In between

Subrayar los libros

Esta semana he empezado a leer la novela Un incendio invisible de Sara Mesa. El libro llegó a mí por casualidad, mientras hojeaba en la biblioteca del barrio qué próxima historia podía llevarme a casa.

No llevaba ni 40 páginas cuando vi la palabra Lidl subrayada (sí, el supermercado). Esta situación me hizo mucha gracia porque pensé por qué debía de ser tan importante para la persona subrayar la palabra Lidl en un libro prestado. Hice una foto y lo compartí también en historias de Instagram, así que quizá os suena la historia. No le di más importancia y seguí con mi lectura, pero pronto empezaron a aparecer nuevas palabras subrayadas. Eran tantas que parecía casi como una señal para descifrar un mensaje alienígena, así que las empecé a anotar todas en una nota del móvil: Lidl, un botones, escueto, ensimismamiento

En ese momento tuve la intuición de que la persona subrayaba palabras cuyo significado desconocía. Aunque Lidl y un botones no me encajaban, las que vinieron después sí podían tener sentido. Alicatados… Institute for the Research of Urban Evolutions. Esta última delató a la persona. Luego seguía con mellas, alimañas… hasta que, pasadas las primeras 70 páginas, es como si hubiera recordado que el libro no era suyo y que no tenía que subrayar, porque, aunque la práctica continuó, era mucho más espaciada: una palabra cada 15 páginas, más o menos. Eso sí, hasta ahora no ha renunciado a las esquinas dobladas (no es algo que me moleste, al contrario que a mucha gente).

A partir de ahí empecé a pensar en los libros subrayados y en el poder que esconden. Es algo que yo también hago y que seguramente aprendí de mi madre. Supongo que deduje que la persona subrayaba palabras que no conocía porque mi madre hacía lo mismo. Cuando compartíamos lectura, a menudo me encontraba con palabras marcadas, y es más, tenía la costumbre de apuntar su significado en la misma página, en una esquina pequeña, en lápiz. Yo no soy tan analógica, pero también tengo la costumbre de subrayarlas (con rotulador de color claro, pastel; ahora hablaremos de eso) y apuntarlas en una nota del móvil.

Más allá de las palabras desconocidas, mi madre, aunque no tan a menudo, también subrayaba alguna frase concreta. Esto me ha pasado otras veces con libros de biblioteca, y siento como si estuviera leyendo el diario personal de alguien. Subrayar algo que te ha cautivado es un momento muy íntimo. Tanto, que hasta te sientes mal. Pero a la vez es bonito, porque es conocer a una persona desde una perspectiva totalmente distinta, sin necesidad de hablar, y siento que eso crea una conexión emocional inexplicable.

Recuerdo que cuando yo empecé a subrayar los libros lo hacía en lápiz, como mi madre, para mantener una especie de respeto hacia el libro. “Por si acaso” había que borrar. Pero recuerdo el día que decidí que podía romper con ese patrón y hacerlo a mi manera. Fue con el libro de Antología de poesía catalana que leíamos en segundo de bachillerato. Lo he buscado, pero soy muy desordenada y con tendencia a perder cosas (como en el caso de Dora Bruder).

Había un poema de Màrius Serra que me encantaba y que subrayé con todos los fosforitos más llamativos: verde chicle, amarillo… anotaba cosas en bolígrafo. En mi opinión, una buena cirugía literaria. Recuerdo que por aquella época tenía un amigo que yo creía muy intelectual. Ahora me doy cuenta de que era un heterobásico que solo hacía mansplaining, y me regañó por guixar los libros. Para mí, haberlo hecho ya había sido un acto de rebeldía (totalmente irracional, por supuesto), así que me enfadé y se abrió el debate. Si yo fuera escritora y supiera que un lector ha dejado el libro como yo lo he hecho, sería un verdadero honor. Eso es más respeto que dejarlo totalmente en blanco.

Así que sí, soy de las que usa rotuladores (aunque ahora solo tonos pastel), lápiz, bolígrafos y post-its. Y nunca dejo mis libros prestados, pero alguna vez que lo he hecho, reconozco que es divertido cuando alguien te manda la foto de una de tus anotaciones y piensas: ya ves, es un pedazo de mí.

Por lo tanto, muy a favor de los libros subrayados y de esa conexión que se establece con la persona, desde la distancia y desde el papel. Supongo que nunca sabré si la lectora de Sara Mesa subraó Lidl porque no era de aquí y no sabía qué supermercado era, o porque fue el escenario de una historia de amor.

Reseña de la semana: El aniversario, de Andrea Bajani

Desde su publicación en septiembre de 2025, tenía el libro de El aniversario de Andrea Bajani en la lista de pendientes. Su sinopsis me llamaba especialmente la atención: ¿tienen los hijos la obligación de mantener la relación con sus padres? El mensaje que se estaba vendiendo estaba más enfocado en la última etapa de la vida y planteaba el dilema moral de si es lícito tener hijos para que alguien te cuide cuando ya no seas autónomo. Supongo que, como es un tema que me toca de cerca, en el sentido de que es algo que alguna vez yo misma me he preguntado, me parecía interesante conocer el punto de vista que planteaba el autor.

Sin embargo, la lectura no se centra exclusivamente en esta obligación de cuidar a tus padres, tal y como yo esperaba, sino en, simplemente, romper el vínculo con ellos porque sí. Sin dar explicaciones. Igualmente, es una buena pregunta: ¿es necesario que pase algo fuerte para romper la relación con ellos, o simplemente puedes aceptar que no te caen bien y no querer mantenerlos en tu vida?

En El aniversario hay algo que el autor hace muy bien, y es que durante muchas páginas hace creer al lector que el protagonista, que ha decidido romper la relación, es un imbécil. Piensas que se pasa un poco decidiendo de un día para otro no volver a visitar a sus padres. No le encuentras justificación a esta decisión final, pero pronto descubrimos que hay algo más que lo ha llevado hasta aquí.

No es mi caso (que mi madre, que me lee cada semana, no se lo tome personal), pero sí que conozco amigas de mi círculo que han vivido una situación similar a la contada en la novela de Bajani. Sus padres no han tenido un problema personal con ellas mismas, pero sí que ciertas dinámicas, e incluso la relación entre los propios padres, generan un ambiente hostil e incómodo que, ya en la edad adulta, han visto que tienen el poder de decidir cómo gestionarlo. ¿Por qué celebrar juntos la cena de Nochebuena si no me siento cómoda y sé que pasaré semanas asfixiada? Al final, no siempre se trata de tomar decisiones radicales como el protagonista, pero sí de tener claro lo que uno necesita en cada momento y saber que puede elegir.

También, como hijo, se plantea la pregunta de hasta qué punto uno debe entrometerse en la relación de pareja. Saber que, quizá, verías a tu madre de forma distinta si estuviera sola, y que, como no te gusta esta versión minimizada y presenciar ciertas dinámicas tóxicas, sacrificas la relación en conjunto. De hecho, El aniversario critica mucho el patriarcado, un modelo de familia con un padre dominante, abusivo y controlador, y una madre sumisa y silenciada. Y, al final, quien termina castigada vuelve a ser la madre, quien no puede (o no sabe) mediar.

Un libro breve que narra una historia muy concentrada y que, a pesar de su sencillez, invita a la reflexión. Tengo que confesar que no había pensado en el título hasta ahora que estoy escribiendo la reseña, y supongo que este aniversario hace referencia a un nuevo episodio de liberación que empieza el protagonista.

También puede gustarte...