In between

Batalla generacional

Los millennials estamos a punto de caer

Ha pasado. Finalmente ha pasado lo que nunca hubiera pensado que pasaría. Los millennials estamos envejeciendo y este 2025 ha sido el año en que nos hemos dado cuenta, yo incluida.

Mi atención ha pasado del cuerpo a la cara. Te has visto mayor en el espejo. La piel que cae, la mirada más cansada. No te has visto bien en las fotos. Es difícil ver fotos de hace diez años, de la época universitaria, y comprobar cómo, a pesar de vestir y maquillarte peor, la cara adolescente lo compensaba (casi) todo. Es el año que menos fotos me he hecho. Y también el año en que he dejado atrás rutinas que llevaba toda la vida arrastrando. Algo tan simple como el eyeliner negro. Quizás porque tengo la sensación de que la mirada está más caída y ya no me favorece, o porque el negro ya es demasiado agresivo para mí. Cambiar tu forma de maquillarte diez años después. Wow.

Parecía tan lejano, algo imposible, pero la generación de los noventa somos los nuevos boomers, aquellos de los que nos reíamos tanto.

Esto me recuerda al hecho de que ninguna generación puede escapar a la mofa de las generaciones anteriores. Nosotros, los millennials, que nos veíamos intocables, desde hace años somos el blanco de la Gen Z: se ríen de nuestras pausas en los vídeos, de los bailes en las discotecas, del maquillaje de los early 2000. No pasa nada; a nosotros mismos también nos genera una enorme vergüenza ajena y creo que estamos bastante bien dotados de self-awareness.

Pero, al mismo tiempo, la Gen Z (1997–2012) ya empieza a ser el blanco de la Generación Alfa.

Es imposible escapar de este círculo. Cada generación se siente especial en su momento, pero esta tendencia a criticar a los de antes y a los de después parece algo implícito en el ser humano. Siempre ha sido así, y no solo con las generaciones. También en un micromundo como la escuela: tu curso siempre era el mejor. El más divertido, el más inteligente, el más notas, el más todo. Si eras mayor, te creías con derecho a sentirte —y ser— superior a los más pequeños; y si eras del curso menor, los mayores quizás te intimidaban, pero tu grupo era más auténtico.

Y no solo era un tema de edad. Todos hemos vivido una excursión escolar en autocar, llegar al destino y coincidir con otro grupo. Directamente aparecían miradas de ego, de superioridad, peinetas injustificadas. Porque tu grupo siempre será mejor de primeras y punto; el otro es el enemigo.

Nunca saldremos de este círculo. Es una batalla intelectual y social inocente, puramente de ego, aunque quizá haya una gran parte de identidad y pertenencia que lo hace todavía más difícil de romper. Mi grupo es el que tiene que sobrevivir: mi grupo, mi identidad, por lo tanto, el otro tiene que morir. No hay que tomárselo al pie de la letra pero es curioso ver como casi todo vuelve a los instintos primitivo.

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