In between

Adrenalina

Este miércoles pasé el día en PortAventura con mi hermano. Un plan que, así de primeras, solo puedes permitirte si eres autónoma o funcionaria, como era nuestro caso. Tenía mucha curiosidad por saber cómo lo pasaría ese día, ya que de niña fui muy fan de los parques de atracciones y los frecuenté muchísimo. Recuerdo subirme a una montaña rusa diez veces seguidas y sentirme igual de bien; incluso de más mayor (hablo de 2017-2019, que debieron de ser las últimas veces) también me lo pasaba genial. Desde entonces, la idea de volver a un parque de atracciones no me llamaba demasiado la atención. Pensé que era una etapa que ya había pasado y que fue emocionante mientras duró. Así que, la verdad, afrontaba aquel día en PortAventura como si de un experimento se tratara.

Primero, cabe decir que no había absolutamente nadie y que no hicimos colas en ningún momento; también que la mitad de las cosas estaban cerradas. Pero si en un día vacío, de 10:00 a 18:00, fuimos «justos» de tiempo, ya puedo imaginarme por qué últimamente PortAventura tiene tan mala fama con el tema de las colas y lo poco que la gente puede disfrutar de las atracciones.

En fin, desde la primera montaña rusa a la que subí ya noté un mareo inesperado, porque nunca me había pasado. Pensé que era normal después de tanto tiempo… pero la realidad es que ya no se marchó en ningún momento. Ya podía subirme a cualquier cosa tranquila que me mareaba de una forma realmente intensa. Y como tampoco quería estropear el día, decía que sí a todo y me seguía subiendo a todas las atracciones…

Otro hecho curioso: en un primer momento no quise subirme a la caída libre, cuando nunca había sentido miedo por una atracción. Me di cuenta de lo «conscientes» que nos volvemos a medida que nos hacemos mayores: analizamos los riesgos, nos da miedo la incertidumbre… Y sí, durante la mañana me negué a subir. Luego me animé, y suerte que lo hice, porque fue la única atracción en la que no me mareé y en la que realmente disfruté de la adrenalina.

Y hablando de miedo… Como era Halloween, había un par de pasajes de terror en los que decidimos entrar. Lo bueno de que no hubiera nadie aquel día es que pudimos experimentarlos totalmente solos. Y ves, ese tipo de miedo lo afronto de una forma totalmente distinta: porque, a pesar de que sabes que te van a asustar, mi mente siempre sabe que es una actuación y que no voy a salir herida de allí. En cambio, en una atracción nunca puedes saber qué problemas técnicos puede haber. En un túnel, si te pasa algo, siempre puedes ponerte a gritar o pedir ayuda. Precisamente es un miedo que disfrutas experimentando porque sabes que es seguro. Y del miedo pasas a la diversión rápidamente. Sin duda, fueron las experiencias que más disfrutamos. Y fue un privilegio poder hacerlas completamente solos.

Aunque parezca que no lo disfruté, fue todo lo contrario: fue un día muy bonito para desconectar del trabajo y estar con mi hermano. Una vez dieron las seis, cuando cerraban todo, a mí todavía me daba vueltas todo. El trayecto en coche fue terrible y allí sí que casi vomité. Incluso al llegar a Barcelona tuve que tomar una Biodramina y, aunque me alivió bastante, el mareo me duró hasta el día siguiente.

Fue entonces cuando empecé a preguntarme qué había pasado. ¿Cómo podía ser que algo que siempre había disfrutado tanto ahora me provocara semejante reacción? ¿Era simplemente la edad? ¿Una consecuencia más de hacerse mayor? ¿O podía tener algo que ver con el tumor cerebral y la operación a la que me sometí hace cinco años?

Esta es una pregunta que me surge habitualmente cuando noto diferencias en mí respecto a años atrás. Por ejemplo, ¿mi capacidad de atención ha disminuido debido al tumor o simplemente por haber visto muchos TikToks? En este caso, tengo que decir que es la primera opción y que está respaldada médicamente, pero es inevitable que me surjan estas dudas.

Con los mareos, pues, parece que también podría haber una explicación detrás y, la verdad, al leerla todo cobraba sentido. Resulta que las secuelas visuales y espaciales que me dejó la intervención podrían influir también en cómo mi cerebro procesa e integra la información relacionada con el movimiento. Por explicarlo de forma sencilla, nuestro equilibrio depende de que el cerebro combine correctamente lo que vemos con las señales que recibe del oído interno y del resto del cuerpo. Si esa integración se ha visto alterada, es posible que determinados movimientos y estímulos visuales me resulten ahora mucho más difíciles de tolerar. Y, claro, pasar un día entero encadenando montañas rusas es una forma bastante extrema de poner a prueba ese sistema. No es una conclusión médica confirmada, ni mucho menos, pero sí una hipótesis que me parece interesante.

En resumen, no creo que vuelva a un parque de atracciones. Es una etapa que decidí cerrar con pena y nostalgia inmediata el pasado miércoles, ya sea debido a las secuelas de la operación o simplemente porque me he hecho mayor.

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