Reseña de Yo, que nunca supe de los hombres, de Jacqueline Harpman

Reseña de Yo, que nunca supe de los hombres, de Jacqueline Harpman

El escenario es el siguiente: cuarenta mujeres son mantenidas en una jaula custodiada por silenciosos hombres uniformados. La más joven de ellas, la única que no recuerda cómo era el mundo antes de la catástrofe, narra esta historia. Los años pasan en esa cárcel subterránea hasta que un día los guardias desaparecen, y las mujeres consiguen salir al exterior. Entonces comenzará una errancia en busca de sentido por una tierra baldía. Hoy os traigo la reseña de Yo, que nunca supe de los hombres.

Son estas sinopsis que te atrapan al instante: vas cotilleando por la librería y topas con una trama de este nivel. Una distopía ambientada en un futuro más o menos cercano, en un espacio totalmente irreconocible (¿será otro planeta?. Yes, please, las distopías sociales son una de mis debilidades, y ya si tienen las mujeres en el centro todavía más.

Las primeras páginas es inevitable asociar esta lectura con la inquietante película The room, protagonizada por Brie Larson: esta mujer que vive secuestrada en una habitación de cuatro metros cuadrados. Pues en esta historia se repite el patrón pero son cuarenta víctimas y con normas todavía más estrictas: prohibido tocarse entre ellas (no en el sentido sexual sino puramente afectivo. Ni un abrazo) y obligatorio dormirse por las noches. Realmente, el escenario es terrorífico. La historia sigue casualmente el mismo ritmo que la película: mitad de la historia sucede en este sótano y la otra mitad, por suerte, nos lleva al exterior, donde las mujeres intentarán buscar un sentido a su vida o, al menos, una nueva manera de vivir.

En esta segunda etapa, a pesar de estar protagonizada por una aparente libertad, a mi me ha resultado igual de inquietante. ¿Sería capaz de vivir en paz y sin miedo después del trauma de haber estado encerrada tanto tiempo? ¿Y qué me encontraré? ¿Y qué hago ahora? Igual que muchos presos son reincidentes porque les cuesta adaptarse a la ciudad, a este sabor desconocido llamado libertad. A darse cuenta que ahora tienen que tomar sus propias decisiones. Aquí seguramente me imaginaba que pasaría algo parecido, sin embargo, la más joven (de nombre anónimo, a diferencia de sus compañeras) parece bastante decidida a compensar el tiempo perdido y no tarda en ponerse a explorar sin ningún tipo de miedo.

Sin duda, el libro es interesante pero reconozco que me ha faltado una capa más de profundidad. Algunos autores no quieren dar toda la información al lector del porqué de las cosas: entiendo que es una manera de involucrar al lector en la historia pero también es una técnica arriesgada. ¿Dónde está el límite entre darle al lector pistas para que alimente él solo su imaginario y no darle casi nada y dejarlo todo poco conectado? Sin haber resuelto casi nada, mientras que la complejidad psicológica de la historia tampoco colabora demasiado a solventarlo.

Voy a poner un ejemplo: Ishiguro, en su última novela Klara y el Sol, lo hace muy bien. Hay muchas cosas que quedan por decir en esta novela pero el autor ha sido suficientemente responsable para dar algunas pistas y detalles para que el lector imagine lo suyo, y conseguir el efecto de tener una historia más cerrada. En Yo, que nunca supe de los hombres, me ha faltado información: it is the mystery that lingers and not the explanation (Neil Gaiman). Sí, pero si no tengo suficientes datos esto no funciona. Me ha parecido una trama de lo más interesante pero que no se le ha sacado todo el jugo. Tenemos a esta joven protagonista que no recuerda nada y debe afrontar la vida desde un nivel más principiante que las demás pero aun así, tampoco se indaga demasiado en la complejidad de este personaje. 

Quizás no podemos catalogar esta novela como una distopía en sí sino como una obra más introspectiva, pero aun así aquí también me ha faltado desarrollo. Lo que está claro es que como distopía no funciona porque no es fácil imaginarse las motivaciones o los conflictos de este próximo futuro. Solo la imagen inicial de las mujeres engabiadas. Tampoco creo que fuera el objetivo de la autora ir por este camino, ya que las descripciones se mantienen especialmente cortas y sin dar explicaciones de lo que está pasando: ha puesto los esfuerzos en esta segunda etapa, o más bien, en el inicio de la vida de la más joven y cómo tiene que empezar, literalmente, desde cero: sin conocer nada y solo con la teoría, sin haber tenido la oportunidad de hacer unas prácticas antes.

Para terminar esta reseña de Yo, que nunca supe de los hombres, como lector se agradece una novela diferente que busca reinventarse dentro de la definición de distopía, que imaginamos aquellos tochos de seiscientas páginas donde el world-building es imprescindible. Lectura rápida y entretenida; y para mi gusto se ha visto solo la punta del iceberg sin dar información suficiente para que se pueda ver lo que hay debajo, aunque probablemente el problema no es de la novela sino de mis expectativas. A veces cuando leo una sinopsis de lo más interesante mi mente ya se pone automáticamente a anticipar lo que voy a leer, y no me conviene ir tan de lista por la vida. Me quedo con las ganad de leer algo distinto de Jacqueline Harpman para salir de dudas.

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