Buenas tardes,
Voy a seguir con algunas historias de Japón, aunque la de hoy no es exactamente una experiencia, sino más bien una reflexión. Algunos sabréis que era mi tercera vez en tierras niponas y, sin duda, las experiencias han sido de lo más distintas entre ellas. Es inevitable compararlas y ver cómo tú has crecido y avanzado en esta vida. Así que quiero dedicar esta publicación a expresar estas diferencias.
La primera vez fue en 2015 y visité Japón en invierno. Tenía poco tiempo y muy poco dinero. Lo económico en Japón no es importante porque quien ha estado sabe que se puede comer y dormir por muy poco. Pero, sin duda, lo que más me impactó fue el choque cultural, algo que relaté en mi diario de viaje. Me sorprendió la cantidad de gente que había pero, a la vez, cómo todo era tan silencioso y respetuoso. Muchas luces, muchas personas, pero no sentía una sobreestimulación. También me sorprendió que era la única extranjera: en 2015 no era un destino muy popular y viajar en invierno tampoco lo era, pero, aun así, me impactó ser la única turista entre tanta gente.
Tuve una experiencia puramente cultural, con un presupuesto de 15 euros al día para dormir en un hostal con seis personas y comer por 5 euros al día. Japón era la primera parada de mi año sabático, en el que visité muchos países, y no podía ser de otra manera. Pero gracias a la comida callejera y a los 7-Eleven, una podía vivir perfectamente en Japón. Incluso permitirse algo de comida callejera. Fue una experiencia bonita, pero incluso presenciar una ceremonia del té que valía 1.000 yenes no entraba en mis planes, y unos amigos que hice allí me invitaron. Ahora que lo veo en perspectiva me da risa. Sobre todo porque pienso que Japón es un país en el que, si vas, no puedes pensar en el dinero. Pero bueno, como también estaba en un modo más espiritual, no sentí la necesidad de adentrarme en el consumismo de una ciudad como Tokio y me refugié por las calles de Kioto y Nara.
Cuando volví en 2024, fue un momento totalmente distinto en mi vida. Viajaba con Julià, mi pareja, con la que llevaba poco más de un año. Él también ya había estado, así que tampoco partía de cero. Fue un viaje en el que, sin duda, pude conocer el Japón que casi diez años atrás no pude: las grúas, los centros comerciales, el tuning y muchas más cosas que sola, en su momento, no pude conocer. Me encanta estar sola, pero no le veía el sentido a pasar la tarde intentando sacar peluches sola de las grúas; es más divertido si estás acompañada. En este segundo viaje ya podía permitirme muchas más cosas con mi sueldo de asalariada: dormir en un hotel con mi pareja, comer en sitios normales, jugar a lo que nos diera la gana, alquilar un coche. Fue un viaje mucho más completo que no solo nos permitió conocer mejor Japón, sino también a nosotros. También era la primera vez que pasábamos tanto tiempo juntos. Fueron quince días magníficos y, aunque el choque cultural ya no lo tuve (lo recordaba exactamente igual), lo que vi y experimenté aquel año fue tan diferente que fue como si visitara el país por primera vez. Cuando nos fuimos de Japón dijimos algo tipo: bueno, yo creo que en unos cinco años volveremos. Y solo hicieron falta dos para hacerlo.
Y, finalmente, este 2026 sí que ha sido una experiencia radicalmente distinta a las dos anteriores. Nuestra condición era ir a Japón sin ningún tipo de límite. Si bien es cierto que, evidentemente, en 2024 me pude permitir muchas más cosas, soy de mentalidad más austera y me cuesta comprar cosas. Pero luego me arrepentí. Este año teníamos el dinero y nos podíamos permitir vivir quince días en Japón como nos diera la gana. Ha sido un año muy loco. Si bien la parte rural que hicimos al principio a mí me ayudó a conectar con esta tranquilidad, estar en plena naturaleza y solo dedicarme a andar, respirar y visitar tiendas con tazas artesanales, Tokio ha sido un despilfarro de todo. Y qué bien nos lo hemos pasado.
Viajar sin pensar en el dinero es un auténtico lujo. Imagínate vivir así cada día. Quizás está sonando como si nos hubiéramos alojado en un hotel de cinco estrellas y hubiéramos comido wagyu cada noche; no es el caso, pero me refiero a que, si quise comprarme diez prendas de vestir en Uniqlo que en Barcelona me salen por 300 euros y en Japón por 100 euros, pues adelante.
Pero sí que, para mí, la cúspide de la comparación, sobre todo respecto a mi primer viaje, fue que la última noche nos quisimos dar el regalo de cenar en el Hyatt, el hotel famoso por ser escenario de Lost in Translation, una película que a ambos nos encanta (aunque ha envejecido mal). Poder cenar en la planta de arriba, en el mismo restaurante que aparece en la película y con vistas a la ciudad, incluso sintiéndonos algo impostores, es algo que hace que eche la vista atrás y piense: tú, hace literalmente diez años, calculando la conversión de yenes a euros para ver a cuánto te salían los noodles del supermercado o la hamburguesa del McDonald’s. No es mi intención que esto suene a una publicación de LinkedIn de «mirad hasta dónde he llegado». Para nada, fue un capricho y ya está. Pero en estos momentos también ves quiénes son los verdaderos ricos: familias de cuatro que se alojan en el Hyatt y cenan en el restaurante cada noche como algo habitual, incluso con un niño de dos años que sería feliz con unos macarrones con tomate.

Como último apunte, cabe decir que en 2015 no tenía Internet, nada de nada, y no existían ni las historias de Instagram. Esto, quieras o no, también cambia mucho la experiencia. Y hace que todo sea más lento: si ya es difícil ubicarte en una estación enorme como Shinjuku, imagínate cuando no tenías Internet las 24 horas. Incluso al andar por la calle: no podía seguir como tal un Google Maps. Lo pienso ahora y, la verdad, no sé cómo lo hacía.
El tema de Instagram me da un poco de pena, no por el hecho de no haber enseñado al mundo mi vida, sino porque no tengo casi nada como recuerdo de este primer viaje, ya que soy lo peor para las fotos.
En fin, curioso cómo va cambiando la vida, cómo podemos avanzar y cómo hace diez años tenía mi libreta para apuntar los gastos diarios y tenía que encontrar la habitación compartida más económica, y ahora una vuelve al mismo sitio siendo una persona ¿distinta? ¿Igual pero más avanzada? No sé cómo llamarlo. A veces me pongo nostálgica y me imagino a la Iona de hace diez años, diciendo que no a un café de 1.000 yenes, y ahora la visito y le digo: «¿Sabes qué? Vas a volver más veces y vas a poder hacer lo que quieras».
