Desde que soy adolescente siempre he tenido una mentalidad emprendedora. Esto es así. La idea de ir por mi cuenta y ser mi propio límite (perdonad esta expresión que parece muy de crypto bro) siempre me ha atraído. Pero nunca ha sido una cuestión de ambición, de dinero o de querer dejar mi huella en el mundo. Siempre ha tenido que ver con la libertad.
De hecho, este año, cuando empecé con una nueva psicóloga, lo primero que me preguntó fue: “Para ti, ¿qué es aquello innegociable?”. Y yo, sin dudarlo, dije: la libertad. Para mí, ser autónoma y llevar la vida que llevo ahora no tiene precio.
Un día os hablaré de este proceso, ya que también se lo debo a este blog que lleva diez años viéndome reseñar libros, pero hoy quiero compartir mis negocios fallidos: ideas que tuve y que nunca puse en marcha o que, si lo hice, abandoné por el camino. Porque aunque ahora mi proyecto vaya genial, os aseguro que antes de este tuve muchos pájaros en la cabeza y varias ideas.
Lo primero que recuerdo es haber empezado con un blog de arquitectura. Me iba a la biblioteca del Fort Pienc, que está especializada en este ámbito, y buscaba edificios que me gustaran para reseñarlos, crearles una ficha técnica o compartir información del autor. Fue mi primer blog, que a día de hoy me encantaría recuperar, pero no recuerdo en absoluto cómo se llamaba. Sé que hablé del Hotel Les Cols y de algún edificio de Calatrava.
Pero me di cuenta de que la motivación no era la arquitectura (en realidad no me interesaba en absoluto), sino el ritual de ir a la biblioteca en silencio, estar sola y estudiar algún tema mientras me dedicaba una tarde entera para mí. Podemos decir que este fue mi primer proyecto más allá de lo personal, aunque duró poco.
Siguiendo la pista de los blogs, cuando vivía en Holanda abrí uno más profesional sobre economía cultural. También lo he perdido. Y abandonado. Fue un refugio para mí durante los fines de semana en Rotterdam, donde sentía que no veía más allá de mí si no era una persona productiva. Así me sentía entonces, y por suerte esta mentalidad ha cambiado. Soy capaz de relajarme más ahora que trabajo más que nunca, que hace unos años. En este punto os recomiendo mi reseña de Vita Contemplativa.
Tuve más blogs durante los siguientes años, con una ambición profesional (que ya ni hace falta mencionar), pero es curioso que este, precisamente —que abrí como algo personal y sobre un tema que realmente me interesa— siga vivo a día de hoy.
Moraleja: sin motivación es imposible seguir adelante, aunque tengas el plan más detallado y perfecto. Sin interés no hay avance. No hay más. Es el principal motivo por el cual se abandonan la mayoría de proyectos.
Más allá de los blogs, que puede parecer un proyecto poco serio, durante un tiempo me planteé seriamente crear unas cajas literarias mensuales, tipo Bookish, pero solo en catalán. Esta idea siguió adelante durante bastante tiempo. Incluso me apunté a Barcelona Activa para saber cuáles seran los pasos a seguir y abrí un Instagram que llegó a conseguir más de 4.000 seguidores. Pero, de nuevo, abandoné.
En este caso ya estaba cerca de los libros, pero el proyecto implicaba a muchos terceros, requería saber de números, logística… y eso me alejó de la idea.
Algo parecido me pasó cuando me iluminé y decidí que en Barcelona faltaba un club de la crisis de los 25 (que seguramente debí de sufrir, aunque ahora no lo recuerde). La idea era un club social al que pagabas una pequeña mensualidad y que te daba acceso a espacios comunitarios y servicios profesionales. Lo que viene siendo un club social de toda la vida, vaya, pero en una modalidad más accesible y enfocada a lo cultural, no tanto a una posición social.
Es decir: básicamente, un centro cívico (pero en aquel momento no lo veía).
Mi intención era que cubriera un nicho muy concreto: gente de entre 25 y 30 años que se sentía un poco perdida. Pero más allá de eso no tenía nada más. Solo recuerdo que lo decidí un día bebiendo vino con una amiga. El proyecto me interesaba, pero no me lo creía del todo, y me daba pereza tener que gestionarlo todo.
Y durante muchísimos años dejé de tener ideas, o, si las tenía, las dejaba pasar.
Hasta que, por fin, llevo cinco meses por mi cuenta y mejor que nunca. Y el proyecto que finalmente ha funcionado fue, por supuesto, mucho más improvisado de lo que habría esperado. Pero si me veo tan bien y me va tan bien es porque me gusta tanto trabajar con libros que no me desgasto ni me quemo, y siempre estoy abierta a más. Pero esta reflexión —la de qué se siente al estar viviendo tu sueño— la dejamos para otro día.
