In between

Criticar está pasado de moda

Mentiría si dijera que nunca he criticado a nadie. A veces parece como si esta actitud fuera innata del ser humano. He criticado a gente que no conozco, la he juzgado. He criticado a amigos. Y, por supuesto, me he criticado a mí misma (seguramente a la que más).

Pero también es cierto que, en este 2026 de mi objetivo de salud mental, la idea de no volver a criticar me vino sola y de forma natural. Hay varias cosas de las que me di cuenta:

La primera es que alguien dijo alguna vez (no recuerdo quién) que hiciéramos este ejercicio: escuchad una conversación ajena. El 50 % de las veces escucharás que están criticando a alguien. La otra mitad, que su visión de la vida es más bien pesimista y que están en modo queja. A mí este experimento me sale solo y corroboro que la mayoría de las veces es así.

La segunda es que, desde que me inicié en el mindfulness (y después de horas de terapia, por supuesto), mi mentalidad también ha cambiado. Todo suma, supongo.

Y la tercera, y la última, es que este año recurrí a la filosofía más antigua para intentar desprenderme de esta práctica. Es alucinante cómo, siglos después, volvemos a lo que se instauró en su momento y sigue siendo útil. Los problemas de hace siglos siguen siendo los mismos de hoy. 

Vamos con la lección de los tres filtros de Sócrates (gracias, de nuevo, a Esther García por descubrirmelo). El mito dice lo siguiente: un día, alguien fue a ver a Sócrates y le dijo: «¿Sabes qué me han dicho sobre cierta persona que conoces?».

A lo que Sócrates dijo: «Espera un momento. Antes de decírmelo, pasa una pequeña prueba: la del triple filtro».

  1. El filtro de la verdad: ¿estás seguro de que lo que dirás es cierto?
  2. El filtro de la bondad: ¿es algo bueno lo que vas a decir sobre esta persona?
  3. El filtro de la utilidad: ¿será útil decirlo? ¿Ayuda o aporta algo positivo?

A lo que Sócrates concluyó: «Si no es verdad, ni bueno, ni útil… ¿para qué decirlo? ¿Y por qué saberlo?».

Andrés Martín Asuero, mi instructor de mindfulness, también propuso un ejercicio similar: el de no dar por hecho que alguien hace algo por la razón que creemos. Tenemos la costumbre de que, cuando alguien hace algo que no nos gusta o nos incomoda, pensamos primero lo peor: si alguien se choca conmigo por la calle, piensas: «¡Qué imbécil! ¡Va super empanado!». Pero el ejercicio está en no dar por hecho este tipo de pensamientos… Quién sabe: quizás la persona sí que iba empanada, pero porque la acaban de despedir del trabajo. O, sin ir más lejos, este mismo ejemplo me sirve a la perfección porque a mí me pasa mucho: me choco constantemente con gente y objetos porque tengo el campo visual izquierdo muy reducido, y quizás hay gente ahí fuera como yo. Y, sin embargo, cuando me pasan estas cosas, nunca lo veo como una opción posible. Desde la rabia, este primer impulso es buscar un culpable.

Hacer este esfuerzo es complicado, y no hablo solo de aplicarlo con la gente desconocida de la calle, sino también con las personas cercanas a nosotros, con quienes a veces es incluso más difícil que con quienes no conocemos.

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