Desempate emocional con LOS RESTOS DEL DÍA de Ishiguro

Antes de leer esta entrada, os recomiendo que busquéis el post anterior sobre Ishiguro para entender a qué me refiero con la expresión <>. Aunque el resumen rápido y superficial es el siguiente: me fascinó Nunca me abandones, no me convenció El gigante enterrado, pero a pesar de este final agrio sabor de boca, Ishiguro ofrece siempre una lectura adictiva. ¿Qué tienen sus libros? Al terminar uno, no puedo dejar de pensar en el siguiente y es injusto para otros escritores que me llaman desde la estantería. Con solo tres de sus libros (y teniendo en cuenta que uno no fue de mi agrado) considero, a día de hoy, Ishiguro uno de mis escritores internacionales favoritos. Vuelvo a la librería y veo tantas novelas suyas que mi instinto me pide leerlas todas. Y es que cómo no sentirlo así después de Los restos del día… Qué maravilla de libro.

Definitivamente, ahora que lo pienso mejor, no os podéis saltar mi primer post sobre Ishiguro porque Los restos del día y Nunca me abandones son novelas parecidas a nivel estructural y tampoco quiero repetirme con la reseña. Obviamente, el argumento es distinto: Los restos del día es una historia en primera persona narrada por Stevens, un mayordomo que ha servido a la mansión de Darlington Hall y a su señor Lord Darlington durante toda su vida, aunque después de su muerte pasó en manos de un propietario americano. Por primera vez en su vida, Stevens tiene vacaciones y emprende un pequeño viaje de seis días por Inglaterra con el objetivo de reclutar a la antigua ama de llaves Miss Benn.

Quiero recordar que el motivo que acompañaba el Nobel que recibió Ishiguro tenía mucho que ver con la fuerza emocional de sus obras. Por esto me cuesta tanto opinar sobre sus libros porque son páginas que se sienten y a veces esto cuesto explicarlo. De nuevo, como pasa en sus antiguos libros, la historia en si poco importa: os podría contar el final, sobre si Stevens consigue reclutar o no a Miss Benn para volver a Darlington Hall, que no cambiaría nada. De hecho, cuando lees la novela no te asalta la intriga para conocer el final. De hecho, es bastante predecible a nivel narrativo.

De la misma manera que me llamó la atención la mezcla de ficción, nostalgia, amor y destino de Nunca me abandones, aquí Ishiguro juega con combinar historia política, amor y costumbrismo. Estas <> de géneros y temas son los que consiguen realzar la creatividad de la obra de una manera muy auténtica. Ishiguro siempre nos ofrece una nueva perspectiva y da un giro al género: por ejemplo, en el contexto de novela histórica de la Segunda Guerra Mundial, el foco de atención es el mayordomo Stevens, quien sirve a un aristócrata británico simpatizante del nazismo. ¿A quién se le ocurre coger tal mayordomo como protagonista de una historia política? La magia de Ishiguro está precisamente aquí, en esta combinación de temas tratados desde nuevas perspectivas e integrados con su creatividad, delicadeza y emoción.

Otra habilidad que me fascina de Ishiguro es su capacidad para decir al lector aquello estrictamente necesario, en su justa dosis, y evitar darlo todo. Bien es cierto que esta técnica me decepcionó un poco en El gigante enterrado porque, para mi gusto, no se empleó correctamente (especialmente en el final), pero en Los restos del día vuelve a sorprendernos con mucha positividad. Por ejemplo, el tema del amor entre Stevens y Miss Bens. Hay amor, sí, pero no hace falta llevarlo al extremo, ser explícitos sobre el tema o cerrar el libro con un destino final – ya sea feliz o trágico – para estos dos personajes. A veces solo hay que dejar flotar el concepto de amor entre las páginas, que el lector lo intuya y sienta por él mismo, sin la necesidad de poner palabras… Justamente lo comentaba en la entrada anterior, que algo que odio tanto en los libros y las películas es cuando se meten por la fuerza relaciones amorosas entre personajes solo para dar más <> al argumento. Prefiero la técnica de Ishiguro de plantearlo con su estilo sutil y elegante.

A continuación, intentaré focalizarme un poco más en aquella concreto del libro para terminar esta reseña.

De entrada, a uno ya le sorprende que una persona como Stevens decida escribir sus memorias durante el viaje. Es algo muy personal, muy íntimo, en comparación al personaje de mayordomo que se nos presenta: Stevens está muy entregado a su tasca de mayordomo, sirve a su señor con dignidad (concepto que utiliza constantemente para definir un mayordomo profesional) y el trabajo prima sobre lo afectivo siempre. Entonces, en el hecho de escribir su historia se percibe un primer intento – más que intento, yo lo percibí como una liberación – para abrirse interiormente.

A través de anécdotas y experiencias que nos cuenta sobre su servicio de mayordomo, comprendemos que Steven es una persona <>, casi insensible, con incapacidad para la reflexión y el monólogo interior. Se limita a servir a su señor y a ganar su aprobación, no se cuestiona sus acciones y no permite que lo afecten factores externos. A lo largo de estas anécdotas, se nos cuentas situaciones personales, bastante delicadas, con su padre o con Miss Bens que nos ayudan a comprender todavía más este carácter tan protocolario y robótico de Stevens, y son ejemplos sobre los cuales se demuestra de que el trabajo es lo primero y los sentimientos son secundarios o más bien, hasta nulos. Esta personalidad también se percibe en su ineptitud de definir conceptos. Por ejemplo, Stevens habla repetitivamente sobre la <>, concepto sobre el cual enfatiza todo su trabajo, y lo tiene que describir a partir de recuerdos y no palabras propias debido a su inhabilidad para razonar. Como lector, uno no puede evitar sentir lástima por Stevens, aunque él relate sus experiencias orgulloso y tranquilo. Entonces, es esta contradicción entre lo aparentemente <> que es Stevens y la fuerza emocional que el libro desprende a su vez que te absorbe por completo. Y no entiendes cómo Ishiguro crea tal magia, cómo de un personaje que da tanto poco pie a la reflexión y a los sentimientos, consigue dotarlo de tanta fuerza emocional. ¿Quién consigue crear una historia tan emocionante a partir del aburrido y monótono viaje de seis días de un mayordomo con incapacidad para la reflexión?

Y ya para rematarlo, llegamos al final del libro, el cual es alentador:

“…sentí que se me partía el corazón”. (pág 245).

Obviamente no os voy a revelar a qué parte corresponde esta cita, pero la encontramos en la última parte del libro. En pocas páginas, Ishiguro consigue un cambio en el discurso de Stevens de manera muy intensa. El mayordomo se escucha, se permite derrumbarse y lo que es más importante, se cuestiona por primera vez en su vida. Se pone en duda a él mismo, si realmente la dignidad que él dice poseer, la ha tenido alguna vez y si la sigue teniendo. Si se ha equivocado en servir a quien ha servido y en muchas más otras decisiones de su vida. Como bien dice Frederick Busch, Los restos del día <>, y con tal cambio social y político reflejado en Darlington Hall, también nace un cambio en el mayordomo, quien es consciente al final de su viaje. Me encantó este paralelismo entre el cambio histórico después de la Segunda Guerra Mundial, en el cual se pierde el costumbrismo, y el cambio interior de Stevens. Aunque más que cambio, es más apropiado ser realista y definirlo como <> del mayordomo. Pero es verdad que existe una sinceridad interior muy poderosa, un ejercicio de honestidad alentadora, aunque el lector se queda con la duda sobre el destino del mayordomo: <>

Mi nota: 10/10

Atentamente,

The Lord of the Books

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