El título de este In between al principio era Proyectos fracasados, pero lo he cambiado por Proyectos a medias. ¿Por qué? Porque no considero que sean fracasos si:
- No los has puesto en marcha.
- Han servido para llegar a donde estoy ahora.
Reseña de la semana: Primera sangre, de Àmelie Nothomb

Siempre que he hablado de Nothomb con gente hay dos opiniones opuestas: o no te gusta nada, o la amas. Yo soy del segundo grupo.
Primera sangre lo cogí de la biblioteca, así que voy a hablar un poco de memoria, pero si no recuerdo mal, la primera escena se abre con una muerte dramática. Este inicio me evocó rápidamente su otra novela, Sed. Una obra controvertida que empieza así (esta sí que la he recuperado de mi librería): «Siempre he sabido que me condenarían a muerte».
Por otro lado, Sed se abre con el juicio de Jesús ante Poncio Pilatos, y el narrador en primera persona (Jesús) empieza señalando que ya sabía que lo condenarían a muerte y que, por eso, se fija sobre todo en los “detalles” del proceso.
Curioso —y significativo— que me viniera esta similitud de inmediato. Y Primera sangre empieza con un hombre frente a un pelotón de fusilamiento, en el Congo, en 1964. Ese hombre es Patrick Nothomb. Sí, su padre.
La obra de Nothomb traza la vida de su padre hasta este momento de su carrera que lo llevará al Congo, donde las rebeliones y la toma de rehenes lo devuelven a la misma situación límite de la primera página.
Sin embargo, de esta historia —que podríamos considerar un homenaje íntimo a su padre— no me he quedado precisamente con la última etapa, que quizás es la más dura, sino con la de la infancia y la preadolescencia.
No voy a relatar las aventuras de su padre, pero sí el curioso episodio en el que el pequeño Nothomb es enviado un verano con una parte lejana de su familia, que vive aislada en un castillo en las Ardenas.
Muy resumidamente, Patrick convivirá con un grupo de primos o familiares lejanos y se convertirá rápidamente en el blanco fácil. Es el nuevo y tiene una complexión algo más gruesa. En el primer episodio que protagonizan juntos, el grupo se lanza sobre su mochila y le roba toda la comida basura que llevaba con él. Durante las comidas, a pesar de vivir en un castillo que indicaría una clase social alta, no hay comida para todos y comen primero los mayores (y, si queda algo, el resto).
Ese verano, para cualquiera, sería un infierno: convivir con un grupo con el que no te diviertes, que va constantemente a por ti, e incluso donde los mayores parecen no darte ninguna importancia ni estar de tu lado. La sorpresa llega cuando, pasado el verano, Patrick vuelve con su familia (mucho más delgado, lo que alerta a la familia), pero él expresa su deseo de volver pronto al castillo. A pesar del bullying sufrido, Patrick —que normalmente convive con una madre distante (su padre murió)— parece que por primera vez se ha sentido parte de un grupo. ¿Quién no ha sentido alguna vez que ese deseo de pertenecer es más poderoso que nada? Especialmente cuando eres niño: prefieres estar con gente, aunque te hagan sufrir, que estar solo.
En este segundo encuentro, Patrick mostrará su faceta más empática cuando conecta con una de las primas que tiene cierta discapacidad. Si los niños “normales” ya son tratados sin demasiada consideración, imagina alguien con necesidades especiales. Una niña de la que se quieren deshacer, casi en sentido literal. Patrick será la persona con quien encontrará una relación cálida.
Si bien la novela continúa, yo me quedo con esta reflexión a raíz de la infancia de Patrick. No soy una persona que haya tenido grandes dificultades en sus relaciones, pero creo que todos estaremos de acuerdo en que, en algún momento u otro, hemos tenido que afrontar situaciones incómodas cuando éramos más pequeños: sentir que sobras en un grupo, que no eres bienvenido o que no puedes ser tu auténtico yo. Y, aun así, te esforzabas por encajar e intentar seguir formando parte de ese grupo. No teníamos la madurez emocional suficiente para ver alternativas, decidir alejarte o entender que podías pasar tiempo solo o buscar nuevas amistades. Cuando eres tan niño, lo único que quieres es tener amigos, jugar y formar parte de algo.
Para terminar esta reseña, sí que puedo confirmar que, al menos este, es el libro menos polémico de Nothomb que he leído. Seguramente por esta dimensión tan íntima y emocional.
