In between

¿Dónde están mis Airpods?

Sin exagerar, creo que soy la persona más desordenada que conozco. Y la gente de mi alrededor quizás pueda confirmarlo. Es un enorme defecto que ni siquiera hago el intento de romantizar. Podría decir: ya, bueno, mira los estudios de grandes artistas; es en el caos donde nace la inspiración. Si te entiendes dentro de tu propio caos, bien por ti. No es mi caso. Yo no entiendo mi desorden y me pierdo totalmente en él.

En Bachillerato, mi taquilla daba pena: libros por todas partes, papeles acumulados en el fondo y algún que otro tupper que me olvidaba de devolver a casa. En Primaria, en aquellos pequeños pupitres donde todo se veía, era todavía peor, y a menudo me llevaba broncas de los profesores. Curioso que haya “salido así” cuando mis padres son todo lo contrario; quizás ha sido, involuntariamente, un acto de rebeldía. Incluso mi madre me regaló el famoso libro La magia del orden, de Marie Kondo. Lo leí y lo subrayé pensando: son muy buenas técnicas… pero no lo haré:

Ahora mismo, mi estudio consiste en una mesa larga y ancha llena de libros, libretas, bolígrafos desperdigados, cables, manchas de café, papeles y cosas varias. Sin juzgar, en la imagen de cabecera tenéis la prueba del delito.

Concretamente, encontramos: bolígrafos, una goma de borrar, un vaso de café con hielo sucio, un posavasos que nunca uso, una mascarilla facial, el estuche, unas tijeras fuera de su sitio, la cantimplora, un ventilador, acetona, un cortauñas, una lima, libros, papeles…

Entre todos esos objetos están mis AirPods, que esconden grandes historias. Estos que veis son los nuevos, pero los primeros que tuve son de 2021 y, a pesar de haberlos extraviado miles de veces, aún los conservo. Eso tiene mucho mérito para alguien como yo.

Cuando entre 2022 y 2023 compartí piso unos meses, primero con Julia y después con Anna, la pregunta que más repetía sin duda era: ¿has visto mis AirPods? Los pierdo unas diez veces al día —la última vez, hace unas horas—. Y aun así nunca aprendo. Me cuesta horrores dejarlos dentro de la funda: siempre acaban desperdigados por casa, uno por un lado y el otro por otro.

Todo son risas cuando sabes que están dentro de casa, pero no siempre ha sido el caso. Hoy os comparto mis dos grandes historias con los AirPods como protagonistas. Ambas sucedieron el año pasado: una fue mi salvación; la otra, mi perdición.

En la primera, llegaba de la típica calçotada entre amigos. Me dejaron en coche por la zona de Tuset y Julià pasaba a recogerme con la moto. Al cabo de unos minutos, me di cuenta de que no tenía el bolso. Por suerte, llevaba el móvil en el bolsillo.

Después de que me confirmaran que el bolso no estaba en el coche, usé la aplicación Buscar para localizar mis AirPods y vi que estaban parados justamente por la zona de Tuset. Probablemente, al subir a la moto, se me había caído el bolso y allí se había quedado.

Como teníamos la moto, volvimos rápido al lugar donde me habían dejado, pero, para nuestra sorpresa, los AirPods empezaron a moverse. Mierda, alguien ha encontrado el bolso.

Desde la moto, con Julià conduciendo y yo siguiendo la pista de los AirPods, empezó un trayecto muy cinematográfico, en plan: “siga a ese coche”. Los AirPods no dejaban de moverse entre calles. A veces se detenían, se quedaban cinco minutos quietos —tiempo durante el cual yo analizaba a todas las personas que pasaban— y luego volvían a ponerse en marcha.

La velocidad era demasiado rápida para tratarse de una persona andando, así que empecé a fijarme en los coches y las motos. A esas alturas, las normas de circulación casi no existían. Y siempre era lo mismo: recto, derecha, izquierda, espera, ha parado aquí, buscar, reanudar la marcha. Estuvimos así una hora.

