Crítica EL FOTÓGRAFO DEL PÁNICO (PEEPING TOM) de Michael Powell

crítica el fotógrafo del pánico

Hoy os traemos la crítica de EL FOTÓGRAFO DEL PÁNICO (PEEPING TOM) de Michael Powell: el pánico de no volver a ver un cine irrepetible

Hay comienzos de película que quedaron para la historia. Se habla mucho del de ‘Sed de mal’, y con razón, pero si tengo que elegir un principio potente, es posible que me quede con el de la película en solitario más conocida del director británico Michael Powell, famoso por su dupla ‘Los arqueros’ con Pressburger, con el que firmaría varios clásicos ingleses.

No se trata aquí al típico psicópata misógino o voyeur, ni está la típica intriga por buscar al asesino de unos crímenes a lo Jack el Destripador. Es más simple y mucho más complejo que todo eso. Como en la vida misma, todo depende del enfoque, y aquí el foco de la intriga y la complejidad alumbra sobre lo psicológico y traumático, convirtiendo a esta cinta en algo único, bizarro y atrapante.

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Al nivel de la trama, las interpretaciones presentaban un nivel de dificultad y complejidad como pocas, y sin embargo son tan precisas y adecuadas como un guante. La galantería inquietante de Karlheinz Bohm, cargada de gestos desasosegantes y ojos desorbitados con tenebroso interior es un auténtico despliegue interpretativo. La expresividad de Anna Massey, llena de compasión y de entregada complacencia, atrapa absolutamente a la cámara (y nunca mejor dicho).

Tiene reminiscencias y trazas de Psicosis (con la que comparte año), La Ventana Indiscreta, Marnie o Frenesí. Heredera de su tiempo, del psicoanálisis, el fetichismo y la pulsión. Sigue la tradición británica sesentera, pero con un manejo del color y la música aún más notorio. Tiene planos que son auténticas composiciones pictóricas, con una música que acelera el ritmo y agita las secuencias. Más coherente y sobria que Blow-up, tan intrigante como todo Hitchcock y con el estilo del Michel Caine más Pulp. 

Secuencias para el recuerdo como el de la modelo deformada; el encontronazo con la vecina invidente, cargada de metáforas e intuición; el baile de la figurante; las filmaciones psicológicas de infancia; la increíble secuencia final… Todo brutalmente impactante, psicodélico, hipnótico e inolvidable.

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El verdadero pánico es saber que resulta ser puramente el fruto de una época que no volverá (en ningún caso ha envejecido mal), y que ya no se hace ni se hará cine semejante. Sólo queda ‘grabárnosla’ a fuego en la piel y el subconsciente.

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