Crítica de EL MANANTIAL DE LA DONCELLA de Ingmar Bergman: fotogramas de lienzo.

El manantial de la doncella

Crítica de El manantial de la doncella (1960), un clásico dirigido por el sueco Ingmar Bergman.

Encarar una película de Bergman es una experiencia similar a la de visitar un museo, y no sólo como un paseo intelectual bucólico-contemplativo a base de paisajes de ensueño al óleo romántico inglés tipo Constable o Turner, sino como una experiencia que agita el interior y recorre salas negras de la naturaleza humana muy Noir Goya.

Resulta fascinante además cuando este sueco eterno; posiblemente el cineasta que mejor ha manejado lo hipnótico en su composición de planos (hasta cuando su guion juega al despiste con el entendimiento y la muerte echa unas estupendas partidas al ajedrez), maneja encima una trama comprensible cargada de tensión, poniendo todo ese hipnotismo a su servicio. Ya sucedió con mi muy pero que muy favorita ‘Un verano con Mónica’, que analiza como pocas la relación de pareja en estado puro, aislada de la sociedad, y sus posibilidades reales de supervivencia emocional. 

El manantial de la doncella

Es el ritmo, amigo’, que diría aquel. El cine reposado no tiene por qué carecer de emoción. Tienes algo potente y agobiante que quema entre las manos, has conectado con la butaca, tienes sus tripas encogidas. Ahora ya puedes jugar con el tiempo y la paciencia del espectador, es la ‘Bomba debajo de la mesa’ que Hitchcock explicaba a Truffaut. Se masca la tragedia, tanto en su desembocadura dramática como en la inminente venganza y, cuando los colores de la tensión están bien mezclados, puedes recrearte en pintar una fotografía atrapante, sin prisa. Iluminando rostros desde dos puntos contrapuestos dentro del mismo plano o mostrando increíbles contrapicados de Max Von Sydow a lo imponente señor feudal dando la entrada a su castillo. Luego, con frialdad nórdica, se encierra a los delincuentes en una choza y uno se da un baño purificador antes de coger el cuchillo con el que ejecutar la inevitable venganza y cortar de paso la tensión, que está en el aire. Eso mientras la mujer asiste impertérrita y fantasmal en una esquina. Pasmoso todo.

El inquietante catolicismo hermético escandinavo y rural, otro valiente asunto. Se habla de oraciones, iglesias, comunidades…, y sin embargo no como creencia pura o interpretación literal sino como tapón a las pasiones. Un ateo de corazón que es beato a modo de contención, como excusa para fustigar al hombre que es un lobo estepario para el hombre. 

Bergman toma como bastidor una leyenda medieval esquemáticamente simple de violación y venganza, y la hace museo. La convierte en una exposición temática de planos increíbles, de sombras extendidas con pinceladas de maestro. La acuarela y el óleo se derraman y derriten como las pasiones de los protagonistas. Manantial pictórico.

El manantial de la doncella

Si te ha gustado esta crítica de El manantial de la doncella, no dudes en suscribirte a nuestro blog:


Sé el primero en comentar

Deja un comentario