Déjà vu: Tener un déjà vu (que en francés significa «ya visto») es una sensación breve y repentina de familiaridad intensa ante una situación nueva que se experimenta por primera vez.
Pero ¿qué pasa cuando tienes la sensación de haber vivido algo que sabes perfectamente que no has vivido, pero que podrías haber vivido? Es una paranoia, me explico. En 2024, cuando fuimos a Japón, guardé en Google Maps varios sitios a los que quería ir: restaurantes, cafés, tiendas, etc. Por supuesto, no tuvimos tiempo para visitarlos todos, pero allí quedaron marcados en el mapa. Este año, que hemos vuelto a Japón, han pasado dos cosas: primero, que hemos regresado, ya sea por casualidad o porque nos apetecía, a sitios donde ya habíamos estado. Y segundo, que hemos podido ir a conciencia a algunos de los sitios que quedaron marcados en el mapa y que la última vez no tuvimos la oportunidad.
Al ser un país tan lejano, uno cree que tendrá esta sensación de exotismo, pero, al ser ya el tercer viaje, he notado que hay un vínculo mucho más íntimo con Japón. No me sentía lejos de casa; era como simplemente volver a un lugar donde soy muy feliz. Y el hecho de haber podido ir a sitios que años atrás no tuve la oportunidad de visitar no ha sido como volver dos años después: ha sido como, literalmente, volver a estar en aquel momento, descongelarme y seguir con mi día. Por eso digo que la expresión déjà vu no me encaja. Es algo más emocional y, a la vez, tangible: como un viaje al pasado y al futuro al mismo tiempo. En 2024 decir: hay un Tully’s aquí, un segundo que me pillo un latte. Y por arte de magia estar viviendo exactamente el mismo momento en 2026.
Es una sensación increíble la de sentirte conectada a un sitio y saber que da igual las veces que vuelvas, que siempre será una experiencia auténtica. Tengo una clienta, Esther Garcia, que se dedica al bienestar y el otro día hablaba del concepto de geografía emocional: precisamente, esos lugares en los que automáticamente te relajas y te sientes como en casa y, por otro lado, aquellos que te ponen en tensión y hacia los que tu cuerpo siente un rechazo automático. Hasta ahora, sabía que, por ejemplo, París era uno de esos lugares con los que siento una tremenda conexión: fue la primera ciudad que visité sola, me apasionó todo el arte que conocí y que me cautivó en Bachillerato, luego viví allí durante un mes por unas prácticas… Y, de un modo u otro, siempre termino volviendo a París. Parece que Japón se suma a la lista y que, evidentemente, por cuestiones de tiempo y dinero no es tan fácil visitarlo, pero sé que siempre estará allí y que nunca me defraudará. Sin duda, los mapas emocionales son eso, emocionales y, por lo tanto, no tienen nada que ver con lo que encuentres en el país. Se trata más bien de cuánto te gusta la versión de ti misma que eres cuando estás allí… o de recordar la versión de ti misma que eras cuando lo viviste.
Para mí es una experiencia increíble haber vuelto a Japón y repetir sitios: como decía, algunos adrede —lo que demuestra que, al final, la nostalgia rige un poco y que, también, aquello que disfrutamos, ¿por qué no repetirlo?—. Pero me interesa más la otra parte: los sitios que tenía guardados y en los que terminamos por casualidad. También demuestra que con el tiempo no cambiamos tanto: si en aquel momento guardé ese sitio y ahora hemos terminado allí, seguimos teniendo los mismos gustos e incluso, si vamos más allá, tomamos las mismas decisiones porque, para ir del punto A al punto B, tuviste que tomar una decisión en aquel momento… y ahora ha sido la misma.
¿Cuál es vuestro mapa emocional?
