En la página 248 del libro Escrito en la tierra de Francesc Miralles, se cuenta la historia de una persona ingresada en el hospital cuyo compañero de habitación era idéntico a su padre muerto, no solo físicamente, sino también en sus expresiones. Cuando lo leí, recordé rápidamente que yo había vivido una experiencia parecida.
Los dos días antes de una operación que tuve en 2021, compartí habitación con una anciana. Aquella mujer era idéntica a mi abuela paterna, muerta desde hacía casi diez años. Como en el relato de Francesc, no solo era un tema físico —que en un primer momento fue lo que me llamó la atención, por supuesto—, sino absolutamente todo. Su voz sonaba como la de ella, su forma de mover las manos y algunas de sus manías eran, sin duda, las de mi abuela Fina. Era una persona muy presumida que siempre se peinaba su pelo teñido de rubio, y aquella anciana tenía la misma costumbre. ¿Cuál es el mensaje de todo esto? ¿Estamos recibiendo ayuda desde el más allá a través de otras personas? Son pensamientos descabellados, pero cuando te topas con situaciones surrealistas, solo puedes recurrir a lo absurdo. Porque pensar que fue casualidad es aburrido. Porque pensar que estabas asustada antes de la operación y tu mente buscó cualquier mecanismo de defensa para apaciguar la ansiedad es aún más aburrido.
En mi defensa, tengo que decir que no fui la única persona que lo vio así. Mi madre también lo recuerda igual que yo, así que puedo descartar con seguridad que fueran alucinaciones mías.
Y justo ahora ha sucedido un momento de serendipia. También lo aprendí de Francesc y su podcast Ikigai Café: las actividades serendipia son aquellas en las que, sin tener la intención de encontrar respuestas, las descubres haciendo cierta actividad. Escribiendo sobre esta experiencia, se me ha desbloqueado un recuerdo hasta ahora amnésico. Estaba pensando en cuándo perdí de vista a la señora: si porque me operaron a mí o a ella primero. ¡Y ya sé cómo sigue la historia! Y aquí va lo más fuerte: compartíamos enfermedad, pero ella no quería operarse. No quería ser un lastre para su familia. Era mayor, había vivido y había rechazado la cirugía. Y así se marchó, sabiendo que moriría tarde o temprano.
Esta historia, de un momento para otro, se ha vuelto mucho más emocionante y espiritual. Puesto en una sola frase, suena de lo más absurdo: mi abuela del más allá encarnada en mi compañera de habitación, con la misma enfermedad, pero un destino diferente. Elegir entre la vida y la muerte se simplifica a un tema de edad y años vividos. Aunque me da lástima imaginar que mi no-abuela le hubiera gustado vivir más, pero no se lo permitió porque, incluso en sus últimos días de vida, puso a los otros por delante de ella misma
Reseña de la semana: Tango satánico de László Krasznahorkai

Una vez leída la obra del húngaro, entendí perfectamente su reconocimiento con el Nobel de Literatura del pasado 2025. Es una novela de la que dices: sí, es carne de Nobel. Y no hablo de la exquisitez narrativa, de su dominio del léxico ni de cualquier otra atribución relacionada con la escritura. Hablo de la trama. O, más bien dicho, de la no trama. Muchos ganadores del Nobel son autores de historias centradas en la literatura, el valor emocional o sus personajes, y no tanto en la trama que se desarrolla. En Tango satánico, el lector vive esto. Es una novela que, precisamente, se centra en lo que NO pasa como motor narrativo.
La novela se centra en un pequeño pueblo de Hungría, pobre y destrozado por el comunismo. Sus habitantes viven esperando un milagro que les permita tener los recursos suficientes para escapar.
De repente, reciben la noticia de la llegada del temible Irimiás y de su sombra, Petrina. El pueblo se esperanza porque parece que Irimiás, una personalidad carismática digna de líder de secta, vuelve de entre los muertos para salvarlos. Pero Irimiás es un predicador y un estafador.
El nombre de Tango satánico se refiere a este baile en bucle, que se repite una y otra vez y que no va a ninguna parte, como el pueblo que, en vez de actuar por cuenta propia, se aferra a una falsa esperanza y cae en un engaño colectivo.
El mensaje del libro es poderoso. Sin embargo, la lectura es densa y, voy a usar un término que no había empleado hasta ahora, claustrofóbica. Me ha costado, no voy a mentir. Es uno de esos libros que disfrutas más una vez leído, de reflexionar y decir: ¡Ah, lo pillo! Pero el viaje no es placentero en absoluto.
Por este motivo, al principio decía que la novela se entiende más por lo que NO pasa que por lo que pasa, debido a la inactividad del pueblo. No considero que sea una reseña con spoilers; al final, opino que en obras tan literarias como estas, insisto, la fuerza no recae en la trama.
