A diferencia de años anteriores, en los que me ponía mil objetivos de Año Nuevo, este 2026 solo tenía uno: mi salud. Invertir, pagar lo que haga falta para mejorar mentalmente, quitarme ansiedad, estrés, memorias enraizadas en el cuerpo, entender patrones, etcétera. Ya os aseguro que me lo he tomado en serio. En estos cinco meses, llevo invertidos más de 1.600 euros en el asunto. Sí: mil seiscientos euros. Y aquí no incluyo todo lo que tenga que ver con una salud más física, como el gimnasio.
La buena noticia es que me encuentro mejor y creo que estoy tomando decisiones acertadas. También hay que entender este proceso de salud precisamente como eso: un proceso que no termina. No hay un inicio y un final. Esto lo explican muy bien Anna Sólyom, con quien tengo el placer de trabajar, y el psicólogo Gabor Maté. Esta reflexión me ha ido genial para dejar de compararme: ayer podía hacer eso y hoy ya no. Pero al día siguiente quizás vuelvo a poder, y eso es lo que va sumando. Te quita presión, pero a la vez te anima a compararte solo contigo misma y desde un ángulo más sano.
Sin duda, lo que mejor me está yendo es el curso de mindfulness que hago cada semana. Tres horas de clase y luego ejercicios diarios en casa. Cada día tengo que meditar durante una hora en total. Ahora llevo dos semanas de curso y todavía se me hace larguísimo y desconecto bastante, pero si no lo hago lo echo de menos.
Aparte de las meditaciones, hay otro tipo de ejercicios relacionados con la atención plena. Básicamente, se trata de realizar actividades del día a día haciendo únicamente esa cosa. Por ejemplo: si lavas los platos, los lavas estando totalmente pendiente de cómo lo haces y sin pensar en lo que tienes que hacer o harás luego.
En la sesión de la segunda semana, el instructor Andrés Asuero nos preguntó qué conclusiones sacábamos de la práctica informal. Yo respondí que me había dado cuenta de que siempre vamos con prisa, incluso en actividades que tendrían que ser relajantes. Por ejemplo, lavarme la cara y ponerme todas las cremas antes de ir a dormir. Me di cuenta de que lo hacía como si alguien me estuviera apuntando con una pistola si tardaba más de tres minutos.
Y justamente fue muy interesante la reflexión que compartimos: nos pasamos la vida queriendo terminar las cosas para empezar la siguiente. Y entonces… si siempre estamos corriendo para terminar algo… ¿cuándo disfrutamos de las cosas?
Cuando te encuentras con este tipo de mensajes en Instagram piensas: “Otro rollo más del típico gurú del crecimiento personal”. Pero cuando has puesto la atención plena durante 24 horas del día y lo vives en tu propia piel, te das cuenta de que es verdad. Me impactó bastante la verdad que residía en aquella afirmación.
No voy a decir que ahora absolutamente todo lo hago con atención plena y disfrutando de cada momento, porque sería irreal, pero sí que al menos tengo localizadas algunas actividades donde aplicarlo y no sentir el corazón latir rápido por terminar. Para empezar, son estas:
- La skincare de la mañana y de la noche.
- Cualquier actividad que pase en la cocina, ya sea limpiar o cocinar.
- Si estoy sola entre semana, comer en la terraza sin absolutamente nada y bajo el sol.
- Mi lectura con café por la mañana, sin ningún tipo de distracción.
Son prácticas del día a día que puedes aplicar fácilmente. La idea es no dejarte llevar por pensamientos de cualquier tipo y centrar la atención únicamente en el momento presente. Yo me he dado cuenta de que, además, obviamente ayuda a hacer las cosas mejor: limpiar mejor, cocinar mejor, masajearme mejor. Al final, como dice Andrés, hay muchas actividades que vas a tener que hacer sí o sí, entonces… ya que de por sí son una obligación, al menos que sean agradables, ¿no?
Esto por un lado, y por el otro… uff. Llevaba toda la vida respirando mal. Mi respiración siempre ha sido superficial, ansiosa, excesivamente rápida. Aprender de verdad a respirar para mí ha sido revelador. Me acuerdo de educación física, cuando corríamos y siempre tenía flato por respirar mal. O bueno, si vamos a algo más reciente: despertarme a mitad de la noche con la respiración entrecortada por la ansiedad y tardar horas en volver a dormirme.
Por suerte, la respiración se puede reeducar y no tardas tanto. A mí ya me está resultando muy evidente. Llevo años con problemas de insomnio y no sabéis lo rápido que me duermo últimamente (ahora, como he dicho, queda el problemilla de despertarme a mitad de la noche).
En fin, os animo a explorar el tema del mindfulness porque, como persona que lleva años entre psicólogos, a mí me ha abierto un mundo y una perspectiva muy optimista. Así que bueno, fíjate si tú también puedes poner el freno de alguna manera. Quizás no es necesario que hagas un curso de tres meses como yo, pero cualquier aproximación seguro que será mejor.
P.D: esta semana no hay reseña porque voy a tope de trabajo y no me da la vida (siempre con prisas. Guiño, guiño).