Hasta que una última parada fue distinta: no era un piso. Delante de nuestros ojos apareció el único cartel que esperas encontrar en ese momento: comisaría de Les Corts. No me lo podía creer. Entré, pregunté por mi bolso y ahí estaba. Hacía solo cinco minutos que lo habían dejado.

¿Y sabéis por qué tantas paradas? Lo que yo creía que era una maniobra de distracción por parte del ladrón… era simplemente un repartidor de Glovo haciendo sus entregas.

Una vez más, le ganaba la partida a mi propio caos.

Y solo un mes después, algo similar, pero todavía más absurdo, volvió a suceder. Llegaba tarde a casa y no encontraba mis AirPods. No estaban en mi bolso, no estaban en ninguna parte. No había manera. Volví a recurrir a Buscar… y esto es lo que encontré:

Ahora sí que sería muy complicado recuperarlos: uno estaba en plena calle y el otro, con un poco de esperanza, posiblemente se encontraba en el vestuario del Mango de Avenida Diagonal, donde había estado hacía unas horas. Me dije a mí misma que iría por la mañana a intentar recuperarlos, aunque solo fuera como si se tratara de un geocaching o de un juego de Pokémon Go.

Al día siguiente, intenté encontrar primero el que aparecía en medio de un carril bici de la Avenida Diagonal. Imagen ridícula. No sé qué esperaba. Por supuesto, no encontré nada.

Y a las diez, cuando Mango abrió, pedí permiso para mirar en el vestidor, después de que me dijeran que no habían encontrado nada. Como el día anterior había ido justo antes de que cerraran, quizás al limpiar lo habían guardado. Nada.

Perdí dos horas de mi tiempo intentando recuperar mis AirPods, hasta que un impulso casi me llevó a comprarme unos nuevos de vuelta a casa.

La buena noticia es que me conozco. Sé que no debo tomar decisiones impulsivas. Soy un caos, muy despistada, y antes de comprarlos decidí pensar. Qué absurdo suena. Quizás tengo que pensar…

A veces me pasa que las soluciones más fáciles no se me ocurren hasta al cabo de un rato, cuando ya he montado todo el sarao. No sé por qué me pasa. El tema es que había una pista que había ignorado: en la aplicación Buscar ponía “última actualización… hace 20 horas”.

Entonces me iluminé: ¿y si los AirPods se quedaron sin batería y simplemente estaban marcando la última ubicación antes de apagarse? Y en ese momento conecté todos los puntos. Con toda la seguridad del mundo, fui a mi armario, cogí los pantalones que llevaba el día anterior y, efectivamente, allí estaban los AirPods, desperdigados en los bolsillos.

Nunca he perdido un móvil, ni unos AirPods, ni una tarjeta importante. Pero lo que sí he perdido infinidad de veces es TIEMPO intentando encontrar las cosas.

Al menos, esta última situación me ayudó en algo: ahora, siempre que pierdo algo —o, mejor dicho, no encuentro algo—, en vez de actuar impulsivamente y buscar desesperadamente por toda la casa, recreo los hechos como si se tratara de un crimen. Repaso absolutamente todos los pasos que he dado y, para sorpresa de nadie, encuentro las cosas mucho más fácilmente.

O bien me digo a mí misma: ¿cómo actuaría Iona en esta situación? Y me imagino siendo caótica, sí, pero dentro de mis propios patrones. Tan imprevisible no soy.

Y para terminar con algo más positivo, después de delatarme como un desastre de persona, quiero decir que tiene mérito que no haya perdido nunca nada realmente importante. De hecho, soy especialista en perder cosas absurdas y por puro despiste: unas bambas que me dejo en el gimnasio, un collar que me he atado mal y que, en realidad, no está bien cerrado, así que se me pierde a los cinco minutos de comprarlo.

También puede gustarte...