Entre las movidas y acusaciones del caso Epstein (y probablemente muchos más casos que desconocemos), he vuelto a pensar en una creencia muy mía: los ricos, los multimillonarios, terminan aburriéndose de lo terrenal y sienten la necesidad de buscar algo más allá de lo que el dinero puede comprar. Eso hace que alimenten cualquier inquietud, curiosidad o pensamiento bizarro que se les pase por la cabeza.
Eso puede llevarlos a lugares oscuros, está claro, pero también quedarse en simples creencias extrañas. Mientras una persona cualquiera vería un vídeo de YouTube para reírse de una teoría conspiranoica, un multimillonario —ya sea por ego, aburrimiento o necesidad de gastar lo acumulado en el banco— tiene la posibilidad de llevar esa idea a la práctica y reafirmarse en ella.
En este In Between quiero compartir algunas de las rarezas de personas famosas y ricas que conocemos bien. Y es curioso, porque sinceramente creo que me resulta imposible ponerme en la piel de una persona multimillonaria: cuando tienes la sensación de haberte pasado el juego de la vida, imagino que deja de importarte lo que opinen los demás. Creo que en muchos casos aparece cierta sensación de superioridad y se da rienda suelta a todo tipo de creencias. La versión premium de los terraplanistas aplicada a cosas más mundanas. También te digo: la cantidad de multimillonarios terraplanistas que debe haber, con sus propios equipos de investigación, pero escondiéndose por puro miedo reputacional.
Empiezo con Djokovic, que tiene mucho que ofrecernos en este tema. El tenista da muchísima importancia a las energías positivas. Por ejemplo, cree firmemente que las conversaciones que mantenemos alrededor de la comida influyen en su estado. Es decir: si delante de un plato hablas de algo negativo, este puede llegar a tener un sabor distinto o incluso verse despojado de nutrientes.
Cuando come, Djokovic mantiene conversaciones con sus alimentos. Y para sostener esta creencia se basó en un experimento donde había dos vasos de agua: uno había entrado en contacto con emociones negativas y terminó volviéndose verde, mientras que el otro, rodeado de emociones positivas, permanecía cristalino.
Pero las curiosidades de Djokovic no terminan ahí. Entre otras cosas, el tenista descubrió el supuesto poder energético de las pirámides bosnias y empezó a practicar meditación en los túneles cercanos a estas. También ha hablado de su creencia en la telepatía y la telequinesis.
Aunque este texto pueda parecer una crítica al aburrimiento y la egolatría de los ricos, también se dice que Djokovic desarrolló estas creencias por una infancia marcada por la guerra en Serbia y por distintos traumas que lo llevaron a refugiarse en perspectivas más místicas y espirituales. Desde luego, no lo juzgo, sea por una razón u otra.

Y no es el único deportista con rituales o creencias extrañas. Serena Williams usaba los mismos calcetines durante todo un torneo. Rafa Nadal jamás pisa las líneas blancas de la pista. Incluso hubo casos más extremos, como el de Los Angeles Dodgers, que en 2010 pagaban a un científico ruso para que pasara los partidos transmitiendo pensamientos positivos a los jugadores desde 5.000 kilómetros de distancia.
El físico, llamado Shpunt, estuvo cinco años realizando este trabajo y aseguraba que sus manos eran capaces de transmitir entre un 10% y un 15% más de energía que las de una persona normal.
Otro ejemplo fascinante es el de Boris Becker y Andre Agassi.
Durante años, Agassi parecía capaz de anticipar el saque de Becker, lo que llevó al alemán a pensar que tenía una especie de telepatía.Pero aquí sí había una explicación racional. Agassi descubrió que Becker movía ligeramente la lengua antes de sacar. Según hacia dónde apuntaba, podía deducir la dirección del saque. Y decidió ocultarlo durante años para seguir aprovechándose estratégicamente de ello, dejando que los demás creyeran que todo era una cuestión mental.
Este desenlace parea mucho es decepcionante y para otros liberador. Tenemos una necesidad diría biológica a buscar explicaciones racionales a las cosas, y cuando existe nos hace sentir más seguros. Siempre es más cómodo secubrir que fue algo puramente estratégico que algo sin explicación.
En fin, me ha parecido divertido escribir sobre esto. Sin quererlo, el deporte ha terminado siendo el gran protagonista, algo curioso teniendo en cuenta lo competitivo que es ese mundo. Muchas de estas anécdotas aparecen en La teoría de todo lo demás, de Dan Schreiber.
Todos tenemos rarezas y obsesiones extrañas, pero quizá la diferencia esté en la capacidad de llevarlas a cabo o en sentirte tan por encima del resto que nadie pueda cuestionarte. Y ahí también aparece el privilegio de los ricos: no ser vistos como auténticos chalados, sino como personas excéntricas a las que merece la pena escuchar y concederles el beneficio de la duda.
¿Qué opináis?
PD. Esta semana tampoco hay reseña de libro pero es que sigo bastante a tope de trabajo y escribir el In between ya me lleva bastante tiempo. Quizás la semana que viene hago un especial reseñas acumuladas.
