vez con tanto por ver. Hay cierta presión social en eso. Pero, al final… ¿quién puede decir realmente que conoce un lugar habiendo estado un par de veces durante quince días?
La idea se me instaló en la cabeza. Día sí, día también. Recordaba 2024, marchándonos de Tokio y diciendo: “bueno, aquí ya no volveremos hasta dentro de, al menos, cinco años”. Y mira: dos años después, con los vuelos comprados.
Además, este año haré algo que me apetece muchísimo: explorar la parte más rural y natural, dejando unos cinco días para Tokio, para volver a impregnarnos de sus luces y sus ruidos, que, por sorpresa, no me abruman.
Al final, no se trata de coleccionar, sino de hacer más tuyo aquello con lo que has conectado de verdad y donde has construido algunas de tus mejores memorias. Hace tiempo que dejé de mirar mapas pensando en cuál será el próximo destino.
Además, ¿quién dice que volver a un sitio es repetir? Yo no soy la misma que en 2016 ni la de 2024. Mi primera y segunda experiencia fueron totalmente distintas, y esta tercera también lo será. Lo mejor es que creo que es la vez que más emocionada estoy de ir a Japón.
Me gusta pensar en esas diferencias: no solo a nivel de actitud o de pensamiento, sino incluso económico. Aunque suene más superficial, veo a la yo de 2016 durmiendo en hostels, compartiendo habitación con cuatro personas o comiendo una lata del 7-Eleven; y me veo ahora, pudiéndome permitir las cosas sin mirar tanto el precio, con una calidad de vida muy mejorada. Pues claro que va a ser diferente. Si hace diez años me llegan a decir que volveré y podré dormir en esta cabaña en los Alpes japoneses, me quedaría flipando:

Seguramente volveremos otra vez con una maleta llena de peluches y frikadas de las gachas, y diremos, una vez más, que no volveremos —esta vez de verdad— hasta dentro de unos años.
Pero quién sabe si el año que viene pensamos lo mismo.
Reseña de la semana: Tinta y Sangre, de Han Kang

Hace muchos años que leí a Han Kang por primera vez. Me acuerdo de estar con Carmen en Holanda, en 2017, y de cómo me insistía en que tenía que leer La vegetariana. Carmen recomendaba pocos libros, pero cuando lo hacía, acertaba siempre de forma exagerada.
Cuando ganó el Nobel hace un par de años, fue, por supuesto, la primera persona a la que escribí: “¡Qué heavy, tía! Somos unas visionarias”. Ahora podemos decir que la leímos antes del premio. Y, en realidad, sí: fue la primera Nobel que había leído antes de que lo ganara.
La vegetariana me encantó por su falta de censura, su ritmo trepidante, sangriento, violento. Muy alineado con el cine coreano. Por eso, cuando se publicó Tinta y sangre, lo añadí a mi lista de to read, convencida de que no me decepcionaría.
Bueno.
No es un mal libro. El problema fueron, simplemente, mis expectativas. Me encontré con una autora totalmente distinta, reinventada —algo que valoro muchísimo—, pero pasé de lo rápido a lo lento, de lo gráfico a lo abstracto.
Tinta y sangre es un thriller, pero no de los que solemos imaginar. Es un thriller psicológico que juega con la memoria y se cuece a fuego lento. Puede parecer contradictorio que un thriller sea pausado, pero Han Kang ha querido reinventar el género a su manera. Y hay autores que pueden permitírselo.
Valoro enormemente su talento. Si la novela no ha terminado de conectar conmigo no ha sido ni por la trama ni por el ritmo, sino por algo muy concreto: los saltos temporales, las elipsis, los cambios de punto de vista. Me cuesta seguirlos y es fácil que me pierda. Es algo que me ha pasado a menudo con este libro, y no por culpa de la autora.
Es una novela que sé que he entendido, pero también soy consciente de que hay partes que no sabría explicar con precisión porque, en algún punto, me he perdido.
La sensación final es buena, pero más por la idea y la habilidad de la autora que por la experiencia de lectura en sí. No ha sido especialmente memorable; incluso se me ha hecho un poco larga. Cuando tienes la sensación de perderte, adoptas casi sin querer una actitud de querer terminar.
Aun así, siento que he explorado un enfoque distinto del thriller, uno que no necesita ser comercial ni adictivo para funcionar. También puede habitar en lo pausado, en lo introspectivo.
