In between

Perdida en Karuizawa

Ya estoy de vuelta por aquí. Una semana más tarde de lo prometido pero  fue llegar a Barcelona el día 5 y ponerme enferma. Además, durante mis días fuera tuve problemas con la web y me la cerraron, y no pude gestionarlo hasta el lunes. 

Como dije, he vuelto de Japón (tercera vez, ya) con nuevas historias y reflexiones. Como todavía estoy algo espesa y volviendo a la rutina poco a poco, hoy contaré una anécdota breve. Este año, hicimos nueve días en la zona rural de Japón. Alquilamos un coche y nos adentramos a las zonas más naturales. 

Los quince días antes de marchar, fueron horribles a nivel de trabajo: eran mis primeras vacaciones largas como autónoma y tenía que dejar muchas cosas hechas. Mi miedo era que una vez llegara a Japaón y bajara las revoluciones, mi cuerpo aprovechara para ponerse enfermo, algo que en general pasa a menudo. Enfermar de vacaciones es mi peor pesadilla. Incluso los días antes hacía meditaciones de manifestación para mantenerme sana y, también, que nos hiciera buen tiempo. Ambas cosas se cumplieron. Pero claro, me olvidé de añadir a mi pareja en estas manifestaciones, y fue él el que cayó enfermo. Por suerte mal, mal, solo fue un día que incluso fuimos al hospital para que le receptaran antibióticos, pero la recuperación fue muy rápida y no perdimos mucho el tiempo. Fuimos a un pequeño hospital especializado en resfriados (se ve que es bastante habitual este tipo de hospitales) en una ciudad muy random llamada Nakatsugawa. Creo que hemos sido los únicos turistas de la década en esta ciudad; incluso nos pararon por la calle para hacerse fotos con nosotros. La visita al hospital fue si más nada curiosa y toda una experiencia local. Gracias, por supuesto, a Internet que nos pudimos comunicar, rellenar los formularios correctamente e ir siguiendo la conversación a tiempo real con la aplicación de Google Translate y el modo cara a cara

Después de obtener la medicación, nos trasladamos hasta Karuizawa para pasar el día y dormir. Llegamos al mediodía y Julià dijo que quería tumbarse media hora. Yo lo veía, bastante enfermo y después de haber aguantado conducir tres horas, y sabía perfectamente que no sería media hora. Me quedé en la habitación un par de horas con él mirando una serie mientras él dormía pero hacia las seis lo dejé durmiendo y me fui a dar una vuelta por la nueva ciudad. 

Cabe decir que nos encontrábamos en una zona bastante aislada de la ciudad, en el sentido que tenías que atravesar un pequeño bosque para llegar a las calles principales. Estas estaban a unos veinte minutos andando. 

Llegué al centro (la llamada Ginza Street) y me entrestició ver que era demasiado tarde y que casi todo estaba cerrado; la verdad es que aquella ciudad me recordó un poco a Andorra y a la Roca Village, lleno de tiendas de marca tipo outlets pero a la vez comercios locales, y todo esto en plena naturaleza. Cuando vi que poco podía hacer, decidí volver al hotel porque ya eran pasadas las siete y estaba oscureciendo. Y vi que no tenía Internet (iba con una eSIM con Internet ilimitado), pero es como si la ciudad no tuviera cobertura. Los que me conocéis, sabéis de mis graves problemas de orientación y no sabía ni por dónde empezar. Por suerte, sí que recordaba haber recorrida toda la calle principal pero después empezaba la zona del bosque y allí es donde tendría problemas. Pero pensé que lo del Internet sería algo temporal y que recuperaría la cobertura pronto. Pero cuando empezó la zona del bosque seguía sin Internet y sin idea de donde ir. Y si hay algo muy habitual en Japón, es que de noche NO HAY LUZ: no invierten en farolas o luces, y a menudo me he encontrado estos días usando la linterna del móvil para ver el suelo. Tenía el nombre del hotel pero estaba completamente perdida. 

Como estaba en Japón, un lugar muy seguro, no sentía miedo de que apareciera alguien, sino que el miedo simplemente era estar perdida. Es una sensación curiosa porque conviven varias emociones: el miedo pero también la felicidad de sentirte segura a pesar de estar perdida, y de estar en plena naturaleza, pasar un poco de frío en pleno verano y sentir el aire limpio por dentro. 

Pero lo dicho: cómo hubiera cambiado la experiencia si en vez de estar a Japón estucviera en otro país o en la propia España. 

En el pasado, ya me había pasado: por ejemplo en Albania, que también os conté la historia en esta publicación. En estas situaciones, no me bloqueo sino que pienso que tarde o temprano llegaré a casa de alguna forma. Fue de repente cuando visualicé una pareja de japoneses andando por el bosque oscuro y no lo dudé: les pedí ayuda como pude porque no hablaban inglés pero el ser humano siempre termina encontrando una manera de entenderse, aunque sea con señales primitivas. 

La pareja me adoptó y, al principio, intentaron darme indidaciones para llegar al hotel pero con total confianza les dije que yo este tipo de instrucciones no las sé recordar ni seguir bien, así que tan simpáticos ellos decidieron acompañarme al hotel mientras manteníamos una conversación a base de palabras básicas: Barça, Barcelona, ramen, omu-rice, boyfriend sick.

Finalmente llegamos al hotel en total oscuridad. Nos despedimos con calidez después de haber compartido veinte minutos de trayecto y sin haber intercambiado nombres. Es curioso cómo el ser humano puede llegar a conectar sin intercambiar palabras ni entenderse a nivel léxico. Y sobre todo, cómo de fácil le resulta encontrar salvación en el otro cuando lo necesita.

Lo que también fue curioso es que después, volví a salir del hotel, ahora ya con Julià que se encontraba mejor, para cenar y sí tuve cobertura. Es como si el Universo me hubiera puesto a prueba en aquel momento, creando un paréntesis, y como si mi destino era conocer aquella pareja de japoneses por algún motivo.

El día siguiente nos fuimos temprano de Karuizawa porque era más que nada una parada técnica, así que no pudimos visitarla mucho, aunque justo al llegar el día anterior, pude tomar el mejor café de especialidad que jamás he tomado (del tipo geisha). Así que bueno, quizás algún día volveremos. No pudimos visitar la ciudad pero al menos a Julià le sirvieron las tres horas de siesta y los antibióticos para recuperarse completamente. 

La semana que viene seguiremos con anécdotas de Japón. 

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