Crítica de MILAGRO EN MILÁN de Vittorio De Sica

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Crítica de Milagro en Milán de Vittorio De Sica: neonavidad surreal

Vamos a dejar claras un par de cositas: el realismo, como la realidad pura y dura o la objetividad, no existen. Hay ciencias físicas medibles, claro está, pero también dependen siempre de cierta perspectiva, factores que influyen o referencias tomadas. Ya ni hablamos en el mundo del arte. Ni siquiera un documental es objetivo, simplemente el hecho de hacerlo supone ya poner el foco sobre un aspecto concreto de la realidad y por tanto sesgarla. Sólo el poner la cámara de un modo u otro, por ejemplo en contrapicado (desde abajo, dando una perspectiva tirando a épica) ya está condicionando la visión del personaje. Todo es subjetivo, aunque sea en distinto grado. 

Siguiendo esto, ¿qué se entiende por Realismo y más concretamente Neorrealismo italiano? Ese movimiento de posguerra que priorizaba los sentimientos de los personajes antes que la trama, que servía de instrumento político y reivindicación, que atendía a la improvisación y actores noveles con una técnica austera y huida de remarcaciones artificiales. Tan crudo como ‘Roma, ciudad abierta’ de Rossellini, un poco con la que comenzó todo. 

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Ahora bien, dentro del movimiento hubo su realismo ‘poco realista, sobre todo ésta que nos ocupa, segunda en la trilogía neorrealista del director tras la gran ‘El ladrón de bicicletas’ y anterior a ‘Umberto D’.  ‘Milagro en Milán’ vendría a ser un ‘Qué bello es vivir pero completamente bizarro e desasosegante.

Primero, su angelical protagonista, de físico inquietante y actitud repelente, forma parte perfecta de un entorno a su imagen y semejanza. Una barriada de indigentes que lucha contra el poder establecido a base de estrambóticas y milagrosas situaciones. Sería de un empalaguismo insoportable si no fuese por lo tremendamente bizarro de sus ocurrencias. Sí, se dan un besito y se ponen a dar volteretas; pero a cambio tiene cosas tan espectaculares (y que recuerdan tanto a Tati) como un soldado colgado de la fachada para informar si hace frío (y así el empresario de turno ponerse un discreto pañuelo al cuello), un regateo de cifras sobre unos terrenos que acaba derivando en ladridos; unos ángeles incorpóreos que descienden para recuperar su milagrero y que se detiene ante un semáforo en rojo; o una escapatoria en escobas volanderas imitado (copiado) pero con bicicletas en ‘E.T.’, ETC.

Hay pocas secuencias tan sencillas y visualmente inolvidables como la de despertarse y saludar amistosamente al trote para combatir el frío tras haber pasado la noche bajo cartones; o la de apelotonarse bajo tibios rayos de sol para entrar en calor.

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Resumiendo, una película tremendamente navideña y entrañable, y por lo tanto insufriblemente moñas, si no fuese por lo rocambolesco, surrealista (italiano) y absolutamente hipnótico de su propuesta. Es como esos accidentes de coche que no puedes dejar de mirar. Un despropósito que vale de apósito, imposible pero inolvidable, grimoso pero gozoso. De emociones tan encontradas como la propia navidad, así que… ¡Felices Fiestas!

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