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REIRAKU de Inio Asano: una joya con la que el manga madura editorialmente en nuestro país.

Si buscan una oportunidad de redescubrir un arte y eliminar de paso un prejuicio asentado, este es su momento. El manga, tan clasificado y marginado por la mayoría como comic fricazo, raruno y, lo que es peor: mero entretenimiento infantil, vive habitualmente en un gueto cultural alejado de las grandes urbes populares.

Craso error. La viñeta japonesa se está expandiendo, la demanda creciente y la amplia oferta por descubrir está empezando a dar buena muestra de toda su diversidad y potencial en nuestro país. Ya no son los cuatro o cinco seriales que daban gusto al prejuicio. Ya no es todo intercalar caricaturas estrafalarias a lo Chicho Terremoto. Ni mucho menos. Empiezan a llegarnos magníficos thrillers, épicas tramas feudales, impactantes novelas gráficas noir. El manga se está haciendo más adulto editorialmente, más seinen que nunca…

Y como en todo arte que se precie, hay un género en sí mismo que es su metalenguaje, el encargado de narrar las inquietudes de los creadores, sus dificultades con el éxito, el enfrentarse a la página en blanco. Un género que siempre ha dado algo de pereza por ofrecer unas dosis de realidad que no se suelen buscar entre esas páginas de fantasía devoradas de derecha a izquierda. Bien, pues pocas veces se narró mejor las obsesiones profesionales de un mangaka, el detrimento de su vida personal, la competición por el número de copias vendidas, el vacío existencial. Alcanzar el éxito con efervescencia adolescente y reflexionar con madurez si ha valido la pena y si realmente es lo que se quería conseguir como objetivo vital. Una nítidamente narrada separación sentimental, una enigmática aparición romántica, el sexo como asidero frente a la soledad, la caída a los infiernos creativos, el replanteamiento de una profesión. La madurez, en definitiva, como pocas veces nos ha llegado contado en este formato e importado con deleite hasta nuestras estanterías.

Asano se ha posicionado actualmente como el mangaka indie del momento. Sus composiciones costumbristas diseccionan sentimientos con el toque de timidez contemplativa oriental aderezado con un realismo mágico a menudo demasiado seco y enigmático. En esta ocasión se transpira menos rareza y mucha más verdad. Hay mucho de autobiografía (¿de joven el protagonista lleva su mismo pelo teñido?) y se palpa dolor y mancha de vida en su entintado. Por cierto, el dibujo como tal es arte en estado puro. Un blanco y negro luminoso en sus juegos de sombras. Hay momentos en los que piensas que has pagado demasiado poco por un volumen único tan delicioso y tan trabajado, con tanto esfuerzo técnico y con tantas vivencias desnudas por detrás, desgarradoras en su intuida contraportada.

Resumiendo, una de las mejores obras del noveno arte que se puedan adquirir hoy en día, prueba fehaciente que la viñeta japonesa es mucho más que grandes ojos brillantes y mandíbulas hasta el suelo. La adultez profesional y sentimental, la verdad cruda y contenida cuando la vida te abofetea la cara, sólo reservando un toque final misterioso, abierto y sencillamente maravilloso. Una joya con la que el manga madura editorialmente en nuestro país.

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