Una de las pocas cosas que me ha enseñado el scroll infinito de TikTok es darme cuenta de que, aunque vivimos de forma muy individual y nos creemos muy especiales, muchas vivencias y memorias de cuando éramos pequeños son algo mucho más común de lo que esperaba. Por ejemplo, hasta hace un par de años, estaba convencida de que era la única persona que, a sus doce años, se encerraba en la habitación y hacía conciertos para nadie mientras me grababa con una de las primeras cámaras digitales. Hay una cierta sensación de vacío, de falta de identidad y autenticidad al descubrir que cosas que creías muy tuyas no lo son para nada. Ya nos pueden definir como una sociedad cada vez más individualista que, al final, el pensamiento y muchas de las acciones siguen siendo colectivas.
Una experiencia similar tuve hace unos meses con otra de las cosas que pensaba que me hacían única, pero nada más lejos de la realidad, aunque con matices, y ahora veréis por qué: las matrículas de los coches.
Tengo una tendencia, un juego obsesivo con cada matrícula que veo; intento crear palabras con las tres letras que la forman. Por ejemplo, si la matrícula es LAX, pienso: «El aeropuerto de Los Ángeles». Con este ejercicio, he descubierto que la mayoría de matrículas de España empiezan por L, K y M, sobre todo. De hecho, hay muchas matrículas que son KKK y KGB, hecho que me parece bastante gracioso.
Aparte de palabras, también intento relacionarlas con el nombre y apellidos de conocidos míos. De hecho, tengo mucha envidia de una amiga cuyo nombre es Laura Pedragosa Badia, porque hay infinidad de matrículas con estas iniciales. En cambio, matrículas ISR (Iona Salvador Ros) no he encontrado ninguna. Mi objetivo es, algún día, encontrar una matrícula ISR 1992 (con mi año de nacimiento incluido).
El tema es que una vez lo comenté en una cena de mi antigua empresa y surgieron algunas preguntas que me dijeron: «¡Yo también lo hago, pero con los números!» No fue una persona, sino varias. Ellos no buscan palabras, pero hacen operaciones matemáticas con los números para ver si dan impar o par, u otros resultados matemáticos que para ellos tenían cierto significado. Me di cuenta, una vez más, de que la gente solemos estar más unidos de lo que creemos, aunque solo sea desde esta esfera mental. Y también me di cuenta de que esto era una pregunta perfecta para clasificar a la gente: ¿cómo lees las matrículas? Y de aquí salen los de letras, los de números… Y también la gente que simplemente ve una matrícula y no piensa nada.
Reseña de la semana: La sociedad del cansancio de Byung-Chul Han

Se me acumulan las lecturas pero hoy hablaré brevemente del ensayo de La sociedad del cansancio. Hace unos meses leí Vita Contemplativa del mismo autor y para mi fue una obra de no ficción extraordinaria. Sin embargo, La sociedad del cansancio me ha dado la impresión de que el autor, literalmente, estaba cansado. Es un librito que la edición en catalán tiene unas 50 páginas. Incluso cuando me lo regalaron pensaba que se habían equivocado. Mi decepción fue tal al descubrir que tampoco expone una idea revolucionario o nueva, sino que desarrolla más la idea ya planteada en La sociedad del aburrimiento. Por lo tanto, no entendí, por qué simplemente no había alargado el primer libro tres capítulos más.
Por ejemplo:
“Sin relajación, se pierde el don de escuchar y la comunidad que escucha desaparece.”
“El aburrimiento profundo corresponde al punto álgido de la relajación espiritual.”
Son conceptos interesantes, sí, pero ya estaban ampliamente desarrollados en Vita contemplativa. Aquí reaparecen sin demasiada elaboración, como si el libro se limitara a subrayar lo ya dicho.
Donde sí me quedo es en una idea concreta que me parece especialmente acertada. Han plantea que el cansancio, la fatiga y la asfixia ante la sobreabundancia no son reacciones inmunológicas. No se trata de una enfermedad viral, sino de manifestaciones de una violencia neuronal, una violencia que no proviene de una negatividad inmunológica.
Dicho de forma muy resumida: cada ciertos siglos, la humanidad se enfrenta a una gran enfermedad viral —la peste, la gripe, una pandemia—, amenazas externas que el cuerpo identifica como un peligro de muerte. Hoy, en cambio, estamos ante una epidemia neurológica. No mata como un virus, pero desgasta. Es una forma de violencia menos visible, que no viene de fuera, sino del exceso.
No de la positividad en clave Mr. Wonderful, sino del exceso de lo idéntico. De la repetición constante, de la ausencia de fricción, de la sobreabundancia de estímulos iguales. Una violencia silenciosa, más difícil de identificar que la viral.
Esta violencia habita en un espacio libre de negatividad: allí donde ya no existe la polarización entre amigo y enemigo, entre dentro y fuera, entre lo propio y lo extraño. Y quizá precisamente por eso resulta tan difícil de combatir.
