Reseña EL MUSEO DE LO EXTRAÑO I. El Santuario de los Titanes, de Régric.

Reseña de El Santuario de los Titanes, la primera parte de El Museo de lo Extraño: un homenaje de trazo limpio.

Tengo un problema (haré como si sólo fuese uno). No llevo nada bien el remake, los reboots, la secuela, la precuela por si cuela o las bandas tributo; en general y menos aún en el mundo del arte. Encaro cualquier propuesta de este tipo con un ‘menos algo’ cuando sé que no se parte de una mínima idea propia. Particularmente soy más partidario de un bodrio original que de una copia correcta y con esto no me refiero a influencias, fuentes o mejoras de la obra hechas por el mismo autor.

No conozco ningún ‘plagio legal’ (de derechos comprados) o revisión en el cine que haya salido a flote con cierta dignidad más allá del segundo ‘Hombre que sabía demasiado’ de Hitchcock; ‘La cosa’ de Carpenter o ‘La mosca’ de Cronenberg; que al menos conseguían darle cierto sello propio o aportación interesante a la obra primigenia.

En estos tiempos de sufrida secuela (que tiene rima de enfermedad tipo varicela), en el que proliferan copias burdas que reproducen las tramas con la descendencia de los protagonistas (Star Wars, Blade Runner y demás casos innecesarios), se toleran mejor los homenajes que simplemente acatan el contenido formal para verter en él sus propias propuestas.

Y de esta manera uno se acerca a este cómic de Frédéric Legrain (dibujante de los primeros Lefranc) y la valenciana Loli Irala Marín al color, por la pura nostalgia de la ‘Línea clara’ tintinesca de la Escuela Claire de Bruselas (frente a la Charleroi de Spirou o Lucky Luke). Y no defrauda, volveremos a ver con gusto esos garabatos encima de la cabeza que simulaban mareo. Tendremos inocencia, aventura – quizás excesivamente fantástica y que provoca cierta desconexión en su tramo final-, algo de geografía inventada (esa república sudamericana de Guacamola…) y personajes bienintencionados. Un museo de objetos paranormales a lo Iker, cedidos por un dudoso coleccionista y que servirá de excusa para investigaciones y aventuras pseudocientíficas a cargo de una pareja de archivistas.

Pese a la ambientación clásica, su redacción moderna implica algo más de empoderamiento femenino que los clásicos del género, algo menos de asexualidad e incluso una crítica manifiesta a la profesión periodística interesada y a los empresarios dueños de imperios supuestamente filántropos.

Aunque puede que su mayor baza sea el acierto de la espita cómica del equipo, que abocaba a un desastre tipo Jar Jar Binks y que sin embargo se nos presenta con la entrañable forma del ‘Señor 220’; un robot steampunk -construido sobre la base de un obus- a vapor y con bigote, chistera y gabardina. Un simpático ente, amigable pero con carácter y, lo más importante, de humor contenido y sin forzar.

En definitiva, una nostálgica inversión en la ‘línea clara’ del cómic franco-belga, un dibujo estupendo que traza y marca los contornos de una aventura clásica, disfrutable, limpia y sin demasiadas pretensiones.  

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