Se dice que quien es lector lo es porque desarrolló el hábito desde bien pequeño. Y esta semana, aprovechando que el miércoles he quedado con mi exprofesora de literatura castellana de bachillerato (a quien hace años que no veo), me ha llevado a reflexionar sobre cuáles fueron aquellas lecturas, momentos o personas que hicieron que hoy lea a diario.
Si bien es cierto que en casa siempre estuve rodeada de libros, la importancia de elegir buenas lecturas fue crucial. Novelas gráficas y de detectives aparte, las lecturas más densas llegaban en verano junto a los cuadernos obligatorios y el libro que te mandaban leer en la escuela. Creo que ahora hay más consciencia de la importancia de que estos títulos sean atractivos, atrapantes y lo suficientemente interesantes para que los niños no vean leer como una penitencia. Tengo que decir que recuerdo cómo la mayoría de lecturas obligatorias me dejaban indiferente, pero aun así las leía sin problemas. Mi ritmo de lectura era exageradamente rápido. También tengo muy grabada una evaluación en la escuela en la que te cronometraban leyendo (técnica que ahora sería muy cuestionada) y mi puntuación era tan baja que algunos niños de clase me acusaban de mentirosa. Pero ya desde bien pequeña leía a un ritmo frenético y con muy buena comprensión lectora.
No sé si lo recordaréis, pero aparte de las lecturas obligatorias de verano, te daban un par de optativas para sumar nota. Las dos no sé, pero una de ellas la leía siempre y me daba cuenta de que las optativas casi siempre eran mejores que la obligatoria. Aquí ya sabía que me gustaba leer, pero me limitaba a lo que me mandaban y a las series bestseller juveniles.
La adolescencia fue distinta y descubrí un enorme mundo de fantasía que me absorbió. Todavía nadie había escrito (o mejor dicho, no se había publicado o popularizado) nada del famoso romantasy y, de haber sido así, os prometo que me hubiera OBSESIONADO. Y probablemente mis gustos lectores actuales serían totalmente diferentes.
Sé perfectamente que habría sido así porque aquí es cuando empezaron mis obsesiones lectoras reales. Más allá de Harry Potter, la trilogía de Memorias de Idhún es, sin duda, la que más me ha marcado. Los releía una y otra vez, fascinada por el triángulo amoroso y aquellos mundos de fantasía.
Y de repente, un día —no sé dónde ni cuándo exactamente— llegó a mí Memorias de una geisha, de Arthur Golden. Lo devoré en dos días y me di cuenta de que había sido mi primera lectura adulta y de que los libros “de mayores” no eran lo que yo esperaba. También eran para mí. No sé dónde está ese libro; seguramente era prestado de una biblioteca, pero me hubiera hecho gracia conservarlo. En aquella época estaba a punto de empezar bachillerato y todavía no compraba libros: me limitaba a elegir los que había en el estudio de casa, con un catálogo enorme de títulos. Recuerdo también el primero de Stieg Larsson y los primeros libros históricos de El clan del oso cavernario, de Jean M. Auel. Creo que son como seis libros, pero me quedé por el cuarto más o menos. Todavía me acuerdo de Ayla, su protagonista, una niña rubia de ojos claros con la que podía sentirme identificada. Leía todo esto especialmente durante el verano en Calella de Palafrugell, pero, de nuevo, no iba activamente a comprar libros.
También recuerdo perfectamente el momento de leer Cien años de soledad, en una edición de hojas amarillentas, tamaño de letra 9 y sin interlineado. Lo terminé y supe de inmediato que aquello era excelente y entendí perfectamente por qué era considerado un clásico. Pero hasta entonces el libro había llegado a mí por casualidad, por aburrimiento de verano, y no había saboreado otros clásicos.
Entonces llegó bachillerato. Primer día de clase en un nuevo instituto. Era la clase de Literatura Universal. Las luces se apagan, creo que hay alguna vela. No hay presentación del profesor. De repente aparece con una luz iluminando su cara mientras dramatiza el famoso fragmento que inicia La Divina Comedia:
A mitad del camino de la vida,
en una selva oscura me encontraba
porque mi ruta había extraviado.
¡Cuán dura cosa es decir cuál era
esta salvaje selva, áspera y fuerte
que me vuelve el temor al pensamiento!
Es tan amarga casi cual la muerte;
mas por tratar del bien que allí encontré,
de otras cosas diré que me ocurrieron.
Era Jordi Caixàs y él fue uno de los responsables de que empezara a desarrollar criterio propio con la literatura. Años después La Divina Comedia sigue siendo un libro que me impactó enormemente e incluso tengo grabados de Doré colgados en casa. Él y Carme Cerillo, quien me introdujo con pasión en los mundos de Lorca y otros autores españoles. También la filosofía de Vélez me atrapó tanto que buscaba libros de filosofía sencilla que conectaran conmigo. Por aquella época me encantaba hacer excursiones sola y libros como Andar, una filosofía o El paseo de Nietzsche eran mi mantra.
