In between

Nos estamos volviendo tontos

Después de tres semanas con escritos muy íntimos y emocionales, siento decepcionaros, pero hoy toca algo normalito. Y, de hecho… empieza literario.

Hace ya unas semanas terminé Los hermanos Karamázov, de Dostoievski, un clásico ruso de más de mil páginas. Los autores considerados clásicos cada vez me dan más pereza. Y no por ellos, pobres, sino porque están exageradamente quemados por parte de las editoriales. Como los derechos son libres, publicarlos les sale a un precio muy bajo y todas las editoriales se ponen a competir para ver quién hace la edición más bonita. En mi opinión, se nota cuando una editorial lo hace desde el alma, nunca mejor dicho, como la editorial ALMA, que trabaja los detalles, incluye material de lectura o colabora directamente con grandes ilustradores y traductores, o Trotalibros, que se dedica a recuperar clásicos injustamente olvidados. O bien… cuando la editorial es una más que se ha subido al carro de querer facturar con una edición cuyo único elemento especial son los cantos pintados. En fin, esto hace que las obras que veo por todas partes me generen rechazo.

Esto y que siempre pienso: con tantos nuevos escritores y libros, seguimos luchando por los clásicos como si no existiera nada más.

Dostoievski es conocido por Crimen y castigo (todavía pendiente), pero empecé por Los hermanos Karamázov porque mi prescriptor de confianza lo recomendaba encarecidamente. Y, si hago match con un creador de contenido que recomienda libros de mi estilo, me voy a dejar influenciar.

Cuando leo un clásico, me gusta recordar el año en que fue escrito para valorarlo más. Es una obra magnífica, llena de complejidad, cuyo foco principal son los tres hermanos y la relación que tienen con su padre, entre ellos y también con el mundo. Tres personalidades muy distintas entre sí. El tema es que el padre es asesinado y yo, inmediatamente, me puse a intentar averiguar quién creía que era el asesino, acostumbrada a los thrillers actuales. Ya me estaba imaginando que aquello sería un Agatha Christie, lleno de giros inesperados a lo La asistenta. El mayor plot twist es que no es así. Lo curioso es que, cuando se comete el asesinato, te cuenta cómo sucede, y recuerdo sentir por un instante cierta decepción: «Ah, pues ya lo sé…». Pero va mucho más allá. Porque después vienen el juicio, las conversaciones, las reacciones… y todo adquiere complejidad.

Sin duda, es fácil ver por qué está considerada una obra maestra. Y también es curioso pensar que ahora ninguna editorial publicaría una historia de este tipo ni loca. Y esto me lleva al quid de la cuestión. El otro día vi en Twitter (no lo voy a llamar nunca X) una publicación de un escritor que decía que había mandado un manuscrito a una agencia literaria y que esta le había respondido literalmente que su escrito era bueno, pero que no funcionaría porque las nuevas generaciones leen cosas muy básicas y tramas sencillas.

Esto me llevó a pensar en esta entrevista de El Club de los Escritores, en la que Valen Bailon, Francesc Miralles y Enric Sánchez explican cómo se les piden a los guionistas de Netflix guiones muy básicos y que, a lo largo del episodio, se repitan los detalles importantes porque la gente mira las series con el móvil y Netflix está de fondo.

Y, claro, piensas… Entre esto, los libros simplificados y el scroll de TikTok, es imposible no volverse tonto, a no ser que hagas un firme compromiso contigo mismo para no distraerte, hacer las cosas con atención plena y buscar a conciencia películas o libros más trabajados. La mayoría de los cuales… pues no son de los últimos años. En el caso de los libros no es tan radical porque, por suerte, hay muchísimas editoriales y miles de autores, pero con las películas y las series acabas recurriendo a lo bueno de siempre. Todo son spin-offs de la serie que funcionó, versiones actualizadas y modernas de mil películas, actualizaciones que nadie ha pedido y que no suelen funcionar, segundas partes de películas que se estrenaron hace más de diez años…

Entrelazándolo con el principio del texto, puedo sentir cierto rechazo hacia algunos clásicos, pero al final acabas volviendo a aquello que sabes que no solo va a entretenerte —que, si buscas eso, adelante, tienes mil opciones—, sino también a algo que consiga removerte por dentro y, sobre todo… hacerte pensar.

Y con este escrito no pretendo hacer bandera de nada, que soy la primera que hay noches en las que me apetece algo de fondo y ponemos un true crime mientras miro ropa en Vinted porque sí, porque he estado todo el día trabajando y es mi forma (correcta o no) de distraerme. Pero también sé dónde marcar el límite: por ejemplo, durante una sesión de película no voy a mirar nunca el móvil.

Y con la lectura, igual. Aunque ponga todo mi esfuerzo en concentrarme, con la literatura más enrevesada, a veces me pierdo. Con Los hermanos Karamázov, tenía un hilo en ChatGPT abierto para cuando cada mañana reanudaba mis sesiones y no me acordaba de quién era tal personaje o de detalles de algunas subtramas que intuía que serían importantes en un futuro. Y no me escondo, me ayudaba a ubicarme otra vez.

Creo que lo más importante es ser conscientes de cómo estamos haciendo cierta actividad.

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