In between

Conticinio

A medida que te vas haciendo mayor, se vuelve más difícil coincidir con los amigos. Haces planes a meses vista y siempre hay riesgo de cancelación los días anteriores. Por suerte, siempre he dicho que mis amigos son de lo mejor que tengo. Uno de los grupos es el de la escuela, desde P3, y todavía a día de hoy mantenemos una relación muy cercana. Son amigos, como se diría, de la categoría de hermanos: gente que aceptas tal y como es y por la cual sientes un amor incondicional.

Si bien es cierto que hubo una época, los cuatro años de universidad, en que el grupo se disipó un poco más porque cada uno estaba en su nuevo universo, siempre coincidíamos al menos un par de veces al año: la cena de Navidad o alguna fiesta tonta. Pero, una vez terminada la carrera, el grupo se volvió a unir como si volviéramos a estar en la escuela primaria. Y, sin quererlo, se instauraron ciertas tradiciones que a día de hoy siguen vigentes. Quizás no te ves tanto como te gustaría, pero sabes que estas fechas son sagradas:

Febrero: el Carnaval de Solsona.

Marzo: la calçotada en Cabanyes

Julio/agosto: un fin de semana en Solsona.

Octubre: Castanyada en Calasanz.

Diciembre: cena de Navidad.

Hubo algún año que en los Carnavales llegamos a ser hasta 15, durmiendo en colchones en el suelo pero es una realidad que cada año que pasa la asistencia es menor, pero lo importante es que se mantenga. En julio sabemos que es un plan más íntimo y siempre somos dos o tres (este año, asistencia récord), pero diciembre nunca falla y conseguimos estar casi todos. Me enorgullece mucho que se pueda mantener este ritmo.

Lo que siempre nos ha hecho gracia, y muchos han hecho notar, es que nunca hacemos el típico afterwork en Barcelona, el típico café tonto. No. Todos los planes siempre tienen que ser a lo grande.

Los planes se mantienen y, aunque pasen los años, también te das cuenta de que nada cambia. Seguimos siendo los mismos, con las mismas bromas, el mismo humor y las mismas personalidades. Planes en los que no se espera nada de nadie ni hace falta hacer cosas extraordinarias: simplemente estar en germanor.

El fin de semana pasado, pues, tocó el plan de verano en Solsona. Nos trasladamos al pantano, estamos tranquilos, cenamos en el restaurante del camping, tomamos algo hasta las dos o tres de la noche. Además, los últimos años lo hemos aprovechado para celebrar mis segundos aniversarios. Este año, para mí, fue especial porque, milagrosamente, hubo récord de asistencia. Aunque no todos se quedaron a dormir, pudimos estar todo el día juntos y pasar momentos preciosos. Ponernos al día mientras comíamos un arroz de montaña en casa de Edu, pasar el atardecer en un lugar maravilloso del pantano, cenar carne a la brasa en el hotel y disfrutar del conticinio solsonés.

Aquí es donde se ven las diferencias de la edad, supongo: mientras que años atrás hubiéramos ido de bares a tomar algo hasta tarde, esta vez nos quedamos en el porche de casa de Edu después de cenar, tumbados en el suelo, hablando en la oscuridad y mirando el cielo mientras bebíamos la última cerveza. Disfrutando del silencio. Silencios que no molestan. De hecho, acompañan. De vez en cuando, soltar alguna frase y, poco a poco, quedarte dormido en la soledad de la noche.

Como cuando ibas de colonias con la escuela y era tan emocionante pasar la noche fuera de casa que te quedabas hasta las tantas hablando con tu amigo mientras te ibas quedando dormido. Cambia el ritmo, cambian las conversaciones, pero los planes y las personas siguen ahí. Qué importante es seguir las tradiciones para mantenerlo vivo.

Qué maravilla estos planes sencillos, simplemente con tus hermanos de no sangre, y sentir que es para siempre.

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