Todo lo que me recomendaban me lo leía. Aquí empecé a entender realmente lo que me gustaba. Si hay algo bueno (o malo) en mí es que, si algo me interesa de verdad, voy hasta el fondo, pero si me genera cero interés no puedo esconderlo. Mientras que las lecturas de literatura castellana me fascinaban y siempre estaba entre el excelente, las de literatura catalana me costaban mucho más. Recuerdo que nos hicieron leer Tirant lo Blanc. Infumable. Saqué un 0,5 en el examen. Yo, que siempre estaba entre el 9 y el 10. A día de hoy puedo verlo como un pequeño acto de rebeldía.
Mientras seguía desarrollando mi amor por la literatura, un amigo me recomendó leer Jo confesso, de Jaume Cabré. Un libro de mil páginas. Esto ya fue el primer año de universidad, en 2011. Al terminarlo recuerdo pensar que era el mejor libro que había leído y que sería imposible de superar. Más de diez años después sigo pensando algo parecido. “Mejor” ya no me gusta decir, pero sigo creyendo que es de lo mejor que se puede escribir.
En 2017 me fui de año sabático y me llevé conmigo un ejemplar de 1984 que me regaló mi padre. Un libro corto pero que me costó meses terminar. Estaba en un momento muy diferente de mi vida y no conecté con la lectura. Hasta que, de vuelta a Barcelona desde Nueva Zelanda, tuve que esperar 23 horas en el aeropuerto sin dinero y sin nada que hacer, y me leí de un tirón el ejemplar de El código Da Vinci que me regalaron en un hostal y que todavía conservo con cariño:

De Barcelona me fui directa a estudiar el máster en Holanda y allí viví unos momentos realmente extraños con la lectura que todavía hoy me cuesta entender. Supongo que por nostalgia y por sentirme lejos de casa, durante ese año estuve leyendo únicamente Harry Potter. Me compré toda la saga en inglés y los leía sin parar. Igual que veía las películas. Una época muy curiosa. Pero Holanda fue también mi primer acercamiento al sector editorial, trabajando en una start-up, y desbloqueé de nuevo mi hábito lector justo al volver a Barcelona.
Y como cualquier persona de Barcelona y España… leí La sombra del viento. Y pensé: esto es brutal. Luego leí el segundo y me pareció malísimo. Todavía recuerdo mis primeras historias de Instagram relacionadas con estos dos libros, dando mi opinión sobre ellos.
Este fue el momento en el que todo cambió. Y debí pensar algo así como: soy mayor, tengo criterio propio, he trabajado en el sector editorial, quiero dedicarme a esto, tengo que empezar a elevar mis gustos literarios.
Y con ese esnobismo que ahora reconozco, pensé que la mejor forma de hacerlo era mirar quiénes habían ganado EL título por excelencia, el que te pone en un pedestal. Y hablamos, por supuesto, del Nobel de Literatura. Así que decidí hacer una lista y empezar a leer, uno por uno, a todos los que lo habían ganado:

Y por suerte empecé con el último ganador, Kazuo Ishiguro. Nunca me abandones fue mi primera entrada de blog y una novela que me cautivó. Seguí con Alexiévich, Patrick Modiano, Alice Munro… Y los iba combinando con libros más duros de este contexto que hubieran ganado premios y parecieran difíciles, como la trilogía de Cixin Liu.
En ese momento era 2018 y fue el año de la lectura. Aquí sí que empecé a coleccionar libros, a seleccionarlos, a devorarlos, a compartirlos en redes, a crecer en Instagram y en visitas al blog. A tachar nombres de la lista de ganadores de El nobel. Rechazaba con cierta prepotencia los libros comerciales: yo solo quería aquello que consideraba literatura de verdad. Era ese tipo de persona. Por suerte, poco a poco he ganado flexibilidad y desde hace años no tengo ningún sentimiento de superioridad por leer más o por según qué leer. Cuando veo a gente que era como yo siento rechazo y mucha pereza. Ahora leo lo que quiero y sé bastante bien lo que me gusta. No sé qué sería de mi vida sin los libros. Si el día no empieza a las 6:45 con un libro y un café, el día está torcido.
Mis gustos han ido evolucionando y, aunque es cierto que mi tendencia sigue siendo la ficción más literaria, no le hago feos a nada. De hecho, la inspiración de este escrito también viene de que el otro día fui a Penguin y me encontré con una excompañera de la universidad que trabaja allí como editora de juvenil. Me dijo: “Venga, llévate un libro”. Y mi primer instinto fue decir: “Uy, no leo romántica juvenil, yo”. Ella me dijo que era divertidísimo y me regaló un ejemplar que llevo semanas mirando, preguntándome qué voy a hacer con él, porque hay una parte de mí que todavía lo rechaza. Una parte que me dice que eso no va conmigo y que es bajar el nivel que llevo tantos años construyendo. Me juzgo un poco, aunque siento una enorme curiosidad por entender este género, que es el que actualmente mueve la mitad del sector editorial. Pero ¿sabéis qué? Que me voy a meter de lleno en este género llamado sport romance. La literatura no siempre tiene que enseñarte algo, inspirarte o dejarte reflexionando. También puede servir simplemente para desconectar y volver a soñar como cuando eras adolescente.
Me encanta tener seguridad con la literatura. Haber llegado a este punto. Escapar del elitismo del Nobel y los premios (ahora ya me parecen clasistas y un poco casposos) y hacer lo que me da la gana.
La Iona de hace diez años no se lo creería.

