El fin de semana pasado se celebró el Carnaval de Solsona. Con mi grupo de amigos de la escuela llevamos casi diez años asistiendo a esta cita anual. La excusa perfecta es que nuestro amigo Edu vive allí, en una gran casa rural donde cada año ha alojado a varias personas a la vez. Si bien es cierto que hace nueve años llegamos a ser hasta doce personas haciendo noche allí, con colchones tirados en el suelo, año tras año el plan se ha ido minimizando. El año pasado ya fue solo un sube y baja el mismo sábado para celebrar la calçotada tradicional. Ya no éramos tantos, pero al ser un plan de día se unieron los más pequeños que ya forman parte del grupo.
El año pasado, cuando volvía de la calçotada, recuerdo pensar: nunca sabes cuándo será la última vez que haces algo. Es una frase que me repito muy a menudo. En aquel momento me refería al hecho de que, después de tantos años celebrando el Carnaval, ahora se había reducido a una simple calçotada.
Lo que más me dolió fue no haber llegado nunca a les sopes. Os pongo en contexto: el Carnaval de Solsona es un evento épico donde, durante una semana entera, celebran el Carnaval como si fuera el fin del mundo. Es un no parar de fiesta. Parte de esta festividad es que a las ocho de la mañana sirven una sopa casera en la plaza principal. Los mayores se levantan y cocinan en una macro-olla para alimentar a los zombies que siguen despiertos a esa hora.
Durante casi diez años, el objetivo siempre había sido llegar a las prometidas sopas, pero teniendo en cuenta que empiezas la calçotada a las doce del mediodía, aguantar hasta las ocho de la mañana es todo un reto. Cada año era la misma historia: “¡Este año sí!”. Pero aguantar más de veinte horas de fiesta es una locura, incluso para un cuerpo de 23 años.
Las únicas excepciones han sido Edu —el susodicho que vive en Solsona y que la fiesta de su pueblo la vive diferente a los demás— y un año en que dos del grupo aguantaron por puro orgullo, porque necesitaban vivir la experiencia. Pero nadie más lo había conseguido.
Yo ya aceptaba que esto no sería posible y que, desde una posición muy dramática pero totalmente real, moriría sin haberlo vivido.
Pero este año, de forma improvisada, Judit, Ari y yo decidimos quedarnos la noche en Solsona y huir unas horas más de la ciudad. Víctor también se unió a última hora. Y había más sorpresas: Judit quería llegar sí o sí a les sopes. Y yo, si algo he aprendido de mí misma, es que soy muy bocas y que a menudo, cuando prometo algo en voz alta, no lo cumplo. Así que me dediqué a asentir y decir: bueno, si Judit está convencida… ¿por qué no?
Y así volví a pensar: me equivoqué el año pasado creyendo que era la última vez que haríamos noche en Solsona, porque aquí me hallo otra vez. Y menos aún esperaba que este fuera el año en que llegaríamos a les sopes.
Fue un tema de mentalidad total. Un “por mis ovarios”. Se tenía que llegar y punto. Y en estas situaciones mi mente rígida me juega buenas pasadas: como sabía que Judit es similar a mí en este aspecto, lo tuvimos claro desde el principio.
De hecho, justo al empezar la noche, mientras disfrutábamos de la rúa de gigantes, solté:
—¿Sabéis aquello que dicen de que lo importante no es la meta, sino el camino?
No había terminado de hablar cuando todos empezaron al unísono:
—¡Ya empezamos! ¡Se está rajando!
Y yo los interrumpí rápido:
—¡Que no! Justo lo contrario: hoy da igual el camino. Como si me quedo dormida en una esquina. Lo importante es la meta.
En un momento, pusimos un cronómetro hasta las famosas sopes: quedaban más de ocho horas, toda una jornada laboral. Y este se convertiría siempre en el punto de referencia de la noche. Solo pensaba que me había levantado a las siete de la mañana y que pasarían más de 24 horas sin dormir.

