In between

Reencuentros imaginarios

La primera decisión del día es con qué taza voy a tomar el café. Tengo un armario con varias, pero la realidad es que solo uso las mismas tres o cuatro de siempre. Tienen la medida perfecta para mi café extralargo mañanero y las demás no llego a usarlas casi nunca; de hecho, las utilizo más para batir huevos que para tomar café.

El caso es que me resulta inevitable recrear una conversación imaginaria entre las tazas cada vez que abro el armario. Influenciada por Toy Story, creo que una parte de mi yo adulto todavía piensa que los objetos pueden llegar a tener vida propia.

Me imagino las tazas hablando durante la noche y debatiendo: «¿Cuál va a elegir mañana?». Y la pobre taza básica, con una impresión cutre de Harry Potter, cruzando los dedos —las asas— para que sea ella, aunque en el fondo sabe que no va a ser así. En cambio, la amarilla de la bicicleta, la blanca de Starbucks robada en 2011, la de mármol comprada en Olot y la recién llegada de Japón saben que volverán a ser elegidas.

De Japón traje dos tazas: una con motivos de flores de cerezo que me encanta y otra de madera que finalmente no estoy usando. Siento lástima porque espero que no se sienta mal ni se pregunte qué ha hecho para que la abandone. Pero, al menos, sé que está con su hermana de país y que se hacen compañía mutuamente.

Y así, las demás tazas siguen marginadas y boicoteadas, replanteándose su existencia y su misión en la vida. Pero prefiero dejarlas al fondo del armario antes que tenerlas encerradas en una caja. Ahora, mientras escribo esto, me viene a la cabeza la canción de Disney Be Our Guest, que habla exactamente de eso:

Life is so unnerving
For a servant who’s not serving
He’s not whole without a soul to wait upon
Ah, those good old days when we were useful
Suddenly those good old days are gone
Ten years we’ve been rusting
Needing so much more than dusting
Needing exercise, a chance to use our skills
Most days, we just lay around the castle
Flabby, fat, and lazy

O como se tradujo al español:

Nadie se resigna
A esta vida tan indigna
Del sirviente que no tiene a quién servir
A los buenos días de nuestros triunfos
Ya se han ido y no hay por qué vivir

Diez años enmohecimos
Y de polvo nos cubrimos
Sin poder ejercitar nuestra labor

Algo parecido me pasa con los calcetines. Tengo tantos desparejados que, cuando consigo volver a unir dos, recreo en mi cabeza un reencuentro muy emotivo entre dos hermanos que fueron separados por una guerra y han pasado meses sin saber nada el uno del otro. Quizás, cuando encuentro uno de los calcetines por el suelo o en algún lugar en el que no recuerdo haberlo dejado, es porque ha cobrado vida en un intento de salir en busca de su hermano.

En este cajón también tengo algunos calcetines de Japón que compré en 2024. Ahora que he vuelto, una de las cosas que hice fue comprar muchos más en Don Quijote, porque me encantan los que venden allí. De hecho, son los mismos que compré la última vez, aunque en distintos colores y formas; en esencia, siguen siendo iguales.

Y, como con las tazas, cuando los dejé en el cajón imaginé cómo, en este caso, unos hermanos de sangre que llevaban años separados se reencontraban por fin. Seguramente ni siquiera se conocían, pero, al ser gemelos, tuvieron un momento de revelación. Entre tantos calcetines quizá habían hecho amigos, pero nada se compara con el vínculo de «sangre» que une a dos hermanos. También me alegré al pensar que ahora se sentirían menos solos.

Estos son los tipos de delirios que una tiene a las siete de la mañana o cuando se pone a ordenar la ropa. Pero qué importa: al final, es más emocionante creer que los objetos también sienten.

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