Reseña de SUITE FRANCESA de Irène Némirovsky: cuando la guerra es vivida en primera persona.

En los casi últimos tres cuartos de siglo se ha escrito mucho sobre la Segunda Guerra Mundial. Miles de páginas surcan las estanterías de las bibliotecas. Pero, de entre todas esas novelas, libros e historias, cabe hacer una mención especial a Irene Nemirovsky, y su, aunque inconclusa, obra maestra, Suite francesa. No es una novela más. Es, posiblemente, la primera.

Irene Nemirovsky

La novela, escrita entre 1941 y 1942, tiene la viveza de quien observa los hechos en primera persona. Narra episodios domésticos que ocurren a raíz de la invasión alemana de Francia. La gente que se echa a las carreteras, los amores clandestinos, la desesperación de los ricos, la resignación de los pobres, la insultante hipocresía de todos. 

Nemirovski concibió esta obra en cinco partes. Tristemente solo pudo escribir dos: Tempestad y Dolce. Luego, como un suspiro, como si la propia autora fuese uno de sus personajes, se la llevaron y acabó muriendo en un campo de concentración. Sin piedad. 

Tal vez por eso, porque la autora entreveía su futuro, o porque tenía muy presente su pasado, los personajes y sus historias tienen ese marcado carácter de realismo trágico, de ironía descarnada. Suite francesa es, al fin y al cabo, como clavarse un cuchillo en el corazón. Las historias de sus personajes atrapan al lector. Son personas vivas, tienen alma, virtudes y, sobre todo, muchos defectos. Son desangelados y puros, egoístas y bondadosos, envidiosos y bienintencionados. Y, pese a todo, te acabas enamorando de todos ellos. También de los soldados alemanes. Sí. Nemirovski entrevé en ellos a los muchachos que obedecían órdenes, pues muchos son peones al servicio del peor de los sistemas. No son los malos malísimos. Sin justificarlos, a los de Francia al menos, la autora observa destellos de humanidad, una naturaleza común a todos los hombres. Una genialidad.

En la primera parte, la genial escritora nos narra los episodios que se sucedieron mientras el ejército alemán avanzaba ocupando Francia. La gente se echaba a la carretera, huyendo despavorida. Matrimonios que se separan, jóvenes que arden en deseos de luchar por su patria, gente que pierde su trabajo, ricos que echan la culpa al resto del mundo de un voraz egoísmo. Colaboracionismo, contrabando, generosidad, robos. A través de la óptica del personaje de a pie, del ciudadano medio capaz tanto de un acto heroico como de la peor de las mezquindades, Nemirovsky relata, canta, su epopeya más real.

En la segunda, Dolce, se nos cuenta el asentamiento del ejército alemán en el pueblo. A las envidias y recelos, les sucederán los tibios acercamientos, las envidias entre el propio pueblo francés, los arrobamientos amorosos, e, incluso, las escenas delicadas y llenas de ternura. Lucile Angellier y Bruno, el soldado alemán; Benoit y Madeleine… Cautivador. Todo. Sin excepción.

Y a lo largo de sus líneas surge, inevitablemente, un dedo acusador. ¿Quién decide las guerras? ¿Porqué un pueblo se levanta contra otro pueblo? ¿Es acaso el ciudadano medio, anónimo, el de a pie, cuya gran preocupación pasa por sostener económicamente a los suyos?  

Suite francesa es, en definitiva, una oda al ser humano. Un cántico trágico a uno de los episodios más tristes del siglo XX. Una fotografía del espíritu humano. 

Cubierta del libro Suite Francesa

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