La realidad es que, de momento, la noche pasaba divertida. Nos refugiamos en el único local de Solsona. Yo iba con miedo porque siempre ponían música muy punky, pero para sorpresa de todos, la selección de reguetón hizo que las horas fueran mucho más amenas.
El problema empezó hacia las 3:30 o las 4:00. No podía más. Solo había bebido el vermut durante la calçotada y un par de copas de vino en la cena. No acostumbro a beber alcohol fuerte, pero sí que necesito distraerme con algo. Y aquella noche fue todavía más mágica porque las horas pasaban y era solo yo con el presente. Ni bebida, ni tabaco, ni nada. Solo presente, música y amigos.
Pero llegué a mi tope. Miré el cronómetro: todavía quedaban unas cinco o seis horas. Pensé: Iona, cuando trabajabas en una empresa, esto equivale a un viernes intensivo de trabajo. Muchos pensaréis: qué suplicio, tanta obligación por estar allí; tienes libre albedrío para marcharte e irte a dormir. Sí. Pero en este caso lo usé de forma algo masoquista, porque sabía que necesitaba llegar a les sopes. Es difícil de entender, pero después de casi diez años, y sabiendo que cada año eres mayor y que te irás alejando de este objetivo, era todo o nada. Víctor se quería ir, pero no sé cómo conseguí convencerlo de cambiar la mentalidad. Llados mentality.
Salía a dar vueltas por Solsona para que me diera el aire. A veces sonaba una canción que me pegaba un subidón tremendo, como cuando sonó Benvolgut de Manel y la última hora ya era una broma:
—¡Lo tenemos!
Edu nos miraba como si fuéramos unas aficionadas (lo éramos). Él, tan local, para quien llegar a les sopes es el pan de cada día.
Y así se encendieron las luces de La Fura a las 7:30 de la mañana. Fuimos a la Plaza Mayor. El sol ya había salido y empezó a sonar música. Una vista preciosa, la verdad. Se había formado una cola enorme. Parecía que no íbamos a tomar la sopa a las ocho, sino más bien a las nueve. Nadie quería celebrar nada hasta tener el plato en la mano. Y cuando por fin lo tuvimos, nos hicimos la peor foto de la historia (la de cabecera), la comimos con más lentitud de la que esperábamos y nos fuimos directos a casa.
No dormí absolutamente nada aquella “noche”. Llegamos a las nueve y dormí una hora hasta las doce. Estaba cansada, pero sin nada de resaca y con una sensación totalmente irracional de victoria.
A veces miro a la Iona joven y fiestera del pasado y pienso: menudas fiestas nos pegábamos. Y esta vez la miré y le dije: oye, ahora también hemos hecho algo épico.
Creo que hacía tiempo que no pasaba 26 horas despierta. Ese mismo día me fui a dormir a las 21:30 y no me desperté hasta las ocho de la mañana siguiente. Mi novio dice que nunca me había oído roncar como aquella noche.
Moralejas de esta salida:
- Nunca sabes cuál será la última vez que harás algo. Incluso cuando estás convencida de que lo es. Por ejemplo, ahora tengo claro que fue la única y la última vez que llegaré a les sopes. Pero quién sabe.
- A veces, solo a veces, hay que centrarse en el final y no solo en el camino, porque la sensación de haber conseguido algo —aunque para otros sea banal— pesa más que el sufrimiento puntual. El valor del recuerdo posterior es incluso más poderoso. El orgullo absurdo pero necesario.
- Tener un grupo de amigos sanos y divertidos es de las mejores cosas que te pueden pasar.
- Una buena canción te levante el ánimo en cualquier momento.
P.D.: La sopa estaba buena. Era pastosa, como me gusta, y me sentó de maravilla. Y como esta semana me he excedido con el relato, dejaré la reseña de Despedidas de Julian Barnes para la semana que viene.

