Crítica de "La Reina Cristina de Suecia" de Rouben Mamoulian.

Crítica de «La Reina Cristina de Suecia» de Rouben Mamoulian. Lección política para tiempos de pandemia

Los grandes temas de la humanidad son atemporales. Por eso, porque atinan en las inquietudes del ser humano como especie, es por lo que siempre parecen resultar actuales, aunque hayan sido dictados hace siglos. Esta vez nos remontaremos sólo hasta 1933 para dar fe que la frivolidad política y el poco respeto hacia la gestión pública como profesión son tan viejos como la sociedad misma

Los peligros del sentimentalismo hueco, de las patrias y banderitas para arropar a unos candidatos o para amordazar a otros con ellas antes de lanzarlos al arroyo. La necesidad de separar la esfera pública y privada… Año 1933 de la película insistimos, ¡sobre una biografía ‘real’ del siglo XVII!

Crítica de "La Reina Cristina de Suecia" de Rouben Mamoulian.

La trama de la película como tal funciona excepcionalmente porque desciende a lo concreto, baja de lo abstracto a las relaciones personales, logrando la empatía inmediata con el espectador. Si se hubiese limitado a la exposición biográfica de deberes políticos hubiera resultado soporífera, pero no es así en absoluto, sino que contiene los retales sentimentales de las grandes historias.

Vale que la propia regente en sí era carne de peliculón: reina a los seis años (las escenas de ver a un mico dominando la corte son muy potentes), ambigüedad sexual (vestimenta masculina, besos en la boca con cortesanas -recogido en un film de 1933, reiteramos-, voz grave, dominio de la montura y espada…), su negativa al matrimonio convencional y a concebir herederos, enorme cultura y conocimientos de arte… Su crucial conversión al catolicismo (dejó tanta huella en Roma -affair con cardenal incluido- que es una de las tres únicas mujeres enterradas en el Vaticano) y su abdicación y exilio por contraposición al protestantismo sueco que imperaba (la película se autoconcede la licencia de sustituir el conflicto religioso por un romance ‘latino’. Como Alfredo Landa, pero al revés) …, en fin, todo magro.

Representar a semejante personaje fue un guante recogido por una Greta Garbo en un papel que parecía hecho a su medida por un sastre de la corte. Suecas, revolucionarias y ambiguas ambas, no podía haberse elegido otra para encarnar a su ‘glaciosa’ majestad nórdica. Fría en su mirada, airada en las maneras y eterna en su porte, sólo flaquea tímidamente en las escenas románticas, y eso que para la cointerpretación obligó a los estudios a dar el papel a su affaire de entonces, la estrella en decadencia del cine mudo (sound killed the movie star) junto con Rodolfo Valentino: John Gilbert, caracterizado aquí como spanish bombero torero, y que junto con su cuadrilla nos deja culturalmente más bien para los restos (por lo visto debieron documentarse en algunas elecciones madrileñas o algo).

La secuencia encarando sin escolta al pueblo enardecido con antorchas es una de las demostraciones de personalidad y carácter más potentes de todo el séptimo arte. Además, el plano final fue célebre porque la Garbo preguntó al director de qué debía poner cara para la imagen final. La contestación fue: ‘pon cara de nada’… Y fue lo que hizo: la esfinge’ Garbo puso cara de nada… y ‘La divina’ logró poner cara de todo.

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