In between

Mismo trayecto, diferente persona.

El otro día vi un TikTok de alguien de Madrid que se quejaba, de broma, de la tendencia que tenemos la gente de Barcelona a ir andando a todos los sitios. Eso de decir: “está aquí al lado” y luego proceder a caminar treinta minutos. Se ve que en Madrid son de otra pasta y que está mucho más normalizado coger un Uber para hacer estos trayectos.

No sé vosotros, pero yo sí que soy así. Voy andando a cualquier sitio. ¿Es una hora? Adelante. Evidentemente, con excepciones y dependiendo de si voy muy apurada, pero me encanta andar. Hay trayectos que odio y que me veo obligada a hacer a diario, como el que une mi casa y el gimnasio: veinte minutos entre calles cortadas, estrechas, rotondas y vacías de edificios y cualquier arte escénico. Pero hay otros que, aunque los haga cada semana, siempre me aportan algo. Siempre descubro una tienda, una fachada, una ventana, una persona, una cosa que no había visto antes.

El otro día me preguntaba: ¿cuál debe de ser el trayecto que he hecho más veces en mi vida?

Y, sin duda, hay uno muy concreto que se mueve por la zona Arc de Triomf – Urquinaona.

Durante mis años de escuela hacía este recorrido a diario. También para ir a las extraescolares. Después, durante años, dejé de frecuentar la zona, pero de algún modo siempre volvía. Y ahora, ya sea por proximidad o porque por casualidad tengo que hacerlo —para ir al dermatólogo, por ejemplo—, vuelvo a pasar por allí y todavía me acuerdo de qué negocios se mantienen desde hace veinte años, cuáles han cerrado, cuáles han cambiado de nombre, cuáles simplemente han desaparecido de mi memoria.

Curiosamente, frente a tantos Vivari y 365, la panadería donde iba con mi abuela a merendar antes de llegar a la academia de inglés sigue abierta. Y todavía me acuerdo de lo que siempre me pedía: un croissant con las puntas de chocolate blanco. Y un bocadillo que mi abuela, aparte, me obligaba a comer. Ese lo traía ella de casa. También persiste una zapatería llamada Eivissa, donde la misma abuela me compró las míticas Buffalo, que ahora las veo y me da un infarto de lo feas que son, pero eran la moda de los 2000 y no pienso pedir perdón por haberlas querido.

Siguiendo por la calle Trafalgar, no existían muchas de las tiendas que hay ahora de ropa local, ni los restaurantes exóticos, ni los sitios de brunch, ni los famosos bubble tea que ahora inundan esta calle y la ronda Sant Pere. Tampoco estaban el Vivari, ni el 365, ni las floristerías modernas que encuentras ahora. Lo que sí existía ya eran todos los locales chinos de ropa al engròs. Por entonces yo no entendía qué quería decir esta palabra, hasta que un día entré, quise comprar algo y me dijeron que solo vendían en grandes cantidades.

La calle Trafalgar terminaba en el International House, donde estuve años estudiando inglés y que he visto abrir y cerrar. Durante años, el enorme edificio estuvo cerrado, abandonado y pintado, hasta que, para mi sorpresa, volví a pasar el otro día y había renacido. Supongo que no me fijé en la transición de local abandonado a local renovado, pero fue una enorme sorpresa para mí ver que la academia volvía a funcionar. 

He de decir que, igual que en muchas calles de Barcelona que he transitado centenares de veces veo un cambio radical y una esencia totalmente perdida, la calle Trafalgar, pienso que todavía mantiene algo de lo que fue. Sigue siendo, de alguna manera, ese Chinatown de Barcelona que empezó a nacer cuando yo estaba en la escuela.

Cuando paso por allí, no me da pereza hacerlo. Revivo mis años de secundaria. Recuerdo volver del International House a las nueve de la noche, llegar al Arc de Triomf escuchando mi MP3, sentir que ese trayecto era mío, fantaseando con alguna canción y un amor inventado.

¿Ves? El  Arco sí que es una zona que, para mí, se ha convertido en otro planeta.

Antes hacía vida por allí y lo sentía tranquilo. Ahora no hay un día que no me pare un turista para pedirme una foto —muchas veces reconozco que no los he visto y paso de largo—, que tenga que esquivar a un señor haciendo burbujas de jabón, que me impregne de los sonidos de flautas y saxofones de gente que solo sabe tocar las mismas tres canciones, que evite al señor de la cámara analógica que quiere cobrarte cinco euros por una foto quemada, o que tenga que moverme unos metros para no estropear una foto. Esto último, en verdad, no lo hago.

Por la noche sigue siendo agradable, pero durante el día es una atracción de Feria. Porque en este caso sí que me cuesta conectar con lo que el sitio fue una vez. O, al menos, con lo que significó para mí en mi vida.

Y supongo que de eso va un poco todo esto. De cómo hay trayectos que hacemos tantas veces que dejan de ser trayectos y se convierten en una especie de archivo personal. ¿Cuál es ese trayecto que todavía hacéis y con el que sentís que viajáis en el tiempo?

Y, para terminar, una nota adicional que se va un poco del tema, pero no del todo. Igual que hay trayectos que haces muchas veces, a veces se dan casualidades en sitios a los que nunca has ido. ¿No os ha pasado que alguna vez tenéis que ir, no sé, a una tienda en un barrio y una calle concreta por la que nunca habéis pasado, y de repente, durante los próximos días, por motivos totalmente independientes, volvéis a esa misma zona?

A mí me explota la cabeza cuando esto pasa. La sensación que tienes cuando vuelves a la misma calle unos días después es como si la vida tuviera una misión especial para ti que no has resuelto y te volviera a poner a prueba para que la completes.

No sé si me he explicado bien con esta última parte pero estoy segura de que entendéis lo que quiero decir. El mundo no es tan grande. Y menos la ciudad.

P.D. El otro día leí que los estudiantes están eliminando los guiones de sus escritos porque delatan que los han pasado por el Chat GPT. Yo siempre los he usado (como he hecho en este escrito) y sería vergonzoso y ridículo dejar que la IA escribiera algo tan personal. Sí que lo uso a diario para revisar faltas, en vez del mítico corrector de Word, pero si llegamos al punto de que utilizamos la inteligencia artificial para escritos íntimos, apaga y vámonos.

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