Crítica de DODORO de Kazuhiro Furuhashi.

 No sé si les pasará a muchos, pero suelo cometer un error grave, casi imperdonable, en el mundo manga/anime. Me cuesta horrores acercarme a la obra del gran Osamu Tekuza (El dios-padre del manga). Será por sus famosos ‘ojos grandes’ que luego caracterizarían a todo el género, o por su estética infantiloide a lo Disney, pero el caso es que el dibujo en sí me supone cierto obstáculo. 

A cambio soy consciente que me pierdo unas historias apasionantes, inolvidablemente humanas; crudas y tiernas al mismo tiempo, y tendré que resarcirme de un modo u otro. Todo esto me lo ha recordado la nueva serie lanzada este mismo año y aún en curso de Tekuza Productions, adaptando uno de los mejores relatos del maestro (se hizo también no hace tanto una floja película con actores de carne y hueso) y revistiéndolo de un aire más oscuro y profundo. 

 Mezcla de mitología y leyendas clásicas niponas (arañas con rostro de mujer, monjes guerreros ciegos, katanas poseídas, etc) con dramas bélicos familiares, maridando fantasía y tragedia, la trama se presenta sin duda apasionante. Un ronin que nació sin rostro, casi sin órganos ni extremidades debido a que su padre pactó con cuarenta y ocho Yokais (demonios semi humanos) entregar cuarenta y ocho partes del cuerpo de su primogénito a cambio de hacerse con el poder político del lugar. Éste habrá de ir, cargado de prótesis, recuperando sentidos y miembros a medida que avanza en las batallas que libra contra esos mismos demonios, siempre acompañado de un joven huérfano con historia y secretos también por descubrir.

Y clave en cualquier buena serie y marca de agua del estilo oriental: ir destapando el argumento poco a poco. ¿Por qué ceder al voraz consumismo y ofrecerlo todo ya y de cualquier manera? Mientras entretiene con las hipnóticas batallas, se va inoculando el veneno de las grandes historias. Es alucinante ver cómo Hyakkimaru va cobrando habla y sentidos, partiendo de un pozo oscuro tan insondable como sus inexpresivos ojos protésicos. 

Otra deliciosa clave: imaginación razonada. No es azaroso ni caótico, hasta el personaje más secundario tiene una historia sustanciosa marcada por las atrocidades de la guerra. 

En definitiva, aunque el personaje del pequeño huérfano inicialmente chirría algo, tanto en su dibujo contrastadamente infantil en homenaje al maestro Tekuza como en servir de vía de escape al drama y hermetismo del guerrero; acaba mejorando notablemente cuando se descubre su historia y secreto. La trama entera vuela en la alfombra de las grandes historias, tejida a base de hilos de dolor y nudos familiares. Todo con el color y olor a humanidad de las aventuras de siempre. Mil y una maravillas.


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