In between

Un día Mindfulness

Cuando decimos que hemos vivido una experiencia radical, solemos imaginar que ha pasado algo increíble estando de after o durante un viaje lejos de nuestra ciudad. Pero… ¿qué hay más radical hoy en día que pasar un día totalmente aislado del mundo y con el móvil modo avión?

Ya había contado por aquí que estoy haciendo un MBSR en el Instituto EsMindfulness. Este sábado 6, a dos clases de finalizar el curso, tocaba el día de práctica intensiva: toda una jornada aislada del mundo, sin móvil, en silencio y meditando.

Reconozco que, los días previos, dudé en poner alguna excusa para no ir. Por un lado, me entró el FOMO por una fiesta para la que tenía entradas. Por otro, me preocupaba no saber cómo se desarrollaría el día, porque no teníamos demasiada información. Más que nada, como persona nerviosa e inquieta que soy, pensaba: ¿podré ir al baño en algún momento? ¿Y si me agobio?

Sé que en otra ocasión esta incertidumbre habría sido suficiente para no ir. De hecho, uno de esos días me desperté a las cinco de la mañana nerviosa por la situación y me puse a darle vueltas a si el sábado sería mejor no tomar café antes de ir. Estuve así unas horas de madrugada, anticipando escenarios absurdos y muy míos. Pero esta vez intenté no dejarme arrastrar por esa anticipación y me abrí a la posibilidad de no tener el control.

La jornada se hacía en el Monasterio de Santa María de Valldonzella, justo delante del CosmoCaixa, y se había reservado todo el espacio solo para nuestro grupo. Una preciosidad de sitio, aislado del ruido de Barcelona.

No quiero explicar lo que hicimos hora por hora, pero sí compartir algunas reflexiones sobre cómo viví la experiencia. Durante ocho horas estuvimos prácticamente todo el rato meditando. De hecho, hicimos un total de siete meditaciones. Algo importante es que también había un pacto de silencio: no solo con el grupo, sino contigo misma. Y esto último es lo más difícil. Intentar no mantener una conversación constante contigo misma es mucho más complicado que no hablar con el resto de personas.

Uno de los compromisos del curso es hacer una meditación diaria de 45 minutos. Yo lo cumplo, pero a día de hoy todavía me resulta difícil estar 45 minutos sin desconectar algunas veces. Por eso me parece aún más increíble que fuera precisamente en esta jornada cuando más presente conseguí estar.

La primera meditación fue como siempre: te vas un poco, no estás del todo conectada. Pero, al estar ocho horas meditando, el cuerpo entra de forma casi automática en un estado nuevo, uno que yo no había experimentado antes. Poco a poco, ya no eres tú quien tiene que luchar para que los pensamientos se vayan, sino que ellos mismos empiezan a alejarse.

Y creo que esta fue la clave de que la jornada no se me hiciera ni corta ni larga. Me olvidé totalmente del tiempo y de su percepción. Entré en un estado mental tan diferente al habitual que, simplemente, estaba viviendo el momento.

Perder el control del tiempo también es uno de los retos más evidentes. Al principio podía escuchar un campanario a lo lejos marcando las primeras horas de la mañana. Después, ese sonido se fue alejando solo, como si dejara de escucharlo porque mi filtro ya estaba en otro lugar.

Luego está el tema de la respiración. Recuerdo muchísimo las primeras semanas, cuando me daba cuenta de que no sabía respirar. Y ahora lo hago de una forma mucho más natural, profunda y lenta. En un día como este, además, podía notar cada inhalación y cada exhalación como si fueran algo mágico.

Y, sin duda, la otra gran reflexión del día fue la importancia del espacio y de la energía. No es lo mismo meditar en tu dormitorio que, por ejemplo, dentro de una iglesia. La energía es, simplemente, diferente. Más llena, más sabia, más poderosa. Una atmósfera que invita a la meditación y te acompaña generosamente en el proceso. A saber cuántas almas estaban compartiendo el mismo espacio que contigo.

Para mí fue un día increíble y totalmente distinto a los que suelo tener. Escapar del tiempo y estar en silencio, tanto verbal como mentalmente, son estados que solo puedes alcanzar con prácticas como la meditación.

Al terminar, decidí bajar caminando desde el CosmoCaixa hasta mi casa. Hora y media. Sin música, siguiendo con el mindfulness y observando cómo cambian las calles y la gente a medida que cambias de barrio. Empiezas en la parte alta de Barcelona, todavía rodeada de silencio, naturaleza y espacio, y poco a poco vas llegando al caos, al ruido, a la suciedad y a las masas del centro. Y todavía más abajo.

Como todo el camino era de bajada, tampoco había necesidad de recuperar de golpe el hábito del móvil. Solo seguir caminando. Ir tirando. Hasta llegar.

Realmente, cuando alguien descubre algo que le apasiona y que le hace bien, y dice que no puede vivir sin ello, ahora lo entiendo un poco más. A mí antes me costaba comprender esa relación incondicional que algunas personas tienen con el buceo, el yoga o cualquier otra práctica. Pero yo, de verdad, ya no podría estar más de dos días seguidos sin meditar.

También puede gustarte...